Tenía todo lo que soñaba y no quería levantarme
Mis amigos no lo entendían. Yo tenía justo lo que ellos querían, sin embargo, sentía que no era suficiente y no entendía por qué.
Abrir en Spotify ↗Mis amigos no lo entendían. Yo tenía justo lo que ellos querían, sin embargo, sentía que no era suficiente y no entendía por qué.
Abrir en Spotify ↗Estás en la reunión, decís lo correcto en el momento correcto, y por dentro sentís que estás actuando. Después llega la conclusión de siempre: el raro soy yo.
Abrir en Spotify ↗Si perdés el trabajo, la gente entiende. Si te separás, también. Pero si tu vida está bien y aun así algo no te cierra, no hay con quién hablarlo.
Abrir en Spotify ↗Cada vez que pensás en cambiar algo importante, aparece el miedo y te frena. Fijate en un detalle: para frenarte con esa fuerza, ese miedo tiene una energía enorme.
Abrir en Spotify ↗Tres días y dos noches en la montaña, sin teléfono y sin nadie con quien hablar. Las primeras horas son incómodas. Lo interesante empieza después.
Abrir en Spotify ↗Pensá en lo que más te gusta hacer. Ahora pensá en lo más duro que te pasó antes de los veinte. La primera vez que puse las dos cosas juntas, no lo podía creer.
Abrir en Spotify ↗Tomaste decisiones, gastaste tiempo y plata, y un año después estás donde empezaste. Y no es que no tengas ganas: cada vez que estás por dar el paso, aparece otra cosa.
Abrir en Spotify ↗Estás en una reunión, con la copa en la mano, diciendo las cosas correctas en el momento correcto. Y por dentro tenés la sensación rarísima de estar haciendo de vos mismo. Cuando eso se te repite en todos lados, terminás sacando la única conclusión que parece razonable, y que es también la más injusta: que el defectuoso sos vos. Quiero mostrarte por qué casi nunca es así.
Estás en una reunión. Puede ser un asado, una cena de trabajo, una juntada de padres del colegio, no importa. Alrededor tuyo la gente conversa, se ríe, la pasa bien, todo el mundo parece cómodo, como si estuviera exactamente donde tiene que estar.
Y vos estás ahí, con la copa en la mano, participando de la conversación, diciendo las cosas correctas en el momento correcto. Pero por dentro tenés la sensación rarísima de estar actuando un papel, de estar haciendo de vos mismo o de vos misma. Y una parte tuya se pregunta, en voz muy baja: ¿qué es lo que estoy haciendo acá?
No es que la gente sea mala, no es que el lugar esté mal. Es algo más difícil de nombrar. Es la sensación de estar en un no lugar. Y como no lo podés explicar, terminás sacando la única conclusión que parece razonable, que es también la más injusta. Esa que dice que el problema sos vos. Que hay algo defectuoso en vos, que no te deja encajar donde todos los demás encajan. Que sos raro, o difícil, desagradecido, insociable, demasiado exigente.
Yo viví con esas sospechas durante décadas. Y quiero decirte lo que me hubiera gustado que alguien me dijera hace 30 años atrás: no hay nada mal en vos. El problema está en otra parte. En un lugar en el que casi nadie mira. Y te lo quiero contar precisamente en este episodio.
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Hoy, en este nuevo episodio de Reinvención Personal, quiero contarte lo que aprendí de un bosque que crece donde no debería crecer. En los próximos minutos vas a entender por qué hay personas que se pasan la vida entera sin desplegar ni la mitad de sus capacidades, aunque se esfuercen, aunque le metan garra, aunque hagan todo bien. Y vas a entender también por qué el problema casi nunca está donde lo buscamos.
Pero primero, como te decía antes, te voy a llevar a un lugar de la Patagonia que es para mí el mejor maestro que conozco sobre este tema puntual. Después vamos a ver qué tiene que ver ese lugar con tu vida. Y al final te voy a contar el error que cometí yo cuando creí que ya lo había resuelto, que es el error que comete casi todo el mundo y del que nadie habla.
Iniciamos juntos la marcha. Buenísimo, dale, vamos.
Te cuento. Hay un lugar acá cerca, dentro del Parque Nacional Lanín, al que llevo gente desde hace un montón de años y que nunca ha dejado de impresionarme.
Hace unos 400 años entró en erupción un volcán que se llama Achén Nigeu, que en mapuche quiere decir "el que estuvo caliente". Y ese volcán bajó un río de lava de siete kilómetros. Era un río de fuego que avanzó ladera abajo hasta meterse en el agua del lago Epulafquen, donde por fin terminó su recorrido y se enfrió.
Lo que quedó, cuatro siglos después, es lo que se llama un escorial. Imaginate un río, pero de piedra negra, porosa, filosa, retorcida, con las formas en las que la lava se fue endureciendo mientras iba avanzando. Siete kilómetros de roca volcánica en medio del bosque andino patagónico, como una cicatriz enorme que la montaña todavía no terminó de sangrar.
Y ahí pasó algo notable. Con el correr de los siglos, el bosque de alrededor empezó a hacer lo que siempre hace: soltar semillas. El viento las llevó, los pájaros las llevaron también, y muchas de esas semillas cayeron sobre la lava. Primero se instalaron los musgos y los líquenes, que son los pioneros, los que aguantan cualquier cosa. Cuando vino algo de humedad del Pacífico se formó una capa finita de suelo entre las piedras, y ahí germinaron las semillas de coihue, de roble y de otras especies de la zona.
O sea que hoy, sobre esa lava, hay un bosque. Pero este bosque tiene una particularidad: es un bosque enano. Acá lo llaman el bosque bonsái, y cuando lo ves entendés por qué.
Hay coihues de verdad, con su forma, con sus hojas, con su corteza, con todo, menos el porte de un coihue adulto, que son los que llamamos los gigantes de la Patagonia porque son los árboles más altos. El tema es que en este bosque bonsái solo miden un metro, un metro y medio.
Ahora viene la parte que a mí me sacude cada vez que la pienso, la que quiero que veas con claridad. Vos caminás por ese bosque enano, salís del escorial, o sea, cruzás el límite donde termina la lava y empieza la tierra, y ahí, a unos pocos metros de distancia, están los otros coihues. Los mismos, la misma especie, la misma semilla, el mismo clima, la misma lluvia. Pero estos miden, no sé, 35 metros, algunos pueden llegar a 40, y hasta quizás te cruzás con alguno de 50 metros de altura.
Un metro y medio de un lado del límite, y 40, 50 metros del otro lado. Y en el medio, una sola diferencia: el sustrato.
Entonces, cuando llevo un grupo hasta ahí, siempre hay alguien que pregunta qué les pasó a estos arbolitos. Y la respuesta es que no les pasó nada. No están enfermos, no son una especie inferior y, desde luego, no les faltan ganas de crecer. Estos coihues hicieron todo lo que pudieron con lo que tenían a disposición. Crecieron exactamente lo que la lava les permitió crecer, ni un centímetro menos, ni un centímetro más. Traían adentro un árbol de 50 metros y terminaron midiendo un metro.
Dejame que te diga en un minuto algo que a mí me llevó años entender y que la mayoría de la gente ni se imagina cuando anda por ahí. Ni se imagina, o ni se pone a pensar.
Cada uno de nosotros trae adentro algo que pide manifestarse. Aristóteles lo dijo hace más de 2.000 años y hasta le puso un nombre. Decía que la buena vida no consiste en pasarla bien, sino en desplegar hasta el final eso que uno trae, eso que viene de fábrica.
No hace falta que te lo explique un griego, igual entiendo que lo sabés, porque todos en algún momento tuvimos la intuición clarísima de que hay una versión nuestra que todavía está ahí, que no termina de salir.
Y lo que el escorial enseña es que esa versión no se despliega, no se desarrolla en cualquier lado. Necesita un suelo que la sostenga, que la alimente con determinados nutrientes. Si eso no está, el árbol crece igual, pero crece enano. Y lo cruel del asunto es que desde afuera parecería que ese es su tamaño natural, mientras que desde adentro se siente como un fracaso personal.
Y acá hay que hablar de lo personal, traducirlo a tu vida, porque acá está el punto.
Cuando el contexto en el que vivís no tiene que ver con vos; cuando el trabajo que hacés todos los días no te deja poner en juego tus mayores talentos; cuando la gente con la que te relacionás no te alimenta, sino que te desgasta; cuando tenés que mostrarte de una manera distinta a la que sos para que te acepten... nada de todo eso es un defecto tuyo. Es un dato del sustrato, un dato de la tierra en la que estás plantado.
Y sin embargo, ¿qué hacemos casi todos? Nos acomodamos, nos esforzamos por encajar, nos convencemos de que con un poco más de voluntad, un poco más de ganas, un poco más de terapia, un poco más de actitud, vamos a lograr sentirnos bien ahí donde estamos.
Y cuando no lo logramos, tenemos la conversación más triste de todas.
Esa que tenemos con nosotros mismos a la noche, cuando termina el día, cuando revisamos ese día en el espejo retrovisor y concluimos que, bueno, lo que pasa es que el que está defectuoso soy yo, el que está mal, el que está roto, el que tiene problemas, soy yo.
Estuve en esa conversación durante años. En Buenos Aires tenía una empresa que facturaba millones de dólares, un departamento con vista al río, una vida que cualquiera hubiera firmado. Y en las reuniones sociales yo era el tipo que se sentía en un no lugar, me forzaba por integrarme y no podía. Con muy pocas personas sentía una conexión verdadera, y como todos los demás parecían estar bien, la conclusión era obvia: el problema soy yo. Así que iba a terapia a preguntarme por qué nunca encajaba.
Y nunca, ni una sola vez, en todos esos años, se me ocurrió preguntarme si estaba en el lugar correcto.
Y acá aparece la única ventaja que tenemos sobre un coihue. El árbol del escorial no puede hacer nada: le tocó vivir en esa lava y ahí se va a quedar. Puede pujar las raíces entre las piedras, puede aguantar, puede sobrevivir siglos, pero va a medir siempre un metro y medio. No puede caminar hasta el otro lado del límite, del otro lado del umbral, donde está el otro bosque. Está condenado a vivir en ese sustrato.
Pero vos no estás condenado. Vos te podés mover. Podés cambiar de trabajo, de ciudad, de círculo social, de vínculos. Podés cambiar las conversaciones que tenés con la gente con la que te relacionás. Podés elegir de qué te alimentás, qué cosas escuchás, a quiénes y qué cosas decidís no escuchar. Y esa posibilidad, que es extraordinaria y que tenemos todos, es justamente la que casi nadie utiliza.
Ahora, tené cuidado con algo, porque acá es donde muchos se equivocan. Ese movimiento de trasplante no lo va a provocar nada de afuera. O sea, nadie te va a trasplantar. No va a venir un jefe a decirte que tu talento está desperdiciado. Ni un amigo a explicarte que el entorno en el que estás te está apagando. Ni la vida a acomodarte las condiciones para que te resulte cómodo irte de donde estás.
Por lo general, la decisión de sacar las raíces de una tierra que no te sirve tiene que nacer de adentro. Por eso, el primer movimiento, aunque parezca puramente externo -como puede ser una mudanza, una renuncia, un cambio de rumbo en tu vida profesional-, en realidad es el movimiento más personal y más interior de todos.
Yo lo hice a los 30 y pico. Dejé mi empresa, dejé mi profesión y me vine a la Patagonia sin trabajo, sin casa, sin conocer a nadie. Y durante un tiempo pensé que con eso ya estaba, que había cambiado la tierra y que ahora sí las raíces se iban a agarrar y que por fin iba a crecer.
Y me faltaba la mitad del trabajo. Y esa mitad no muchos la tienen en consideración, no muchos se dan cuenta.
Fijate qué pasa cuando trasplantás una planta. No la sacás con las raíces desnudas y la enterrás en un hoyo. La sacás con un pan de tierra pegado a las raíces, con la tierra vieja, esa tierra de la maceta. Y esa tierra vieja va con la planta y se queda alrededor de sus raíces en el nuevo lugar. Va a tardar un tiempo largo en integrarse a la nueva tierra, y hasta que eso pase la planta se sigue alimentando en gran medida de lo que trajo.
Y con nosotros, los seres humanos, pasa algo muy parecido. Y me llevó mucho tiempo darme cuenta. Llegué a San Martín de los Andes convencido de que había cambiado de vida. Y sí, había cambiado el paisaje, el clima, la economía, la cultura, o sea, un montón. Pero, sin darme cuenta, seguí repitiendo hábitos, costumbres, círculos sociales como los que tenía en Buenos Aires. Seguí siendo, en muchos aspectos, esa misma versión. Traje el pan de tierra completo y lo planté acá. Y al poco tiempo volvió la sensación, ese no lugar. Lo que pasa es que esta vez me sentía diferente, porque estaba en el lugar en el que había soñado estar.
Y ese es el momento más riesgoso, más delicado de cualquier proceso de reinvención, porque es cuando la mayoría de la gente tira la toalla. Lo veo muchas veces con gente que llega dejando todo, que puso sus ahorros, su ilusión y sus sueños en venirse a este lugar, y a los dos años la escuchás decir que esta es una ciudad cerrada, que la gente de acá no quiere a los que vienen de afuera, que acá no te dan lugar. Están profundamente convencidos de todo eso. Y del otro lado están los que se llevan la culpa para adentro y piensan: si acá tampoco me puedo integrar, entonces está confirmado, el problema soy yo.
Y las dos conclusiones son falsas, y son falsas por la misma razón: las dos están buscando un culpable.
Lo que hay que entender es que es un proceso. Porque el trasplante tiene integrados dos movimientos. Y no solamente dos movimientos, sino dos movimientos y una secuencia; es decir, el orden no se puede invertir.
El primer movimiento es salir, es cambiar la tierra. Y es inevitable que en ese movimiento te lleves cosas viejas pegadas a tus raíces. No hay manera de irse totalmente limpio. El segundo movimiento es la integración, el ajuste. Y este solo es posible si pasaste por el anterior.
Fijate una cosa: no podés ver la tierra en la que estabas originalmente hasta que salís de esa tierra. Mientras estás adentro, esa tierra es tu mundo, es lo normal, es lo único que existe. Recién cuando te movés y aparece el contraste podés mirar para atrás y entender de qué te venías alimentando, qué relaciones te vaciaban, qué conversaciones te disminuían y qué versión tuya estabas poniendo en escena permanentemente, actuando para pertenecer. El contraste es lo que revela.
Por eso hay que moverse primero, aunque no tengas todo claro. La claridad no viene antes del movimiento, viene del movimiento.
Y recién ahí empieza lo más difícil, la verdad. Porque cambiar de ciudad, cambiar de trabajo, de pareja, solo requiere tomar una decisión y un poco de coraje. Lo difícil es cambiar desde adentro, sacudirte el pan de tierra que te trajiste, soltar la manera vieja de vincularte, la identidad que te dio de comer durante años, el personaje que aprendiste a actuar también, que ya no sabés dónde termina y dónde empezás vos. Eso no se resuelve con una decisión o con coraje. Eso pide conciencia y tiempo, y casi siempre alguien al lado tuyo que te ayude a tomar distancia para poder ver lo que solo no podés ver.
Porque si cambiás la tierra pero seguís siendo el mismo, vas a reproducir el mismo resultado, solo que en un paisaje diferente.
Te dejo tres cosas para esta semana. Elegí una y te invito a que lo intentes.
La primera: leé la incomodidad como un dato, no como un defecto. Es información. La próxima vez que estés en un lugar y sientas esa sensación de no lugar, no la tapes ni te reproches nada. Preguntate una sola cosa: ¿siento que necesito actuar un personaje para poder estar acá? Si la respuesta es sí, anotalo: dónde fue, con quién y qué versión tuya tuviste que poner en escena. Al cabo de unas semanas vas a tener un mapa bastante preciso de cómo es tu escorial.
La segunda: auditá tus nutrientes. Hacé una lista de las cinco personas con las que más tiempo pasás y de las conversaciones que tenés con ellas. Y preguntate si esas conversaciones te hacen crecer o te mantienen chiquito, como un bonsái. No se trata de rotular a estas personas como buena o mala gente. Lo importante es que simplemente puedas entender qué es lo que estás tomando de tu suelo, cuáles son tus nutrientes.
Y la tercera: si ya te moviste, si ya te trasplantaste, revisá qué tierra te trajiste. Si hace tiempo cambiaste de trabajo, de ciudad o de estilo de vida y la sensación de no pertenecer volvió, no concluyas que te equivocaste de trabajo, de ciudad o de estilo de vida. Preguntate qué te trajiste puesto del lugar original. Qué manera de vincularte, qué miedo, qué versión tuya seguís sosteniendo ahora en este nuevo escenario.
Y te quiero dejar con una última cosa, porque es una de las que más me costaron y de las que más paz me han dado también.
Te digo algo con total sinceridad: todavía al día de hoy siento, por momentos, que no encajo. Que no encajo a lo mejor en un determinado grupo, en una determinada situación. En aspectos de mi trabajo me sigue pasando. Estoy en una conversación que va para otro lado, que no tiene nada que ver conmigo, y ahí está otra vez.
La diferencia es que ahora lo reconozco, sé lo que es y sé lo que significa, y entonces ya no me arrastra como me arrastraba antes. Puedo quedarme en esa mesa, pasarla bien, disfrutar el momento y volver a mi casa entero, sin las conversaciones autodestructivas de la noche, sin preguntarme si hay algo que no funciona en mí.
Esto no es resignarse. Esto es lo contrario. Cuando dejás de creer que tenés que encajar en todas partes, recién ahí podés elegir de verdad dónde te querés plantar.
Y bueno, llegamos al final de esta travesía del día de hoy. Espero que te haya gustado y que le hayas sacado provecho. Si hay una sola idea que quiero que te lleves, es esta: antes de preguntarte qué te pasa, preguntate dónde estás parado. Antes de buscar qué es lo que tenés que reparar en vos, mirá bien qué tenés debajo de tus pies. Porque hay una diferencia enorme entre un árbol enfermo y un árbol sano plantado sobre la lava, y confundir una cosa con la otra te puede llevar a tomar decisiones muy equivocadas.
Y la última frase del podcast es esta: los coihues del escorial no pueden moverse. Vos sí tenés esa posibilidad.
Hay un malestar que casi no se puede contar. Si perdés el trabajo la gente entiende; si te separás, también. Pero si desde afuera tu vida está bien y aun así algo no te cierra, no hay con quién hablarlo, y encima terminás sintiéndote un desagradecido. Te cuento el día en que me pasó a mí, en Beijing, en el año 2000, y lo que tardé muchísimo en entender.
¿Qué pasa cuando todo va bien en tu vida, pero sentís que necesitás un cambio importante?
Hay momentos en los que no se ve un problema evidente, no hay necesariamente una crisis económica, una pérdida de trabajo, una separación, un hecho concreto que alguien cercano pueda conocer de vos y decir: claro, por eso está así.
A veces desde afuera parece estar funcionando todo bien. Porque tenés una profesión, un buen ingreso, una familia, personas que te respetan, la estabilidad que en un momento deseaste y que incluso te costó mucho conseguir. Y sin embargo, por dentro hay algo que no te cierra desde hace rato.
A pesar de todo, seguís adelante, respondés tus compromisos, resolvés, sostenés lo que hay que sostener, pero lo vivís como obligación, no como elección.
Te das cuenta de que tu presente no coincide con la persona que sos hoy, o que querés ser mañana. Y esto te confunde, de verdad. Porque cuando a uno le va mal, más o menos se entiende por qué cambiar. Pero cuando no tenés una razón obvia para quejarte, es confuso, y puede aparecer la culpa.
Te decís: no debería sentirme así, tengo que agradecer por todo lo que tengo. Hay gente que está mucho peor. Capaz que estoy cansado nada más.
Y puede ser. A veces necesitás un tiempo de relax para ordenar tus cosas y recuperar las energías. Pero otras, por más que descanses, que te vayas de viaje, que te distraigas comprando cosas, la sensación de insatisfacción de fondo no desaparece.
De eso quiero hablarte hoy. Y de qué podés hacer en estos casos.
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura.
Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía, para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Hoy quiero invitarte a mirar esa insatisfacción que muchas veces se vive en silencio. Esa sensación de tener una vida que, vista de afuera, parece estar bien, pero que por dentro no termina de sentirse como propia.
En este episodio no te voy a convencer, ni intento hacerlo, de que patees ningún tablero. No se trata de salir corriendo, de romper todo, de renunciar mañana o de tomar decisiones desde la ansiedad.
Lo que quiero proponerte es algo más simple y al mismo tiempo más efectivo: mirar con honestidad esa incomodidad que quizás venís minimizando, y tener más claridad de qué significa, qué te está diciendo y qué te está proponiendo. Para luego compartirte tres claves que te van a ayudar a salir de ese estado y reconectar con la vida.
Para recorrer esta senda vamos a ir paso a paso.
Primero quiero compartirte una historia personal. Un momento bisagra en un viaje laboral a China que hice en el año 2000. Desde afuera podía parecer la cumbre de mi carrera profesional, pero sin embargo marcó el punto de inicio de un proceso de cambio realmente significativo para mí.
Después vamos a trabajar un reencuadre central: que algo haya sido correcto para una etapa de tu vida no significa que tenga que determinar tu destino.
Y al final, como te adelanté, te voy a dejar tres claves prácticas para empezar a ordenar esa insatisfacción sin caer en la típica decisión impulsiva.
Vamos por la historia personal.
En el año 2000 me encontraba en Beijing, China, en una negociación vinculada a la compra de coches y vagones ferroviarios para la Argentina.
En ese momento, yo venía de una carrera exitosa que, vista desde la tribuna, podía parecer bien consolidada. Me había formado como ingeniero. Había trabajado en procesos industriales. Y después fundé una empresa vinculada al mundo ferroviario, licenciataria de General Motors Corporation de Estados Unidos. Fabricábamos y reparábamos locomotoras. Vendíamos repuestos. Hacíamos mantenimiento de ferrocarriles completos. Y viajaba por negocios a distintos países.
Esa era un poco mi realidad cotidiana. Había movimiento, oportunidades, contratos importantes, crecimiento. Desde afuera, cualquiera podía mirar esa foto y pensar: bueno, este pibe la logró.
Y durante mucho tiempo yo también intenté creer eso. La imagen tenía todos los elementos que suelen asociarse con el éxito profesional. Viajes internacionales, reuniones importantes, grandes responsabilidades, una empresa propia, reconocimiento, crecimiento económico. Parecía haber llegado a la cumbre de mi carrera profesional.
Pero lo cierto es que por dentro yo no me sentía en ninguna cumbre. Te digo más: el malestar que sentía no sabía ni cómo explicarlo. Era ilógica, era irracional esa sensación. De hecho, lo que me generaba conflicto era justamente esa contradicción. ¿Cómo puede ser que, teniendo todo lo que había aspirado en el afuera, sienta este vacío constante en el adentro?
Empezaban a aparecer preguntas que de verdad no sabía cómo responder. ¿Para qué me levanto realmente cada mañana? ¿Es esta la vida que quiero, la que me hace feliz? ¿Quién soy si dejo de ser el ingeniero dueño de la empresa? ¿Es posible que haya avanzado un montón, pero en la dirección equivocada?
Estas preguntas no aparecen siempre de manera ordenada. A veces llegan como ansiedad, a veces como irritación, a veces como cansancio. Y a veces como un bajón difícil de explicar.
Por momentos, quizás intentaba desactivar las preguntas con ciertos argumentos. Como, por ejemplo: tengo que estar agradecido por todo, ¿de qué me quejo? Bueno, ya se me va a pasar.
Pero las preguntas importantes, cuando vienen de un lugar verdadero, no desaparecen porque uno simplemente las niega. Pueden silenciarse un tiempo, pueden esconderse debajo del trabajo, de las obligaciones, de las metas, de los viajes y las rutinas, pero siempre encuentran la manera de volver.
Ese momento de crisis existencial en Beijing me recuerda algo que hoy puedo ver con más claridad: se puede estar en un lugar que el mundo interpreta como éxito y al mismo tiempo sentir que el alma está en otra parte.
Y no lo digo con resentimiento hacia esa etapa. Al contrario, esa etapa me dio muchísimo: formación, disciplina, estructura, capacidad para resolver, mundo, experiencia. No necesito negar nada de todo eso. Pero una cosa es agradecer lo vivido y otra muy distinta es obligarse a seguir viviendo una vida simplemente por inercia, o porque es lo lógico o lo racional.
Hay un tipo de malestar que resulta muy difícil compartir porque no tiene buena prensa. Si vos decís, no sé, estoy mal porque me echaron de mi trabajo, la gente te entiende. Si decís, estoy mal porque me separé, también.
Pero si decís: la verdad que me va bien, pero siento que estoy viviendo la vida de otra persona, que esta vida no es mía... Podés creer que los demás van a pensar que te volviste loco, o que sos un inmaduro, o que te lavaron la cabeza en alguna secta mística.
Y entonces lo escondés. Seguís adelante, te exigís un poco más, te distraés, te llenás de actividades, te convencés de que es una etapa. Y quizás lo sea. Pero cuando esa sensación empieza a repetirse, cuando vuelve una y otra vez, cuando aparece cada vez que imaginás los próximos 10 años de tu vida repitiendo más o menos lo mismo, ahí conviene prestar atención.
Porque el problema no siempre es que tu vida esté mal. A veces el problema es que tu vida fue diseñada para una versión de vos diferente. Y hoy hay una versión nueva que está intentando despertar. Darle lugar a esa versión que está pujando puede ser incómodo por momentos, pero en la medida que le vas dando espacio, termina siendo liberador.
Porque quizás la carrera que elegiste tuvo todo el sentido cuando tenías 20. Quizás ese trabajo fue perfecto hasta los 30. Quizás ese rol te permitió crecer, sostener a tu familia, construir tu seguridad, hacerte fuerte, aprender cosas que hoy son parte de tu capital personal.
Pero vos no sos exactamente la misma persona que tomó aquellas decisiones. Viviste, perdiste, ganaste, te golpeaste, aprendiste. Te hiciste preguntas que antes no te hacías. Cambiaron tus valores, tus prioridades, tu relación con el tiempo, con tu cuerpo, con tu familia, con el dinero, con el sentido de la vida.
Y si vos cambiaste, es lógico que algunas estructuras de tu vida necesiten ser revisadas. No es por ingratitud, ni por capricho, mucho menos porque todo eso anterior haya sido una equivocación, sino porque tu destino no está escrito en piedra, sino que forma parte de un documento vivo que se escribe y se reescribe todo el tiempo.
Muchas veces el problema aparece cuando queremos que una decisión antigua siga respondiendo las preguntas actuales.
A los 40, a los 45, a los 50, muchas personas empiezan a sentir que la vida les pide un cambio de rumbo. Ya no alcanza solamente con seguir la inercia. Ya no alcanza solo con ganar dinero para pagar tus cuentas, darte tus gustos, sostener una imagen, mantener un cargo o conservar un sentido de identidad profesional.
Empiezan a aparecer otras preguntas, que liberan ciertas ataduras del pasado. Por ejemplo: ¿qué quiero hacer de aquí en adelante? Realmente.
Y esas preguntas no se responden solo desde la cabeza. Tampoco se responden solamente con una planilla, con una estrategia o con un análisis de oportunidades. Todo eso puede venir después, y es bien necesario. Pero primero hay que animarse a escuchar el mensaje detrás de la insatisfacción.
Porque si no escuchás esa señal, si la tapás todos los años, de manera recurrente, todo puede parecer que sigue funcionando. Pero la verdad es que vos estás desapareciendo por adentro.
Es como, no sé si viste la película Volver al futuro, cuando empiezan a mirar la foto y empiezan a desaparecer los personajes. Bueno, eso es más o menos lo que va sucediendo cuando no respondemos ese llamado. Y no hay éxito externo que compense el alejarte de vos mismo.
Quiero proponerte un reencuadre que a mí me hubiera hecho bien comprender en su momento. Anotá esta frase: que algo haya sido correcto para una etapa de tu vida no significa que tenga que seguir siendo tu destino.
Esto vale para todo lo que te imagines. Tu carrera profesional, la ciudad donde vivís, tu estilo de vida, e incluso tu entorno social y familiar.
Quedate un momento con esa idea. Porque muchas veces quedamos atrapados en una falsa contradicción. Creemos que si reconocemos que una vida ya no nos representa, entonces estamos negando todo lo que hicimos antes. Como si decir "esto ya no es para mí" significara decir "me equivoqué en todo". Y no es así.
Una profesión puede haber sido correcta, un trabajo puede haber sido valioso, una empresa puede haber sido una gran escuela, un rol puede haberte dado identidad durante años, una ciudad, una forma de vivir, un círculo de relaciones, una rutina puede haber tenido sentido. Pero una etapa puede cumplir su ciclo.
Y cuando una etapa cumple su ciclo y su propósito, insistir en prolongarla más allá de lo necesario puede convertir lo que fue fuente de crecimiento en una especie de prisión.
En la experiencia en la montaña pasa algo parecido con las sendas. Una senda puede estar muy bien marcada durante un año. Te viene de bárbaro porque te ayuda a avanzar, te orienta, te permite ganar altura y evita que gastes energía tratando de pasar a la fuerza por cualquier lado. Durante ese año, la senda es como una bendición, porque todo fluye.
Pero puede ser que al próximo año, o al siguiente, llegues al mismo lugar y te encuentres con que la vegetación creció de manera desproporcionada, que cayeron árboles y ramas por efecto del viento, de la nieve y las lluvias. Y esa senda que antes se veía clara casi que desapareció.
Si intentás seguirla, en algún momento seguro la vas a perder de vista. Sin darte cuenta, te vas a desviar. Vas a seguir, a lo mejor, alguna huella de animales, creyendo que recuperaste el camino, pero en realidad cada paso te desviaba más y más del lugar al que querías ir.
Así es como me sentía en el año 2000, en China. Y tal vez como te sentís vos en este momento. Necesitás detenerte, respirar profundo y reconocer que estás perdida, para no continuar agravando el problema.
Te comparto entonces tres claves que pueden serte de utilidad en este preciso momento.
Clave número uno: no pelees con tu pasado.
Que te hayas perdido no es culpa del bosque que no te muestra la salida, ni de la senda que decidió cerrarse de repente, ni tuya por haber seguido avanzando cuando en el fondo sabías que la estabas cagando.
Este punto es importante porque muchas personas se quedan atrapadas en una especie de queja o de culpa silenciosa. Podés creer que la causa de esta insatisfacción que estás sintiendo está afuera. Es el país, que no me da posibilidades. Es la industria en la que me muevo, que es rígida. Es que tengo un jefe y una empresa que no valoran lo que hago. Es que tengo una pareja que no me entiende, o unos padres que nunca me apoyaron.
También podría pasar que la culpa y el enojo los dirijas hacia vos misma. Porque creés que no merecés nada mejor, que no sos capaz de nada mejor, que no hay nada mejor a lo cual puedas aspirar. Porque vos elegiste una carrera que no te llena, una empresa que no te reconoce, un grupo de amigos en el cual no te sentís cómoda, una pareja que no te entiende.
En todos estos casos, si te enganchás en esto, estás peleando con tu pasado.
¿Sabés por qué te digo que es parte de tu pasado? Porque todo, absolutamente todo lo que te acabo de contar puede cambiar en tu futuro con una decisión en el presente. El lugar donde trabajás, donde vivís, el jefe que tenés, la forma en la que te afecta la relación con tus padres, lo que hacés con tu trabajo, con tu círculo social, y fundamentalmente con quién sos.
Todo viene de atrás. Y vos no sos tu pasado. Es cierto, tu pasado habita en vos, pero no te determina.
Te propongo un ejercicio muy simple que te va a ayudar a salir de este bosque en el que te metiste. En algún momento de esta semana, escribí dos frases.
La primera: agradezco a mi pasado, agradezco a... puntos suspensivos. Y dejá que ahí aparezca todo lo que tenga que aparecer, que sea significativo para vos. Finalizando la frase de esta forma: porque me permitieron llegar a donde llegué en la vida. De vuelta, la frase es: agradezco a mi pasado, agradezco a... y ahí completás... me permitieron llegar a donde hoy me encuentro en este momento.
Y después escribí una segunda frase, que empiece así: y al mismo tiempo, decido tomar distancia de... porque quiero darle un nuevo rumbo a mi vida.
No hace falta que lo compartas con nadie, tampoco que tomes una decisión inmediata, pero escribilo con honestidad. Porque cuando la gratitud y la verdad logran convivir, el resultado suele ser la libertad.
Clave número dos: distinguir entre cansancio y vacío existencial.
La segunda clave es estar atenta a tu mundo emocional, reconociendo cuándo aparece el desgano o la desmotivación. No les escapes. Tratá de entender, tratá de discernir.
Porque todos tenemos días malos. Todos atravesamos momentos de agotamiento, fastidio, saturación, dudas. Pero no todo malestar es señal de alerta. A veces simplemente necesitás dormir mejor, bajar un cambio, conversar con alguien, ordenar tu agenda, o tomarte unos días de descanso. Por eso no conviene tomar decisiones grandes desde una emoción intensa y momentánea.
Pero la sensación de vacío existencial y de sinsentido no es algo pasajero. Hay preguntas incómodas que irrumpen con fuerza. Sobre todo cuando termina el fin de semana, el domingo, y te das cuenta de que el lunes arrancás otra vez. O también cuando, después de un logro importante, te das cuenta de que no te gratifica ese logro como vos esperabas. O cuando te encontrás contando los días para irte de viaje, o los años que te faltan para el retiro. Es lo mismo.
A esos momentos de insatisfacción, incómodos, es conveniente prestarles atención, porque te van a aportar información. No significa que tengas que obedecer automáticamente a lo que sentís. Lo que significa es que deberías dejar de tratar el tema como algo sin importancia, como algo que se va a resolver solo.
Hay personas que pasan años convenciéndose de que lo que sienten es una exageración, hasta que un día el cuerpo, la mente o la vida les pone un límite mucho más duro. Yo no creo que siempre haga falta llegar a ese extremo. Tenemos la posibilidad de escuchar antes el mensaje.
Entonces, te propongo dos preguntas para que te hagas.
La primera es: ¿hace cuánto tiempo que sentís esta sensación de vacío y de sinsentido? No cuánto hace que la sentiste por primera vez, sino cuánto hace que viene apareciendo como un estado anímico de fondo, como algo que está en la base de toda tu experiencia vital.
La segunda: ¿en qué momentos ves que aparece con más fuerza? Porque nada es casualidad. Ahí hay pistas, si estás dispuesta a captarlas.
Quizás esta sensación aparece cuando hablás de tu trabajo. ¿Y te aburre, o no te gusta? No, no, no. Ni querés hablar de tu trabajo. O cuando tenés que mirar tu agenda y revisar lo que tenés por delante. O cuando en algún momento te ponés a pensar en tu futuro y no encontrás respuestas. O cuando estás en silencio, o cuando volvés a tu casa, o cuando volvés a conectar con algo que te gustaba antes y que dejaste de lado.
La idea no es prestar atención para castigarte. La idea es observar para comprender qué aspecto de tu vida está resonando más fuerte y está pidiéndote atención.
Tercera clave: antes de cambiar todo, nombrar qué dejó de tener sentido para vos.
Esta clave, para mí, es una de las más importantes. Antes de cambiar todo y de tomar decisiones drásticas, empezá a nombrar qué es lo que realmente dejó de tener sentido.
Cuando alguien empieza a sentir que su vida ya no coincide con quién es, suele aparecer una fantasía extrema. Entonces voy a dejar mi trabajo. No, entonces voy a mudarme. No, tengo que vender todo. Voy a empezar de cero. Voy a dejar mi pareja, mi ciudad, tomar distancia de mis padres. Y esa idea asusta tanto que lo que sucede en consecuencia es que en realidad no hacemos nada. Volvemos a guardar todo bajo la alfombra.
Pero el primer paso, por eso, no es cambiar todo. El primer paso es nombrar con precisión, hacer distinciones y darte cuenta de qué es lo que realmente te está pasando, qué es exactamente lo que ya dejó de tener sentido para vos.
Puede ser el tipo de trabajo que hacés, puede ser el ritmo con el que vivís, puede ser el entorno en el que te movés, puede ser el peso de tus responsabilidades familiares, puede ser la relación con tu cuerpo, con tus deseos, con tu creatividad. Puede ser ese personaje profesional que aprendiste a sostener y que todos reconocen, pero que ahora te queda incómodo, molesto.
Puede ser que no quieras abandonar tu profesión, sino ejercerla de otra manera. Puede ser que no quieras tirar tu historia por la borda, sino ponerla al servicio de algo más coherente. Puede ser que no necesites romper tu vida, sino rediseñarla. Pero para rediseñar algo, primero tenés que ver qué parte no funciona.
Por eso te propongo ahora escribir otra frase muy concreta: lo que hoy ya no me cierra es... puntos suspensivos.
No trates de ganar el premio Pulitzer con tu texto literario. No busques una frase perfecta, sino escribir lo que te salga. Y después, si querés, seguir completando.
Lo que hoy ya no me cierra es el ritmo acelerado en el que vivo. Lo que hoy ya no me cierra es trabajar en algo que para mí no tiene ningún sentido. Lo que hoy ya no me cierra es seguir ocupando un rol que sí me aporta seguridad, pero me está quitando la vida. Lo que hoy ya no me cierra es vivir como si todavía fuera la persona que fui hace 15 años.
Mirá, nombrar estas cosas no resuelve del todo el problema, pero te abre una puerta. Porque mientras algo permanece confuso, nos domina desde la sombra. Ahora, cuando logramos ponerlo en palabras, empezamos a recuperar poder sobre nuestra vida.
Si algo de todo lo que te conté hoy resonó en vos, quiero decírtelo con mucha claridad. No estás loco, no estás loca, no sos desagradecida, y no estás fallando porque tu vida actual no te resulte suficiente. Sino que probablemente estás frente a una señal, probablemente estás frente a un umbral.
En ese umbral aparece el reconocimiento de que hay una etapa que necesita revisión. Porque hay una parte tuya que está pidiendo más verdad, más coherencia, mejor dirección.
Ahora bien, que esa señal exista no significa que tengas que actuar desde la desesperación. La desesperación suele empujar, pero la claridad es la que orienta. Y para llegar a la claridad hace falta esta pausa con la que estás escuchando este podcast, la honestidad para hacerte las preguntas y responderlas en esa conversación interna, y muchas veces un acompañamiento, para no solo ayudarte a encontrar respuestas, sino también a formular las preguntas correctas. Y sobre todo, sobre todo, el coraje de mirar lo que naturalmente vas a intentar evitar.
Más adelante quizás tengas que preguntarte por tu propósito, por tu misión en la vida, por el proyecto que podrías construir, por el plan que necesitás para poder hacerlo. Pero hoy no quiero llevarte tan lejos. Hoy el primer paso es más simple: reconocer qué parte tuya ya no te representa. Porque, como te decía, no se puede rediseñar una vida que no te animás a mirar de cerca.
Y mirar de cerca puede parecer algo muy simple, de poca relevancia, pero muchas travesías y aventuras importantes comienzan de esta forma. Con alguien que se detiene, respira hondo y, por primera vez en mucho tiempo, se anima a decirse la verdad.
Si este episodio te impactó de algún modo, te propongo lo siguiente. Escribime, me gustaría saber cuál es esa parte de tu vida que sentís que ya no te representa.
Y si conocés a alguien que por fuera parece estar bien, pero por dentro viene haciéndose estas preguntas en silencio, compartile el episodio. Puede ayudarlo a sentirse menos solo o menos sola. A dejar de pensar que lo que siente es una locura, que hay algo que está mal adentro suyo. O simplemente a recibir una pequeña señal en el momento justo.
Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Y si querés escribirme, con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en el podcast, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.
Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.
El miedo aparece siempre que salís de lo conocido, y lo primero que uno quiere es sacárselo de encima. Pero fijate en un detalle: para frenarte con la fuerza con que te frena, ese miedo tiene que tener una energía enorme. Toda esa energía hoy está trabajando en contra tuya. Lo que te propongo no es cómo eliminarla, sino hacia dónde apuntarla.
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema, soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo a un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía, para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Acompañame en esta reflexión. ¿Qué pasa si te dijera que el miedo puede convertirse en uno de tus principales aliados en tu proceso de reinvención personal o profesional? Probablemente me vas a decir, como dice la mayoría: no, el miedo es lo peor que te puede pasar.
Vamos a analizar un poquito qué significa el miedo. En primer lugar, cuando te enfrentás a algo desconocido, cuando te enfrentás a algún riesgo, cuando salís de tu zona de comodidad, lo natural y lo inevitable es que sientas miedo. El miedo es un mecanismo biológico, tiene que ver con la supervivencia. Lo que el miedo va a hacer es tratar de llevarte a una acción de protección, de resguardo. Y es un comportamiento adaptativo, en cierta forma y en cierta circunstancia.
Te digo más: la gente que no tiene registro del miedo -que no significa que no lo sienta, sino que simplemente no lo registra- tiene dificultades muchas veces, precisamente, para poder cuidarse, para poder cuidar a otros. Y a veces es como que va más allá de los límites de lo posible o de lo recomendado. Con lo cual el miedo, en cierta circunstancia, como te decía antes, es realmente importante, sobre todo en un proceso de reinvención personal.
Ahora bien, es cierto que el miedo también puede convertirse en un obstáculo. El miedo puede limitar tu accionar, puede hacerte retroceder, puede paralizarte. El miedo puede mantenerte como en ese loop, en esa repetición, en esa procrastinación de manera permanente.
A veces por el miedo pasan años, pasan incluso décadas, sin que realmente te animes a dar el primer paso siquiera en el camino de tu sueño. El miedo es un obstáculo real y tangible, y puede destruir tu seguridad, tu autoestima.
Con lo cual hay mucho de verdad en esta afirmación de que el miedo parecería no ser algo recomendable si estás intentando un cambio. Pero, como te decía en primer lugar, es inevitable. El problema no es el miedo. El problema quizás va por otro lado.
¿Y qué pasaría si te dijera que es posible hackear ese miedo? Que es posible, en cierta forma, como hacerle trampas a esos miedos que te incapacitan. Que es posible entrar en la programación, en el código de programación, y ponerlo a trabajar en tu favor.
Quiero decir con esto que, gracias a tu miedo, sea todo lo contrario de lo que te dije antes: que gracias a tu miedo tengas el impulso para ir en busca de logros que te parecen al día de hoy imposibles de lograr. Que gracias a tu miedo puedas salir de la repetición y del estancamiento en el que quizás estás, como producto de esta comodidad, de mantenerte en esa zona conocida.
¿Qué pasaría si te dijera que con tu miedo podrías empezar a desarrollar y a fortalecer tu autoestima? Y que con ese mismo miedo tendrías la fuerza para vencer cualquier obstáculo que se te presente en el camino.
Bueno, probablemente me digas lo mismo que pensabas o que me ibas a decir en el inicio: parece loco lo que te estoy diciendo, parece poco razonable, poco lógico. Pero te cuento quizás cómo podrías lograr ese efecto.
Un secreto, una clave para hackear el miedo y que el miedo se ponga a trabajar a tu favor. Y la clave está en el foco: en dónde vos lleves tu atención y adónde vos dirijas ese miedo, o adónde vos dirijas tus miedos.
Supongamos que esos miedos están instalados en tu vida cotidiana, con lo cual los tenés a disposición. Hace falta simplemente un pensamiento: bueno, mañana dejo mi trabajo y me arriesgo y empiezo con mi proyecto, voy e invierto esa cantidad de dinero que necesito para armar mi negocio. Inmediatamente, simplemente la anticipación de pensar que vas a hacer eso te pone los miedos al alcance de la mano.
Con lo cual el foco es realmente lo que de alguna manera dirige esa energía. La energía del miedo es abrumadora. Hay momentos en los cuales enfrentar determinados miedos es como tratar de impedir que avance Godzilla con una gomera: una misión imposible.
Pero acá no estamos tratando de detener tus miedos, no estamos tratando de erradicar tus miedos. Estamos tratando de enfocarlos.
Por ejemplo, podrías enfocarlo pensando qué pasaría si mantenés esta rutina que tenés en este momento dentro de 5 o dentro de 10 años. Dónde vas a estar. Enfocar tu miedo lo convertiría en un miedo inteligente.
Y un miedo inteligente, por ejemplo, sería el miedo a tener éxito en la vida y que ese éxito no tenga ningún sentido para vos. Quizás algo de esto puede estar resonando en tu presente: de haber alcanzado montones de cosas importantes, de haber logrado metas que tenías y aspiraciones, pero en el fondo sentís que no tienen mayor sentido, que no sentiste realmente la gratificación de haber logrado algo importante y trascendente.
Sentir miedo también en relación a nunca terminar de desarrollar tu potencial. Es muy probable que, si estás escuchando este episodio, tengas la percepción de que tenés mucho más para dar, tenés mucho más para expandir en cuanto a tu potencial y a tus capacidades, y también la sensación de que no sabés, de que no encontrás la manera de hacerlo. Entonces podrías enfocar tu miedo al miedo a que eso nunca suceda.
Podrías sentir miedo a desarrollar una vida, o a que la próxima década no te lleve tan adelante. Que la próxima década, cuando la tengas que clasificar, sea una década que podría entrar en la categoría de mediocridad. Que no hiciste nada realmente trascendente, simplemente seguiste la corriente, seguiste las rutinas y lograste las mismas cosas, pero nada, digamos, que para vos sea algo que valga destacar.
Otro miedo interesante es el miedo a que pueda existir la posibilidad -y las posibilidades de lo que te voy a decir, digamos, no son descabelladas- de que el día que te decidas a avanzar en tu proyecto sea demasiado tarde. Porque puede ser demasiado tarde. Puede ser demasiado tarde porque tu salud ya no te acompaña, porque a lo mejor tus condiciones económicas no son las necesarias o las suficientes para que puedas encarar el proyecto que quieras encarar. Pueden pasar situaciones familiares, pueden pasar un montón de cosas que hagan que quizás, en el momento en el que decís bueno, listo, lo hago, las condiciones ya no estén dadas para que lo puedas lograr. O al menos no lo puedas lograr de la misma manera que quizás lo podés lograr hoy mismo, ¿no?
Podés sentir miedo a llegar al final de tu vida, y este es uno de los miedos, digamos, más importantes de la gente que llega al final de su vida. Esto está demostrado, hay estadísticas por todos lados: que los mayores arrepentimientos en el final de la vida no tienen que ver con las cosas que se hicieron, sino que en general tienen que ver con todo lo que no se hizo. Todo lo que uno sabía que quería y no se animó a hacer. En general nos arrepentimos de no haber pasado más tiempo con la familia, de no haber cuidado mejor nuestra salud desde temprana edad, nos arrepentimos de no haber hecho ese viaje que queríamos hacer, de no haber dedicado más tiempo a nuestras pasiones, de no haber ido por nuestros sueños, básicamente.
Y otro miedo importante, que también puede sacudirte e impulsarte, es el miedo a que tu vida -suponiendo que decidieras no avanzar, que siguieras esta repetición- sea, pongámosle, como decía antes, una vida mediocre, en el sentido de que no llega a expandir todo lo que tiene para dar. Una vida caracterizada por el miedo a asumir riesgos, las inseguridades, las dudas. Y que todo esto que te estoy contando termine siendo un ejemplo que las personas que te siguen adopten para sus propias vidas. Tus hijos, básicamente.
Imaginarte que tu ejemplo de no intentarlo sea el ejemplo que tus hijos sigan, y todas las personas que te rodean y sobre las cuales de alguna manera ejercés influencia.
Con esto lo que te estoy diciendo es: si con estos focos, si dirigís tu atención a estos focos que te estoy mencionando, decime si no sentís impulso para avanzar.
Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Y si querés escribirme, con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en el podcast, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.
Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.
Vengo bajando de tres días y dos noches solo en la montaña. Sin gente, sin teléfono, casi sin comida. Es una de las prácticas más potentes que uso en mis programas de inmersión, y también una de las más incómodas: las primeras horas la cabeza no para un segundo. Te cuento cómo es por dentro, qué hace falta para que funcione, y qué aparece cuando por fin se hace el silencio.
¿Cuántas veces, al comenzar un nuevo año, te tomaste un tiempo de total desconexión de la tecnología, de tu entorno laboral, familiar y rutinario, para evaluar con perspectiva tu situación actual y planificar a conciencia los próximos pasos a seguir en tu vida? Si no lo hiciste, ¿cómo podés asegurar que el 2025 será diferente, e incluso mejor que el 2024? ¿Cómo podrías asegurar que las decisiones que vas a tomar te llevarán a los resultados que esperás a fin de este año?
Hoy, en este nuevo episodio de Reinvención Personal, la aventura de convertirse en uno mismo, quiero hablarte del poder de la soledad y del silencio. En los próximos minutos te enseñaré uno de los métodos terapéuticos más potentes que existen, que utilizo en mis programas de inmersión en la naturaleza y que es capaz de abrirte puertas hacia transformaciones profundas y significativas.
Si decidís acompañarme a transitar la senda del día de hoy y aplicar lo que voy a comentarte, este año que comienza podría convertirse en uno de esos años bisagra en tu propia biografía, un año donde podrías romper la inercia y la repetición y orientar definitivamente tu vida en dirección a la vida que soñás desde hace tiempo. ¿Qué te parece la idea? ¿Iniciamos juntos la marcha?
Hola, te doy la bienvenida a mi podcast de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema, soy un ingeniero que fabricaba locomotoras hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía, para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Acabo de regresar de mi solo de tres días en la montaña. Ese es el nombre del método del cual quiero hablarte. El solo puede aplicarse en diferentes escenarios y tener diferentes duraciones. Te voy a contar mi experiencia primero, para que comprendas cómo funciona y entiendas su potencial, y después hablaremos de cómo podrías implementarlo en tu propia experiencia de vida.
El primer paso en el solo es definir el motivo por el cual hacerlo, ya que tiene muchas aplicaciones diferentes. Más adelante te voy a contar los detalles de cada una de ellas. En principio te cuento que en mi caso venía de un año muy difícil, demasiada carga laboral y familiar, situaciones que me exigieron el máximo emocionalmente, agotamiento excesivo y, sobre todo, dudas respecto de mi futuro que hacía tiempo que no experimentaba con tanta intensidad y tanta persistencia. Necesitaba parar, hacer un stop, un reset completo antes de tomar decisiones importantes.
Bueno, hasta acá quizás nada muy diferente a lo que le sucede a mucha gente. Lo diferente, tal vez, en este caso, es la forma de abordar la situación. Por lo general, lo que la mayoría de las personas buscan en esta época del año es distraerse, divertirse, hacer algo diferente, viajar. Pero el solo te propone otra cosa. No tiene que ver con el hacer o con un hacer distinto, sino enfocarse exclusivamente en el ser. Como vas a ver, los resultados son completamente diferentes.
Suponiendo que definiste tus vacaciones basándote en el hacer, en el mejor de los casos vas a regresar con una emocionalidad más equilibrada y, dependiendo de lo que hayas hecho, dónde y de qué manera, tal vez más relajado, más relajada, y con cierto nivel de bienestar físico. Lo habitual es que, pasadas las primeras semanas, tu estado físico, mental y emocional vuelva a retomar donde lo dejaste antes de la vacación.
Un solo tiene la capacidad de aportarte bienestar físico y psicoemocional, pero además algo mucho más valioso y perdurable en el tiempo, que es la expansión de la conciencia. Algo fundamental si te encontrás, por ejemplo, ante la necesidad de tomar decisiones que van a tener un impacto en tu futuro.
Bueno, te cuento entonces mi solo. Portando una mochila con algunos alimentos y el equipamiento mínimo para sobrevivir en el medio silvestre durante tres días y dos noches, me interné solo en las montañas con una única consigna: no tener consignas. De eso se trata el solo, una pausa en el tiempo y en el espacio, donde lo importante es estar presente, atento a lo que ocurra tanto dentro como fuera de vos mismo, sin intervenir y dejando que suceda lo que tenga que suceder.
Si bien tenía un propósito general en mente antes de iniciar mi retiro, que era adquirir mayor claridad respecto de mi futuro, ni bien puse un pie en la senda solté todo deseo y expectativa. Caminé como tres horas y media, alejándome de la civilización, hasta llegar al destino que tenía previsto. Elegí ese lugar porque las chances de cruzarme con otra persona eran prácticamente nulas. Y así fue. Estuve solo tres días y dos noches, alejado de todo y desconectado completamente de las tecnologías y de mis rutinas. Lo único que tenía conmigo era mi mochila, algo de abrigo, una bolsa de dormir y unos pocos alimentos. Ni la carpa quise llevar.
Quizás alguno pueda decir: bueno, pero te fuiste a una playa de arena paradisíaca en el medio de la Patagonia y estabas rodeado de la belleza natural de este lugar. Y esto puede parecer una experiencia de mucho placer, pero no suele ser así todo el tiempo. El solo puede ser como una montaña rusa de emociones, sobre todo en las condiciones en las que yo me lo propuse esta vez.
Momentos de máxima alegría y disfrute, por ejemplo al iniciar la caminata por el bosque, y sentir una paz profunda al contemplar los últimos rayos de sol en el campamento. Incertidumbre y temor ante los sonidos, el frío y la oscuridad de la noche. Euforia y entusiasmo por la salida del sol detrás de las montañas al amanecer, y el asombro ante la increíble explosión de la vida en ese instante. También fastidio, en algún momento, por el calor al mediodía y los insectos. Sorpresa por algunos malestares en el cuerpo que no esperaba, y angustia por no saber cómo me iba a impactar física y emocionalmente la segunda noche. Ansiedad al iniciar el último día, sabiendo que en el fondo necesitaba respuestas. Gratitud, finalmente, por la inspiración espontánea que surgió en la caminata al regreso.
Si tuviera que describirte lo vivido en pocas palabras, lo resumiría como una experiencia intensa, ambivalente y muy poderosa. Por eso te lo recomiendo al mil por ciento.
¿Cuál fue el resultado, para mí, del encuentro con la montaña? En este caso liberé peso que llevaba en mi mochila, porque solté presiones, exigencias, pude dejar atrás culpas y frustraciones que, sin darme cuenta, me había cargado en mi espalda. Volví a sentirme libre y en paz, algo que hacía mucho tiempo me estaba faltando.
Es cierto que no me traje todas las respuestas, pero sí me traje las respuestas importantes. Traje reafirmación en algunas intenciones y ciertos cuestionamientos en otras que, bueno, voy a tener que seguir elaborando. Pude ordenar mis valores, pero ajustados a lo que pienso y lo que siento en el día de hoy, que no es lo mismo que pensaba y sentía hace un año. Pude ver claramente también dónde me encuentro, por qué estoy donde estoy, y de esta forma despejar dudas respecto de a dónde quiero ir.
Quisiera contarte ahora la estructura de esta experiencia, para que de a poquito vayas conociendo cómo se diseña y podamos conversar luego respecto de cómo vos podrías replicarla.
Bueno, antes de iniciar la experiencia, como ya te dije hace unos minutos, es importante definir un propósito. Y también es muy útil empezar con una pregunta trascendente que necesites responderte.
Al iniciar la caminata, en el momento en que abrís la experiencia, es el momento de soltar todo: soltar todas tus expectativas, todos tus deseos, simplemente observar con atención. Yo te estoy hablando de mi experiencia particular, que después habrá que extrapolar a las experiencias que vos quieras, a lo mejor, diseñar. Pero en mi caso era una inmersión en la naturaleza.
Y lo que ayuda, el primer paso en este solo cuando iniciás esa experiencia, es simplemente estar atento y observar, por ejemplo, la naturaleza, apreciando las pequeñas cosas que te vayan llamando la atención a medida que vas caminando.
En mi caso, muchas cosas me fueron captando la atención en ese primer día. Y a veces son pequeños detalles, ¿no?, que uno pasa por alto. No sé, algo que me llamó la atención en este caso, que no es que no lo había visto antes, pero en este caso, por cómo le daba el sol, por la orientación, mientras yo caminaba, etcétera: en un momento vi como iluminadas, como si estuvieran irradiadas por una luz brillante, distintas capas de una telaraña metida dentro de un tronco. Parecían incandescentes, por eso me llamó la atención, ¿no? Pero eso tenía que ver con cómo le daba el sol. Como te digo, telarañas he visto un montón en el bosque, pero esta particularmente me llamó mucho la atención. Y sobre todo los distintos niveles, las distintas capas transparentes, ¿no?
Uno va observando estos fenómenos, y nada de lo que observás mientras estás caminando es producto de la casualidad. No es el momento para analizar estos eventos, cuando inicia la experiencia, pero sí lo podés retomar más adelante, y te aseguro que le vas a encontrar un montón de sentido.
Fijate lo que me pasó a mí después, al analizar la experiencia, y eso va a venir en algún momento: yo también estaba como intentando pasar diferentes capas, capas hacia adentro, en este caso. Y es muy representativa la imagen de la telaraña y sus distintas capas. Pero bueno, esto no es lo que tenés que hacer en el inicio. Esto es simplemente observar, apreciar estas pequeñas cosas y seguir adelante.
La idea es que te puedas vaciar, que puedas hacer espacio, porque eso es lo que muchas veces nos sucede: estamos llenos. Nuestra mente, nuestro corazón, nuestro cuerpo está totalmente sobresaturado de información, de situaciones que quedan como pegadas en la piel, y no hay espacio para lo nuevo. Siempre estamos dando vueltas sobre lo viejo. Entonces, si necesitás inspiración, si necesitás creatividad, hay que hacer espacio, y la forma, en el solo, por ejemplo, es esta idea, esta intención de vaciarte.
Ya promediando la experiencia, esta permanencia en tiempo presente, no solamente sobre el entorno sino sobre cada uno de tus actos, es sumamente importante. Digo esto porque, cuando me refiero a cada uno de tus actos, en la caminata podría ser cada uno de tus pasos, sentir el cuerpo, sentir la mochila, ajustar lo que necesites ajustar. Y cuando estás en el campamento, cada uno de los actos puede ser la preparación de la comida, cómo armás el escenario donde vas a pasar la noche. El estar muy presente en cada uno de esos actos, y en cada uno de los detalles también de esos actos.
Es observar también tus pensamientos. En algún momento va a haber mucho tiempo en el cual uno aparentemente no hace nada: observar el entorno y observar tus pensamientos a medida que van apareciendo, sin intervenir. Es como una especie de meditación, sin dudas, de mindfulness, pero en un contexto diferente.
Escuchar tu cuerpo y sus necesidades es muy importante, y responder a esas necesidades. Si estás incómodo en la posición, cambiar la posición; si necesitás acostarte, acostarte; si necesitás levantarte, levantarte. En fin. Prestar atención también a tus emociones, a lo que vas sintiendo en cada momento, e intentar ponerle un nombre. Aceptar eso que estás sintiendo, ponerle un nombre y seguir, digamos. No quedarte a analizar nada: no es momento de analizar.
Ya aproximándote, a lo mejor, al cierre de la experiencia -no en el final, pero sí en la última etapa-, ahí es importante, supongamos, al inicio de ese día, del último día, recuperar la pregunta que traías al inicio, en este caso, de la travesía. No para responderla en ese momento, sino para traerla a tu atención. Es interesante intentar seguir manteniendo la atención plena en todo lo que venías prestando la atención, pero ahora con la conciencia de que hay una pregunta dentro de ese escenario. No buscar la respuesta, sino dejar que la respuesta te encuentre. Es algo muy diferente, ¿no?
La respuesta te va a encontrar, como te decía, en la medida en que vos hagas el vacío. Ese vacío va a ser generado, y si le das una orientación hacia aquello que querés poner en ese vacío, que es esto de traer la pregunta, lo más probable es que esa pregunta lo ocupe. Pero no hay que forzar, digamos.
En mi caso, las respuestas y los análisis y los insights, te diría, más interesantes surgieron recién en la caminata de regreso. Se ve que yo necesitaba vaciarme un montón. Y no sé si no me quedó corto el solo, te digo, honestamente. Pero bueno, esto sucede cuando tiene que suceder, no cuando uno lo planifica.
Y después podés dejar pasar unos días -tres, cuatro días, una semana- para que tengas cierta perspectiva. Ahí es interesante ponerte a analizar la experiencia. Ahí es donde aparecen algunas conexiones, como la que te dije de la telaraña. No me apareció allá; después, mirando hacia atrás, es como que empiezo a entender. Y empezamos a unir los puntos. Entonces la respuesta que apareció en la travesía se expande, ¿no?, en 4K, en 8K. Empezás a ver otros detalles: el proceso continúa. El solo no termina cuando vos decidiste terminarlo, sino que podés darle un cierre en este momento que te digo, de evaluación de lo vivido.
¿Cuáles son las claves para que un solo te genere resultados? Y esto ya hablando en general.
Punto número uno: el distanciamiento. El alejarte de todo lo que representa tu vida cotidiana: los hábitos, las costumbres, las personas, los entornos físicos. Tenés que poder desidentificarte. Uno termina identificándose con los espacios, con las personas, con las tareas, con los hábitos que desarrollamos cotidianamente, y creemos que somos eso, en definitiva. Y en realidad somos muchísimo más. Entonces, para realmente poder encontrar eso que, a lo mejor, no podés encontrar dentro de esa identificación, tenés que tomar distancia.
El segundo punto importantísimo es el silencio. El silencio, en su profundidad, es donde se encuentran los tesoros. El silencio es potencialidad ilimitada. El silencio es infinito, como el espacio. Si mirás el cielo a la noche y la profundidad del espacio, te das una idea de lo que implica el silencio. En este caso es fundamental. Por eso, no interactuar con nadie, no hablar con nadie. Esto es clave, digamos. Y no ponerte a escuchar música. Nada, nada que te reconecte con lo rutinario.
El tiempo es otro punto importantísimo. Todos estos procesos requieren un desarrollo, no son inmediatos. Ya te mencioné las diferentes etapas anteriormente. Bueno, en esto tenés que tener en cuenta el propósito: hay propósitos que requieren mayor duración, procesos más largos, y hay otros que, a lo mejor, no lo necesitan. Un solo puede ir desde dos horas hasta lo que vos necesites, hasta lo que vos quieras. Puede ser una hora, un día, tres días como en mi caso, una semana.
El cuarto punto importante es que tengas en cuenta el entorno: que el entorno sea estimulante, que sea armónico con el proceso en el que te vas a meter. Siempre lo voy a decir: no existe un mejor entorno para este tipo de procesos, para lo introspectivo, para lo creativo, para inspirarte, para aprender, para conocerte, que la naturaleza, claramente. La naturaleza es el entorno por excelencia para todo este tipo de procesos.
Y el punto número cinco, importante, es el vacío, el vaciarte. Fijate que la mayor parte de mi solo fue vaciarme, no llenarme de pensamientos, cuestionamientos, de análisis. El vacío es fundamental, porque el vacío crea el espacio para que eso nuevo que estás buscando pueda entrar y alojarse allí.
Si seguís estos principios, el solo tiene altas probabilidades de darte buenos resultados. En el caso de que necesites orientación, escribime; me gustaría mucho conocer qué es lo que estás necesitando y ayudarte.
Tené en cuenta que, si nunca hiciste un solo, es esperable que te enfrentes a ciertas resistencias, conscientes e inconscientes, porque no estás programado o programada para esto. Por eso cuesta desconectarse de los dispositivos electrónicos, de las personas de tu entorno, de tus hábitos y de tus responsabilidades de todos los días.
La resistencia puede presentarse de diferentes maneras. Algunas son viscerales, a través de emociones, por ejemplo el miedo, la angustia, la ansiedad, la culpa. Y te puede aparecer a través de pensamientos que a lo mejor ya los estás teniendo. No, esto no es para mí. Esto es para los locos como Walter, que se internan en la montaña y se quedan ahí solos, o algo así. No, no tengo tiempo, tengo demasiadas cosas. No, me tengo que ir de vacaciones, me voy a ir de vacaciones con mi familia, no, no, no, no me puedo ir solo tres días. No, yo no lo necesito, la verdad que... no, no, no, estoy... ya me las voy a rebuscar, ya me voy a hacer el tiempo. Además, voy a terapia, ojo, mantengo mi terapia, así que... ¿Y si me pasa algo, y estoy solo? ¿Quién me va a rescatar, no? Y me voy a aburrir. No hacer nada, tres días, ¿cómo es eso? Para no hacer nada, tres días. No, pero yo no voy a poder, no, no, no, esto no, ya te dije que no es para mí, no, no puedo. Y vos sabés cómo soy, no puedo parar de hablar. Imaginate, no hablar con nadie durante tres días, me mata. O sea, no, no, olvidate.
Bueno, algunas de las conversaciones que a lo mejor andan dando vuelta por ahí en el momento de la resistencia. Son simplemente eso: resistencias.
Si te pasa algo de todo esto, es importante que recuerdes el para qué de tu solo. El motivo tiene que ser lo suficientemente potente como para ayudarte a vencer esa resistencia. Y tomate el tiempo que necesites para definir claramente ese motivo, porque ese va a ser tu talismán.
Podés hacerlo de dos maneras, mirá. Normalmente nos motivamos o por la vía de la desesperación, o por la vía de la aspiración.
En el primer caso, pensando en todo lo negativo que querés erradicar de tu vida, aquello que te desespera, de lo que no querés saber más nada. Por ejemplo, la necesidad de dejar un trabajo que no te gusta, de dejar la relación que te hace mal, un estado anímico que te hace sentir incapaz, la confusión y la angustia de no saber qué decisión vas a tomar -algo de lo que me pasaba a mí-, la infelicidad que te genera un estilo de vida, la sensación de no tener salida, de sentirte preso, presa, de las circunstancias que te toca vivir, o el vacío de una vida sin propósito, el sentir que nada tiene sentido. Hasta acá, los motivos vinculados a la desesperación.
En cuanto a lo aspiracional, pensando en todo aquello positivo que quisieras atraer a tu vida, a lo cual aspirás. Como la abundancia de un trabajo que te llene el alma y los bolsillos, una nueva relación de pareja o de amistad que te aporte felicidad, o la recomposición de una relación actual que tenés en conflicto, con una pareja, con tu hijo, con un pariente, un familiar. El despertarte a la mañana con entusiasmo -mejor aspirar a esto-, sabiendo lo que tenés que hacer y con ganas de darlo todo para lograrlo. La certeza de saber cuál es tu lugar y tu propósito en el mundo, la tranquilidad de saber que vas por el camino correcto, la paz ante una decisión difícil que te toca tomar en breve, la claridad respecto de tus valores y tu escala de prioridades, etcétera, etcétera.
Mi sugerencia es que te apoyes en las dos, y que elijas una, a lo mejor, de cada una de estas dos opciones: aquello que te desespera y aquello a lo cual aspirás.
Luego pensá bien en la pregunta. Yo te decía: después del propósito, escribir una pregunta importante que necesitás responder, y escribirla en un papel y guardarla para recuperarla en la etapa final del solo. Acordate que, una vez que iniciás este proceso, es vital que sueltes todas las expectativas.
¿Sabés por qué es tan importante que lo hagas? Siempre que necesito referencias para la vida, trato de observar a la naturaleza en acción. ¿Cuál es el momento más creativo en el bosque, donde las fuerzas del cambio y de lo nuevo son más evidentes en el año? ¿Qué te parece? La primavera, ¿no? Desde ya. Es el momento máximo expansivo y creativo, ¿no? La explosión de la vida.
¿Y cuáles son las condiciones previas a esa explosión de la vida? El invierno. El invierno del bosque es un período de silencio -si venís a la Patagonia lo vas a sentir, pero de una manera contundente-, de vacío, de interrupción del movimiento, de reposo, de aislamiento. En el invierno los animales se refugian en sus madrigueras, los procesos de la vida parecen aplanarse, los colores se desvanecen y todo se vuelve más simple. Suele ser la estación más retadora para las especies. Es exigente, el invierno. Sin embargo, tal vez ese contacto tan cercano con los procesos de la muerte es lo que genera esa explosión sin precedentes de la vida que te mencionaba antes, y que tiene que ver con la primavera.
El solo es un invierno en el alma. Y la pregunta de inicio es la semilla que vas a poner en la tierra, como lo hacen los frutos en el otoño en la naturaleza. Fijate que estamos reproduciendo el mismo proceso. Una vez en tierra, esa semilla tiene que permanecer allí un tiempo, sin ser perturbada, para poder germinar. Por eso soltamos las expectativas.
La germinación dependerá además de la calidad de la tierra que rodea a esa semilla. En este caso será la calidad del proceso del solo que generes. Cuanto mejor sea la tierra, con mayores nutrientes, cuanto mejores sean las condiciones de tu solo, mejor será la germinación de esa semilla. Más potente será la respuesta, más clara, más precisa, más contundente. ¿Podés ver las similitudes?
¿Qué pasa cuando entramos a un año nuevo sin pasar por un invierno anterior? Lo mismo que sucedería en el bosque. Sin invierno difícilmente se produciría la germinación de los nuevos brotes. Las semillas que caen al suelo por la descomposición de las frutas en el otoño permanecerían allí, esperando las condiciones favorables para despertar. Entonces, en la primavera volveríamos a ver prácticamente el mismo bosque de la primavera anterior. Si no te permitís un invierno en el alma, tenderás a repetir la situación, las relaciones y los resultados. Es lo natural, básicamente.
Por eso te propongo que lo pruebes y me cuentes cómo fue tu experiencia. De verdad, me encantaría leerte. Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Y si querés escribirme, con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en el podcast, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción. Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.
Pensá por un momento en lo que más te apasiona hacer. Ahora pensá en lo más difícil que te tocó atravesar en tu infancia o en tu juventud temprana. Parecen dos historias que no tienen nada que ver una con la otra. Te propongo ponerlas en una misma línea de tiempo y mirarlas juntas, como hice yo con la mía. Lo que aparece ahí incomoda, pero explica muchas cosas.
¿Alguna vez te pusiste a pensar que las situaciones difíciles o traumáticas que te tocaron vivir en tu niñez, adolescencia o juventud temprana pueden ser la clave para encontrar un sentido trascendente a tu vida? ¿Sabías que el dolor del pasado y lo que te apasiona hacer en el presente pueden estar íntimamente entrelazados? ¿Y que si examinaras ese entrelazamiento podrías encontrarte cara a cara con tu propósito y misión personal?
Hoy, en este nuevo episodio de Reinvención Personal, la aventura de convertirse en uno mismo, te invito a explorar un territorio verdaderamente fascinante, en el cual descubrirás pistas muy valiosas para develar los misterios de tu existencia en este mundo.
Si decidís acompañarme en el recorrido que te propongo hoy, los próximos 30 minutos podrían ser de los 30 minutos más reveladores del último tiempo. La propuesta es ir en busca de ese hilo invisible que conecta tu pasado, tu presente y tu futuro de una manera absolutamente sorprendente y poderosa.
Te aseguro que si me acompañás hasta el final, vas a adquirir una comprensión de tu vida que será como un nuevo despertar. Creeme, este podcast puede ser un antes y un después.
¿Qué te parece la aventura que te estoy presentando? ¿Me acompañás a recorrer la senda?
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema, soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía, para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás.
Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy. Quiero aprovechar los primeros minutos para agradecer a todos aquellos que se han tomado el tiempo de escribirme para aportar feedback respecto del canal de podcast. Gracias de verdad, por ayudarme a validar que mi decisión de abrir esta propuesta fue correcta. Conocer cuál es el impacto que genera el contenido que comparto es realmente importante para mí: me da ganas y me motiva a seguir.
Bien, ¿qué temita te traje hoy? ¿No es cierto? No soy de dar muchas vueltas: si me vas conociendo, ya sabés que me gusta ir al hueso.
¿Por qué quiero hablarte del dolor, la pasión y el proyecto? Porque representan tres elementos de la línea de tiempo -pasado, presente y futuro- que, si lográs alinear correctamente, pueden abrirte la puerta a un mundo de oportunidades hacia adelante. De mínima, hoy quisiera regalarte una llave para que lo puedas intentar.
Pero como en toda travesía ambiciosa y retadora, te voy a proponer que vayamos despacio, paso a paso y graduando el esfuerzo. Empecemos por acá.
¿Sabés cuál es una de las inquietudes más recurrentes que encuentro cuando hago mentorías a personas que están en busca de algún tipo de reinvención personal y profesional? Que les resulta muy difícil tomar la decisión de jugársela por un proyecto de cambio con el cual se sientan seguras y confiadas, como para dejar atrás la realidad que conocen.
En ciertos casos no pueden tomar la decisión porque no saben muy bien lo que quieren. No logran encontrar algo que les despierte la pasión y les renueve las esperanzas hacia un futuro mejor. En este caso lo único que saben es que necesitan cambiar, porque perdieron toda motivación y hasta el entusiasmo de vivir.
En otros casos sí saben lo que quieren, pensando en el futuro, porque están en contacto con la pasión, pero no encuentran cómo darle forma desde una estrategia que convierta esa pasión en un proyecto viable y sustentable.
En ambas situaciones son conscientes de que la vida se les escurre como si fuera agua entre las manos. Que el tiempo pasa y, al seguir ancladas en el mismo lugar, sienten impotencia, angustia y una ansiedad que se hace cada vez más permanente.
¿Te resuena algo de todo esto? No te preocupes, que hoy nos vamos a ocupar de estos temas.
Sin dudas, saber que tu vida necesita un cambio radical y no tener ni idea de hacia dónde ir puede ser la situación más desfavorable, porque implica un doble trabajo: encontrar el rumbo y luego emprender el viaje. De todas maneras, tener alguna idea del rumbo y no lograr satisfacer ese deseo también es muy perturbador.
En cualquier caso, hay mínimamente dos elementos que ayudan un montón a destrabar el tema, y que son: número uno, encontrar esa idea revolucionaria de un proyecto que te apasione y que a la vez tenga altas probabilidades de éxito económico; número dos, contar con una fuerza de voluntad inquebrantable que te permita mantener el esfuerzo y hacer todo lo que sea necesario hasta conseguir ese éxito.
Si te fijás, estoy hablando de una mente enfocada y creativa trabajando en equipo con un corazón a prueba de balas. ¿Sabés cómo se logra esa integración? Conectando con el espíritu.
Y aquí, si me permitís, me voy a parar en otro plano de la conversación que estamos teniendo. Uno menos racional o emocional, pero más trascendente. Un plano con el cual seguramente ya hayas tenido algún tipo de acercamiento. Por ejemplo, en aquel momento en el cual te invadió, aunque sea por unos segundos, la certeza de que viniste a este mundo para hacer algo importante con tu vida. Que no se trata de dejarte llevar por la corriente que te empuja desde el pasado, desde tu historia, desde tu entorno social o familiar. Por ejemplo, que si estudiaste tal carrera estás destinado a trabajar toda la vida en eso. O si naciste en tal ciudad, tenés que vivir allí hasta el último de tus días.
La voz de tu conciencia te dice que tu vida tiene un propósito. Y que encontrar ese propósito es clave para tu felicidad. Esa misma voz te suele recordar que estás aquí para mucho más de lo que refleja tu realidad actual.
Si la escuchaste y te animaste incluso a dejarla resonar en tu mente, es muy probable que tu imaginación haya empezado a volar. No sé, quizás te viste como dueño de un bar en la costa del Mediterráneo, o recorriendo el mundo en una casa rodante, o -como me pasó a mí- impactando vidas en el medio de la cordillera de los Andes.
Si tuviste esos instantes de conciencia, probablemente también hayas sufrido ciertos pensamientos incómodos. Como que estás perdiendo el tiempo, que seguir así -trabajando solo para pagar tus cuentas, o viviendo donde no querés vivir, o rodeándote de gente que no te entiende- no tiene ningún sentido.
Pensamientos incómodos, como el darte cuenta de que hasta acá viviste la vida de alguien más, como interpretando un rol que se ajusta a las expectativas de los demás, de la sociedad, de tu familia, de tu entorno social, pero que en realidad tiene poco que ver con tu verdadera identidad, con lo que vos sentís que es tu verdadera identidad.
En mi caso, es cierto, yo me recibí de ingeniero y luego, siguiendo esa lógica de lo que se esperaba de un ingeniero, terminé con una empresa propia, que fue exitosa. Tenía un trabajo rentable, viajaba por el mundo, tenía buenas expectativas de crecimiento en mi ciudad natal de Buenos Aires. El rumbo estaba trazado. ¿Cómo iba a cometer la locura de dejar todo e irme a las montañas en busca de un sueño?
Y sí, lo hice. Por la sensación que tenía de que si no tomaba la decisión de irme, te juro que me moría. El nivel de desesperación, de angustia, de ansiedad, me eran absolutamente intolerables.
Así y todo, te cuento que llegar hasta ese punto de incomodidad y de no retorno me llevó una década. Una década de distracciones, de engaños y de completa negación, en la que perdí un tiempo que hoy me gustaría tener a disposición. Y de verdad, no rescato casi nada de esos diez años, porque estaba perdido, viviendo como si fuera en modo zombie.
Entonces, hasta acá, lo que estoy intentando decirte es que para que surja esa idea maravillosa y esa energía arrolladora de la concreción, vas a necesitar primero conectar con una fuente de inspiración que emane desde tu interior. Es esa voz que te susurra bajito, que no viene de la mente.
A veces me preguntan: bueno, pero ¿cómo voy a diferenciar una cosa de la otra? ¿Cómo diferenciás que esa voz viene de otro lugar que no sea la mente? Yo creo que una de las formas de diferenciarla es por las sensaciones que te produce cuando la escuchás.
Bueno, ¿pero qué sensaciones? Y la primera es que se trata de una voz que reconocés como sincera. Sabés que lo que te dice es verdad. Una verdad a veces incómoda, pero que no podés refutar. Sí, la podés ocultar, la podés callar, la podés tapar, pero al poco tiempo, cuando creíste que la tenías controlada, vuelve a aparecer.
Suele ser, por lo general, en un momento de crisis: personal, familiar, financiera. O ante una enfermedad grave, tuya o de alguien muy cercano a vos. Son esas situaciones que ponen todo en perspectiva nuevamente. Ahí volvés a recordar que tenés que cambiar, que la locura es seguir igual, postergando, procrastinando, distrayéndote con cosas, con rutinas sin sentido, con responsabilidades que ya no querés seguir asumiendo.
El problema es que, en la mayoría de los casos, lo que hacemos después de ese momento de verdad es volver a meter ruido en nuestra mente, para que la voz quede silenciada hasta que venga la próxima crisis. Y en el mejor de los casos vendrá una próxima crisis -digo, en el mejor de los casos, porque la crisis es una oportunidad para despertar-. Sin crisis, tal vez llegaríamos al final de la vida solo para darnos cuenta de que no tuvimos el coraje de ir en busca de nuestros sueños, de que vivimos una vida totalmente sin sentido. Y creo yo que ese es el peor de los infiernos imaginables.
Entonces, mi primera invitación es a que escuches la voz de tu conciencia, que le des volumen, que no la silencies más. Porque esa voz, en algún momento, te va a develar el misterio de tu vida. Y cuando eso suceda, todo encajará de manera perfecta. Tendrás ideas maravillosas y te surgirá una fuerza de voluntad absolutamente arrolladora, movilizante.
Te voy a adelantar algunas cosas que podrían ocurrirte de animarte a seguir mi consejo. La voz de la conciencia está conectada con una conciencia más universal.
Si creés, como yo, que existe un plano más allá del material, gobernado por una inteligencia superior a cualquiera de nosotros, que la vemos actuar en la naturaleza manteniendo en equilibrio los infinitos procesos -por ejemplo, dentro de un bosque o dentro de tu mismo cuerpo-, entonces podés aceptarme la idea de que la voz a la que me refiero proviene de ese lugar. Es un lugar de infinita sabiduría. Y por eso, cuando la escuchamos, sentimos que es verdadera.
En un mundo gobernado por esa inteligencia, nada es producto de la casualidad. Todo hecho observable se encuentra conectado con una serie de acontecimientos interconectados entre sí de manera perfecta. En la naturaleza, todo está absolutamente interconectado. No existe un hecho aislado. Entonces, ¿por qué no podríamos pensar que lo mismo sucede en nuestras vidas, si formamos parte de la naturaleza?
Lo que quiero decirte con esto es que todo lo que te ha sucedido en la vida, particularmente los hechos más dolorosos y hasta traumáticos, están interconectados con tu presente y también con tu futuro.
¿Por qué me refiero en este caso a los dolorosos y no a los placenteros? Porque los dolorosos dejan heridas que vamos intentando cicatrizar a lo largo de la vida. Cuanto más dolorosos, más tiempo lleva ese proceso. De todas maneras, en mi opinión, creo que nunca terminan de cicatrizar por completo.
El dolor siempre está allí, y se activa cuando de manera inconsciente conectamos una situación que estamos viviendo en el presente con aquella situación traumática del pasado. Y lo hacemos todo el tiempo, sin darnos cuenta.
La herida es un anclaje en la memoria psíquica, emocional y hasta corporal. Es un punto de referencia permanente. La forma en la que hemos lidiado con ese trauma original es la forma en la que reaccionamos a lo que la vida nos va presentando. El dolor nos ha dado un punto de vista, ha forjado nuestros valores, ha moldeado nuestras creencias, nos ha aportado una sensibilidad ante determinados hechos y circunstancias de la vida cotidiana.
Y me animo a decirte que el dolor es, además, el origen de tu pasión.
Chan. ¿Qué te estoy diciendo con esto? Y que lo que te apasiona hoy, por ejemplo, se gestó en el vientre de tu dolor de ayer. Y tu pasión es un intento -a veces fallido, a veces efectivo- por sanar esa herida.
Un ejemplo rápido podría ser alguien que tuvo una infancia donde no era escuchado en su familia. Porque bueno, había otras voces, como las de sus padres o hermanos mayores, que eran las voces que se escuchaban. Ese niño con el tiempo se volvió, por ejemplo, un apasionado por la docencia, y se convirtió en uno de los docentes más queridos de una escuela. Desde ese rol, ahora todos los días de su vida tiene un aula entera predispuesta a escucharlo.
No estoy diciendo que todos los apasionados por la docencia hayan sufrido el mismo trauma de no ser escuchados en su infancia. Lo que sí estoy diciendo es que el dolor puede ser diferente, pero si hay pasión, hay una herida detrás.
Lo mismo con un niño que sufrió abuso o bullying y desarrolló una pasión por las artes marciales. Incluso por la abogacía. Más adelante te voy a contar un par de ejemplos detallados donde vas a poder comprender esta idea aún mejor.
Lo que quisiera que registres por ahora es que tu dolor y tu pasión están ligados y son como las dos caras de una misma moneda.
¿Qué moneda?, me podrías preguntar. Vamos a meternos en un lugar interesante.
Si te fijás, en los breves ejemplos que te mencioné, la pasión te lleva en cierta forma a convertirte en alguien diferente. El niño que no era escuchado, de repente se convierte en alguien que merece ser escuchado. El niño que no podía defenderse del abuso se convierte en alguien no solo capaz de defenderse a sí mismo, sino capaz de defender a otros que necesitan de esa ayuda. El dolor marca el rumbo, y la pasión inicia el proceso de autosanación. Como te dije, a veces es un intento efectivo y a veces un intento fallido.
Y si hablamos de convertirte en una mejor versión, y de que ese proceso es tan significativo para vos porque contiene tus traumas más dolorosos y tus pasiones más intensas, estamos diciendo entonces que la moneda a la cual nos referimos es la de tu propósito en la vida.
El propósito responde a una pregunta: la pregunta de quién viniste a ser en este mundo. Tu propósito te dice en quién estás destinado o destinada a convertirte. Te habla de esa versión aspiracional que es tuya y de nadie más. Y precisamente ese proceso de ir hacia esa versión es lo que termina dándole sentido a toda tu vida.
En la medida que te entregás a tu pasión, no solo tenés chances de ir sanando tu herida, sino que además vas a desarrollar una obra que te trasciende, porque va a tener un impacto en la vida de los demás. Como ese niño abusado que pasó de ser un experto en artes marciales a convertirse en un abogado súper exitoso que ayuda a personas que se sienten indefensas. O esa niña que no era escuchada y que se convirtió en una maestra capaz de inspirar a otros niños para que encuentren su propia voz y la hagan sonar fuerte: primero, por ejemplo, en un acto escolar, y después en cada acto de sus vidas cotidianas.
Si hablamos de una obra que representa una contribución a los demás, estamos hablando de una misión, porque la misión responde a la pregunta de qué es lo que viniste a hacer a este mundo.
Recapitulando: dolor y pasión podríamos decir que son las dos caras del propósito en la vida. Cuando ese propósito se proyecta en una contribución o servicio a los demás, ahí es donde encontrás tu misión.
¿Querés un ejemplo que integre todo lo que te acabo de contar, que es bastante complejo? Espero que me estés siguiendo en este paso a paso, en el recorrido de hoy.
Te doy mi ejemplo primero. ¿Cuál era mi herida? Bueno, una de ellas, tengo muchas: mi relación conflictiva con mi padre. No encontrábamos cómo comunicarnos. Nos pasaba a los dos, vivíamos la misma sensación. Como que estuviéramos en universos paralelos, desconectados entre sí. Nos sentíamos como distantes. Y esto a mí, y a él también, nos dolía hasta las entrañas.
El único lugar donde encontrábamos cómo conectar, tener algo en común, estar en paz, disfrutar uno del otro, divertirnos y comunicarnos, eran las excursiones de pesca que él me llevaba desde muy chiquito. Desde ese dolor surgió mi pasión por las actividades outdoor. Amo estar en la naturaleza, amo las actividades de aventura, al punto de que me vine a vivir a Patagonia.
No solo eso: en las actividades outdoor, además de encontrar una pasión, también encontré mi misión, que es la de transformar vidas en contacto con la naturaleza. Y desde esa misión, conectada con mi pasión y mi herida, desarrollé un proyecto que creció de manera exponencial. Porque hoy no solo ofrezco programas de aventura orientados al desarrollo personal o profesional, sino que hace 15 años atrás fundé la Asociación Internacional de Aprendizaje Experiencial, desde la cual he capacitado a cientos de profesionales en todo el continente para desempeñar la misma tarea.
Ah, casi me olvido de decirte: mi primer programa de aventura, cuando llegué aquí a Patagonia, a que no adivinás a qué público y a qué necesidad estaba orientado. Estaba orientado a grupos de padres que querían mejorar el vínculo con sus hijos adolescentes, y yo los llevaba al volcán Lanín, en una expedición al volcán, para que pudieran lograr esa meta y ese objetivo.
¿Podés ver la conexión entre dolor, pasión y proyecto?
Puede haber otros ejemplos. De hecho, hay un montón de ejemplos. Te voy a contar uno resonante. Este ejemplo tiene que ver con la vida de Sylvester Stallone. Imagino que lo conocerás.
A él le tocó vivir una infancia, adolescencia y juventud realmente muy difícil. Sus padres eran muy conflictivos y estrictos. Él comenta en entrevistas que nunca se sintió validado ni reconocido por sus padres. De hecho, su padre nunca aceptó que él estudiara para actor. Además de esto, en su juventud sufrió pobreza extrema. Llegó incluso a un punto en el que tuvo que vender su perro para sobrevivir.
Pero más allá de estas situaciones de contexto, hay una situación puntual que fue muy notoria en cuanto a los efectos que tuvo en su futuro. Hablando de heridas y de trauma: en su nacimiento, debido a complicaciones durante el parto, una parte de su rostro quedó paralizada, lo que afectaba su capacidad para hablar, por ejemplo. Esto obviamente lo conocés, porque lo has visto y lo has escuchado. Le da un aspecto físico particular, y tenía como una forma de hablar que, imaginate, cuando él era niño lo convertía en objeto de burlas, de bullying. Y estas fueron sus primeras experiencias de rechazo. Como te decía, sus padres en cierta forma también alimentaban esta sensación de ser rechazado. Y de hecho, cuando él intenta ingresar en la industria del cine, ingresa también desde este lugar de rechazo.
Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, Stallone desarrolla una pasión profunda por la actuación. Pero él no solo quería actuar, sino que lo que él quería era contar historias que reflejaran las luchas y el espíritu de su generación. Su pasión estaba arraigada en su propia experiencia de ser considerado un perdedor por la sociedad, un marginal. Algo que conectaba directamente con su dolor emocional.
Stallone transformó su dolor en una misión: contar historias que fueran capaces de inspirar a otros a nunca rendirse, independientemente de cuántas veces fueran rechazados o cuántas veces fueran volteados al piso por la vida. Fue esta misión lo que lo llevó a escribir el guion de Rocky. La historia de ese boxeador que, al igual que él, tenía todo en contra, pero que con determinación y corazón logró una oportunidad de éxito.
Después de escribir el guion de Rocky, Stallone mantuvo una firme convicción de protagonizar la película: él quería ser el actor. Sin embargo, no lo querían dejar actuar, precisamente por lo que te contaba antes, por su rostro que tenía estas dificultades, por la voz, por su aspecto físico. Y le ofrecieron un montón de dinero, una fortuna, millones en ese momento, para comprarle el guion y darle la película a otro actor. Y él se mantuvo firme y dijo que no, que él tenía que ser el actor. Y se la jugó toda ahí. Él quería ser quien le cuente la historia al mundo, y por eso se mantuvo firme en esa posición.
Bueno, lo demás ya es historia. Finalmente logra que le den ese lugar, y Rocky termina siendo protagonizado por él, en una película que fue un éxito rotundo y ganó tres premios Óscar, entre ellos el de mejor película.
Si te ponés a investigar, vas a encontrar muchas historias similares. Pero volvamos al punto de partida, a lo que te hablaba hoy: tu reinvención personal y la toma de decisiones detrás del cambio que sentís como necesario, ¿verdad?
Lo que te propondría en este momento es que te tomes un tiempo para pensar qué es lo que realmente te apasiona. Cuál puede ser la relación entre esa pasión y alguna herida de tu pasado. Si tu pasión te está moviendo hacia adelante, o te pide moverte hacia adelante, sería interesante que veas hacia dónde te está llevando ese movimiento. En quién te estás convirtiendo, o te vas a estar convirtiendo, si continuás ese camino, porque ahí está tu propósito.
Y otra pregunta interesante podría ser: ¿y de qué manera esa nueva versión de vos mismo o de vos misma puede ponerse al servicio de los demás? Porque ahí es muy probable que aparezca tu misión. Y desde esa misión, una idea de proyecto profesional, laboral y de vida que te inspire y te motive.
Suelo decir hasta el cansancio que del otro lado hay gente que de verdad necesita tus dones. Esos dones van a surgir del proceso de seguir tu propósito, de ese proceso de transformación en el que estás o en el que podrías estar si te animás a recorrer ese camino.
Y así como hay talentos únicos -porque tu vida es única, tu dolor es único, tu pasión y la relación entre tu pasión y tu dolor también es única-, también hay necesidades que son únicas. Y necesidades que son infinitas y no están satisfechas.
Cuando los talentos únicos se conectan con las necesidades únicas, se crea como una chispa que genera abundancia. Abundancia sin límites, abundancia en el sentido amplio de la palabra. Gente que está buscando a alguien que le aporte una solución a una necesidad, a un deseo. Y por el otro lado, vos, que fuiste preparado o preparada toda tu vida para ofrecer no solamente una solución, sino la mejor solución en ese sentido.
Es abundancia en sentido amplio porque es abundante para las dos partes: las dos partes se van a beneficiar. Y si las dos partes se benefician, ahí tenés un proyecto. Ahí tenés un proyecto, o quizás ahí tenés el proyecto de tu vida.
Y llegamos al final de esta larga, pero espero que apasionante, travesía. Me gustaría saber si te gustó. En caso de que haya sido así, te pediría que no te olvides de suscribirte al canal: Reinvención Personal, la aventura de convertirse en uno mismo.
Te recuerdo que tengo otro canal de podcast, que está pensado para personas que sienten el llamado a impactar vidas en la naturaleza. Si tu reinvención personal o profesional va por ese lado, ni lo dudes: buscalo y suscribite. Se llama Transformar Vidas en la Naturaleza: aprendizaje experiencial y outdoor training.
Me gustaría que me escribas y que me cuentes tus resonancias y tus inquietudes. Podés hacerlo escribiéndome a hola@walterlema.com.
Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Si querés escribirme con preguntas, o contándome qué temas te gustaría que abordemos en el podcast, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.
Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.
Sabés hace rato que necesitás un cambio importante. Incluso hiciste movimientos: tomaste decisiones que te costaron tiempo y dinero. Y sin embargo pasan los meses y seguís en el mismo lugar. Lo raro es que no te faltan ganas ni te falta información. Cada vez que estás por dar el paso definitivo, algo adentro tuyo se pone en el medio.
Sentís desde hace tiempo la necesidad y el deseo de hacer un cambio importante en tu vida laboral o incluso personal, pero te das cuenta que pasan los meses y estás en el mismo lugar. Creías que habías avanzado porque hiciste ciertos movimientos en la dirección de ese cambio. Quizás tomaste decisiones que te costaron tiempo y te costaron dinero, pero al final de cuentas fueron solo intentos fallidos aislados, sin continuidad ni resultados. Aunque sea duro de reconocer, te das cuenta que tu situación es similar a la de meses atrás, con las mismas rutinas que te atan al pasado y que poco tienen que ver con tu deseo hacia el futuro.
Si algo de esto resuena en vos, quisiera decirte que esto mismo le pasa a mucha gente y que, aunque parezca difícil lograr ese cambio, hacerlo es posible. Hoy espero poder aportarte algunas claves para que puedas lograrlo. ¿Me acompañás a recorrer la senda?
Hola, te doy la bienvenida a mi podcast de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras hasta que un día, respondiendo a un llamado interior, decidí venirme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi propia travesía para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Primero que nada, quisiera que reflexionemos juntos qué sucede en el umbral de un cambio significativo en la vida. En este podcast hablamos de reinvención personal, que involucra aspectos del ámbito laboral, pero también del familiar, del personal y sobre todo del modelo de vida.
En el umbral de un cambio de estas características converge el entusiasmo que te despierta una idea, o un proyecto, o esa visión que tenés que te gustaría para el futuro, con las resistencias naturales e inconscientes a dejar la vida que conocés. Estar ante el umbral de un cambio significativo, para muchos, suele ser paralizante.
Imaginate si a una persona con vértigo de repente la pusieras en el borde de una pared vertical de 500 metros de roca en la montaña y le pidieras que mire hacia abajo. Seguramente el contacto con el abismo la haría entrar en pánico, que es un miedo tan poderoso que te inmoviliza por completo. Bueno, así puede vivirse la reinvención personal o profesional muchas veces. Lo peor de todo es que quizás ni siquiera te das cuenta que estás en ese estado de pánico, porque te mirás y ves que estás haciendo cosas, que estás haciendo averiguaciones, que te metiste en algún curso o hiciste una terapia, pero en definitiva nada de todo esto termina validando resultados. Y te das cuenta de que estás en el mismo lugar, que a pesar de todo lo anterior seguís en el mismo punto.
Recuerdo una persona que me comentaba que se había comprado un terreno en la ciudad en la que quería vivir, y me lo contaba súper entusiasmado, pero lo cierto era que pasaban los años, mantenía la misma vida de siempre, no había cambios. El terreno le hacía creer que estaba avanzando. Actuaba como una especie de analgésico para ese dolor que le generaba el verse todos los días en la misma rutina: lo ayudaba a calmar la ansiedad, a atenuar la culpa de no atreverse a dar el paso. Pero tener un lote y desarrollar un proyecto de vida son dos cosas muy diferentes.
Lo he visto muchas veces: gente que tiene dinero y que tiene tiempo para invertir en la vida soñada, pero esto termina siendo un pobre sustituto de la voluntad y la determinación que se necesita para lograr concretar resultados.
Volviendo a la idea del pánico: si tenés un sueño, el tiempo va pasando y te das cuenta que, a pesar de los intentos, tu vida sigue igual, es una buena estrategia, una buena idea, reconocer que algo dentro tuyo te tiene paralizado. Porque si te animás a confrontar la verdad, se te van a abrir nuevos caminos.
Entonces, mirá: cualquier proceso de cambio significativo requiere de tres pasos fundamentales.
El primero es reconocer que hay algo que hay que cambiar, o algo que querés cambiar. Y eso a veces no sucede de manera espontánea. Muchos, en los cuales me incluyo, necesitamos caer en crisis muy duras, de tipo personal, de salud, familiar, económica, para ver claramente qué es lo que necesitamos cambiar.
El segundo paso o etapa de este proceso será aceptar lo que reconociste en la etapa anterior. Ya viste lo que tenés que cambiar y lo que querés cambiar; ahora hay que aceptar ese cambio. Y esto tampoco sucede, a veces, de manera inmediata. Una señal de que vas bien en esta fase es cuando empezás a reconocerlo públicamente, le decís a la gente que te rodea que estás decidido o estás decidida a avanzar en determinado cambio. "A dejar este trabajo, que no es el trabajo que quiero, y estoy decidido a ir por el trabajo o por la forma de vida que a mí me va a hacer feliz", y lo empiezo a comentar. La aceptación es un proceso.
Y habiendo reconocido y aceptado el cambio, aparecen recién los caminos y la voluntad que vas a requerir para lograr esos resultados.
Vamos con un tema súper importante ahora. Te propongo poner la lupa sobre los mecanismos que podrían mantener tu vida en standby. Esos mecanismos que te frizan, que te congelan en la situación actual.
Lo más llamativo de estos mecanismos es que su poder radica en su invisibilidad: como no los ves, no los podés desactivar. Otra característica distintiva es que generan distracción, te cambian el foco de tu atención. Y por último, que pueden hacerte creer en la idea de que estás avanzando cuando en realidad no es así. Son mecanismos automáticos que están alojados en tu mente subconsciente, y por eso son invisibles.
Hay un principio básico y relevante en el funcionamiento de la mente que está bueno resaltar. Este principio dice que tu mente está programada para la supervivencia y no para la felicidad. Es una programación biológica que está inscripta en el hombre y también está en el mundo animal.
Cuando estás ante el umbral de un cambio importante, o ante el abismo, como hablábamos en la metáfora de la montaña, la mente va a interpretar peligro y por eso va a intentar hacerte retroceder. De mínima, no te va a dejar avanzar.
Te va a detener con pensamientos, por ejemplo, del tipo: "Bueno, no es el momento, no están dadas las condiciones". "No puedo, no puedo. Vos sabés que no puedo". "No debo, no debo, tengo muchas responsabilidades". "No sabría ni cómo empezar". "Me falta tiempo, me falta dinero, no tengo experiencia, conocimiento". "No tengo garantías de los resultados, no sé cómo me va a ir". "No puedo dejar lo que me da de comer, tengo una familia detrás". "En este momento, en este país, con este presidente, con esta gente, lo mejor es esperar". "Es que estoy justo haciendo un curso, una maestría". "Estoy justo con una inversión importante, ahora que estoy por vender una propiedad, o comprarme un departamento, o cambiar el auto, y bueno, tengo que esperar a terminar esto primero". Y ya en el extremo de la negación hace su aparición la frase estelar: "En realidad no estoy tan mal, estoy bien".
Todas estas frases tienen que ver con pensamientos, y muchas veces con creencias, que tienen un único objetivo, y ese objetivo es detener tu avance. Hasta acá podrían ser excusas desde lo consciente. Son excusas que he escuchado una y otra vez acompañando procesos. Esto es lo que se puede decir y lo que se puede aceptar.
Pero si nos metemos en una capa de mayor profundidad, aparecen pensamientos distintos, vinculados con los anteriores, pero que son los que le dan la base. "No merezco ser feliz". "No soy capaz". "Van a pensar mal de mí". "Me van a rechazar, no me van a aceptar". "Nadie me va a acompañar, me voy a quedar solo". "Me va a ir mal, muy mal, voy a perder todo". "Nadie me va a querer". Las justificaciones a menudo esconden en su raíz miedos más profundos, como el miedo al fracaso, el miedo a lo desconocido, o incluso el miedo al éxito.
El cuerpo también hace su aporte a la resistencia, con síntomas como la falta de energía, la ansiedad, incluso malestares, traumas físicos inesperados. De repente aparece una intervención quirúrgica que tenés que hacer, un tratamiento de tal cosa, un esguince de tobillo, justo cuando pensabas viajar para hacer un relevamiento del lugar donde querías vivir. Y bueno: "No, no puedo ir, mirá cómo estoy".
Ese "cómo estoy" puede tener que ver también con que te aparecieron dolores en la espalda. Y si lo pensás, bueno, estás cargando en tus hombros una mochila de piedras, que son las rutinas, y el trabajo, y montones de cosas y de gente que ya no querés que forme parte de tu vida, y ahí están. Y cada día se hace más pesada esa mochila.
También podrías empezar a tener problemas digestivos de alimentarte todos los días de la misma realidad. Como hablábamos antes, de situaciones, de relaciones, de circunstancias que no querés para tu vida. Y bueno, si se te hace difícil digerir esa realidad, no sería extraño que aparezcan este tipo de problemas.
El tema es que si te sentís mal físicamente viene bárbaro para la resistencia, porque no te dan ganas de hacer esfuerzos y entonces esperás. No vas a querer hacer nada que te ponga en alguna situación incómoda o de estrés.
Otro mecanismo de resistencia es el famoso síndrome del impostor. Se te vienen estos pensamientos que te hacen dudar de tu capacidad para enfrentar lo que la vida te propone o lo que vos decidís hacer. "¿Y cómo voy a poner un restaurante italiano?", suponiendo que tu pasión esté por ahí. "¿O ponerme a componer música, o pasar a trabajar como independiente en el campo de la consultoría, si nunca hice nada de todo esto? Es una locura". Te creés un impostor, un vendehumo. Pensás que estás vendiendo algo que en realidad no tenés para dar. Y esto es simplemente un mecanismo de resistencia.
Los mecanismos de resistencia no son el problema. Fueron programados para protegerte, y seguramente, si se instalaron en vos, es porque en algún momento de la vida te fueron útiles. Te ayudaron a atravesar alguna situación difícil que te tocó vivir. El tema ahora es simplemente mirarlos de frente, agradecerles los servicios prestados y despedirte, porque ya no los necesitás.
Veamos ahora cómo se supera este umbral, cómo se sale de la parálisis y de esta eterna procrastinación. En este punto, como buen ingeniero, debo decirte que esto se suele resolver de manera matemática, o física, mejor dicho.
Si estás parado en el umbral del cambio sin poder avanzar de manera consciente, es porque hay dentro tuyo una puja entre dos fuerzas opuestas en dirección pero de igual magnitud, y esas fuerzas se anulan entre sí. Una fuerza es la fuerza del cambio, y la otra es la de la resistencia al cambio, de la cual ya te hablé bastante hace unos minutos.
Si la primera, la fuerza del cambio, es mayor que la fuerza de la resistencia, entonces estás en el camino de conseguir tu sueño. Esto sería lo ideal, lo esperable, y ahora en unos minutos te voy a decir cómo podrías generar este efecto.
Si la segunda es mayor que la primera, vas a estar cada día más atrás o más lejos de conseguir tus sueños. Esto puede suceder fácilmente por el simple paso del tiempo, porque no es lo mismo lanzarte a un proyecto de cambio importante, significativo, a los 40 que a los 60 o a los 80. Puede suceder también cuando dejás pasar oportunidades que no se van a repetir y que podrían impulsarte varios casilleros para adelante. Por ejemplo, recibiste una suma inesperada de dinero, pero te fuiste de vacaciones o cambiaste el auto en lugar de guardarla para tu proyecto. En este caso la fuerza de la resistencia al cambio termina siendo mayor a la fuerza del cambio, y eso te lleva más para atrás. Imaginate si termina en deudas.
Y finalmente, si las fuerzas opuestas tienen igual magnitud, no te vas a mover de donde estás.
Otra forma interesante de pensar esta puja de fuerzas es pensarla como las fuerzas del miedo versus las fuerzas del amor. Las fuerzas del miedo son las que activan precisamente los mecanismos de defensa de los que hablamos anteriormente.
Existen dos miedos básicos ante el umbral de un cambio: el miedo a la pérdida y el miedo al ataque.
El miedo a la pérdida se relaciona con esta idea de que podés perder todo aquello que te aportaba seguridad y un sentido de identidad. Voy a mencionar acá que la realidad en la que vivís hoy tiene una vinculación directa con tu identidad actual. Lo que digo implícitamente es que hasta que no cambia tu identidad no vas a poder cambiar tu realidad. Suena fuerte, pero la verdad, yo creo que es así. No tenés una vida diferente en los términos que te gustaría tenerla porque aún no te has convertido en la persona que esté alineada con esa realidad. De este punto particularmente voy a hablar en un episodio más adelante, porque es un tema en sí mismo.
El miedo al ataque se vive como ese miedo relacionado con todo lo nuevo, que se presenta como amenazante porque pone en cuestión lo que sos, lo que hacés y lo que tenés en este momento. Si vivieras en otra ciudad, suponete, o tuvieras otro trabajo, te vincularías con personas diferentes a las que te relacionás en la actualidad. Te verías en la necesidad de ser alguien diferente, y esto es lo que da miedo. Básicamente, todo lo que ponga en riesgo el mundo que conocés va a ser vivido como una amenaza y tiene enganchado un miedo visceral. Como dice la frase: es mejor malo conocido que bueno por conocer.
Vamos a hablar ahora de las fuerzas del amor, que son aquellas responsables de llevarte hacia adelante. Acá podemos encontrar el amor a tus sueños, a lo que te apasiona hacer, a tus convicciones y valores más auténticos y genuinos. Para muchos puede ser una fuerza motora para el cambio el amor a Dios desde la religión.
Por otra parte, en este conjunto de fuerzas también estaría el amor hacia vos mismo, que queda representado perfectamente a través de la definición de tu propósito de vida, si es que lo tenés. Es ese amor el que te lleva a superarte, a desear convertirte en tu mejor versión; es el que te da la fuerza para superar los obstáculos, y es el mismo amor que te permitirá sentir gratitud, no por lo que tenés, sino por cada avance que vas dando en dirección a ese nuevo ser, por cada logro conquistado, ya sea en tu carácter, en tus actitudes o en tus comportamientos. Los frutos del amor a uno mismo son la autoestima, la paz interior, la autorrealización, la felicidad.
Pero también puede impulsarte hacia el cambio el amor a los demás, desde una misión o una tarea trascendente. Acá hablamos de que te motiva la ayuda a otros, el generar influencias positivas y agregarle valor a la vida de esas personas desde los diferentes roles que podés desempeñar todos los días: como padre, madre, hermano, hermana, amigo, comerciante. Cuando el amor a uno mismo no llega a tener la fuerza suficiente para iniciar el cambio, ayuda, de manera transitoria, darle un motivo al cambio pensando en que lo hacés por tus hijos o por alguna persona significativa de tu vida.
Ahora bien, ¿querés que te revele la fórmula mágica para lograr cambios extraordinarios? ¡Wow! ¿Qué propuesta te estoy haciendo? Te la digo, es bien sencilla. Ahora, si Aristóteles o cualquiera de los grandes filósofos de la historia pudiera escuchar lo que te voy a decir, se retorcería de dolor en la tumba, eso es lo más seguro. Es que voy a hacer una flor de simplificación, pero bueno, vos decime después qué pensás.
Si decimos que la parálisis se genera porque la fuerza que tira para adelante es igual a la fuerza que tira para atrás, lo que tenemos que hacer es fortalecer la primera y debilitar la segunda. ¡Listo! Más fuerzas del cambio y del amor, menos fuerzas de la resistencia y del miedo. ¿Qué te parece? Bueno, tan mal no está la simplificación.
¿Cómo debilitar la resistencia y el miedo al cambio? Vamos por ahí. Lo primero es desenmascarar el mecanismo. Si le podés poner un nombre a esa resistencia, mejor.
Por ejemplo, la negación, que es cuando te escuchás decirle a los demás que estás bien cuando en el fondo sabés que no es así. Es cuando te conformás con lo que te toca, con una vida más o menos parecida a la de todo el mundo, mediocre, sin sobresalir. Es cuando te escuchás defender esa malversación de la idea de que todo tiene que fluir para que salga bien. Digo malversación de la idea porque tiene parte de verdad y parte de mentira. Para que las cosas salgan bien no tenés que simplemente esperar a que las cosas fluyan. A veces hay que iniciar; hay que encender la llama para que el fuego después empiece a calentar. No es una cuestión simplemente de esperar. Esto es lo que quiero decir con la malversación de la idea. Hay que tomar acción, y en esto que estamos hablando es fundamental.
También tu resistencia podría tener que ver con la justificación, que es cuando para todo le encontrás una excusa perfecta que defiende tus acciones o tu falta de acción.
Otro mecanismo podría ser el del perfeccionismo, que es cuando te enroscás en que todo tiene que ser perfecto: el momento justo, la circunstancia ideal, tiene que ser con la persona que vos querés. Y mientras buscás esa perfección, que es imposible de alcanzar, seguís donde estás.
También otro mecanismo podría ser el de la queja o el de la culpa, que es cuando te la pasás buscando culpables en tu pasado, en tu presente, en las personas que te rodean, en tu situación económica, en vos mismo o en vos misma. Quejarte o echar culpas es un ejercicio de distracción que en definitiva te impide avanzar.
Estos son solo algunos ejemplos, hay muchos más. Lo importante es que identifiques cuáles son tus mecanismos. Y una vez que lo hayas hecho, que los aceptes, como te dije antes, les agradezcas los servicios prestados hasta acá, porque si están es porque en un momento te sirvieron, y te despidas. Obviamente es una simplificación, ¿no? Pero esa sería como la hoja de ruta del proceso a seguir.
Otra forma muy poderosa de debilitar la resistencia es hacer bien esta cuenta. Sí, ya sé: otra vez el ingeniero, sus matemáticas. Pero te das cuenta que todo lo que uno vive a lo largo de su vida tiene una utilidad. Bueno, perdón, pero a mí me sale así.
¿Qué cuenta? Mirá, la cuenta del costo de no cambiar.
La cuenta del costo del cambio es fácil, y seguro que la tenés ahí clarísima. Precisamente esta cuenta es la que te impide avanzar, y tiene que ver con el esfuerzo que implica ir por tus sueños cuando no tenés todas las garantías de que te vaya a salir bien; con el compromiso de tomar acción y sostenerlo en el tiempo, eso tiene un costo; con el costo vinculado al impacto que va a generar en tu entorno este proyecto, este sueño que tenés, en tu pareja, en tus hijos, en tus padres, en tus amigos. Ahí aparece el costo de alejarte de ciertas personas, algunas podrían ser muy queridas para vos. También está el costo de dejar tu trabajo actual, con el impacto que podría tener en tu economía. En este costo del cambio también entra el costo de dejar rutinas que te son cómodas y automáticas, aunque al día de hoy te hagan mal. Por ejemplo, la del control remoto, la de un trabajo fijo que tiene un determinado horario, la de perder tiempo en las redes, la de comer lo que te gusta cuando no te hace bien. En fin, esta cuenta, como te decía, es fácil y la ves rápidamente: está el costo del cambio.
Si no contrarrestás este costo, jamás vas a cambiar, porque esta cuenta puede ser enorme. Y la forma de contrarrestarlo es calculando detalladamente el costo de no cambiar. Esta cuenta casi nadie la hace, y la razón es muy simple: es muy incómoda y es dolorosa, además. Por eso no te va a gustar mucho lo que te voy a decir. Espero que no me odies demasiado, pero creeme que si hacés esta cuenta vas a sentir un empuje importante hacia adelante.
¿Cuál es el costo de no cambiar? Cada día que pasa es un día que perdés, porque tu vida es limitada. Si fueras inmortal no habría problema, pero a menos que tengas algún superpoder de los Avengers que yo no conozco, tus días, como los míos, están contados. Y un día que no avanzaste en tu proyecto es un día que no vas a recuperar nunca más.
Cada día que pasa tu energía disminuye. Esta es otra variable que entra en ese costo de no cambiar. Es la ley de la vida: cuando tenés 20 sentís que te comés al mundo, pero cuando tenés 50 o 60 el cuerpo te empieza a poner algunos límites. Algunos se pueden doblegar con el trabajo en el gimnasio, la buena alimentación y los hábitos saludables, pero la tendencia es a la baja. Y sin el cuerpo no hay obra, porque todo tu hacer depende de tu cuerpo.
Otro costo importante es el emocional. Mantener una rutina emocional, con las mismas emociones, sentimientos y estados anímicos conectados con este presente que no querés, te hace mal. Para peor, las emociones son adictivas, y como pasa con cualquier adicción, cada vez necesitás más de esa droga. Más frustración, vas a necesitar sentirte más agobiado o más agobiada, más ansiedad, más angustia. Vos completá la lista, con los puntos suspensivos, con lo que te parezca que se ajuste mejor a tu situación. Ahora, ¿cómo creés que vas a incrementar la dosis? Haciendo todo lo que esté a tu alcance para que te vaya cada vez peor: en tu trabajo, en tus relaciones de pareja, familiares. Es como un círculo vicioso.
Otro costo importante es el de tu salud, que tenés que tener en cuenta. Si tu estado emocional se intensifica con esas emociones que enumeramos recién, ¿cuál creés que será el efecto en tu cuerpo? ¿Te va a hacer bien o te va a hacer mal? Hoy quizás gozás de buena salud, pero ¿quién puede asegurar que esa salud se va a mantener en el tiempo? Y más si estás con este cóctel emocional que hablábamos recién. ¿Qué pasaría si terminás enfermándote de algo que condicione, ahora sí, la concreción de tu proyecto? Esto es algo que tenés que pensar y que entra dentro de esta ecuación.
Otro costo importante de no cambiar es el costo familiar. Desde estos estados emocionales, ¿cómo creés que te vas a relacionar con las personas más importantes de tu vida? ¿Creés que van a recibir tu mejor o tu peor versión si todo sigue igual y además se intensifica? Este punto lo hablamos mucho con personas que acompaño. Hay personas que no quieren cambiar porque dicen que quieren proteger a sus familias, a sus hijos, que no les quieren generar problemas. Pero lo cierto es que terminan haciendo lo contrario.
¿Qué imagen o enseñanza querés transmitirle a tus hijos? ¿La de un luchador que está dispuesto a pelear por sus sueños, o la de un fracasado que se conforma con lo que le toca? ¿Qué es más importante? ¿Que aprendan que vale la pena pelear por los sueños, aunque haya que pagar un costo por eso, y probablemente ese costo implique que en algún momento transitorio no tengas, a lo mejor, todos los recursos económicos que te gustaría tener? ¿Qué es mejor, que aprendan esa lección, o que se vayan de vacaciones a Disney todos los veranos, o que se puedan comprar el último iPhone? Porque hay mucha gente que piensa que lo importante es tener recursos económicos y poder bancar los gastos de los hijos, y muchos de esos gastos tienen que ver con estas cosas. Y por eso no dejan su trabajo, porque si no, "yo no lo saco a mi hijo de vacaciones a tal lado, ¿qué pasa si no puede ir?".
Sí, puede ser que a lo mejor en algún momento de la transición inicial tengas que hacer algunos sacrificios, pero eso no implica que no puedas mantener tu estatus de vida, e incluso incrementarlo. De hecho, si tus emociones se modifican porque empezás a vivir la vida de tus sueños, tu salud obviamente va a ir de la mano, y vas a estar haciendo lo mejor que podés hacer, poniendo tu mejor talento al servicio de esa gente que lo necesita. Hablando de ecuaciones, la ecuación seguramente va a dar un saldo positivo, ¿no? Es muy probable que te vaya mejor económicamente de lo que estás ahora.
No es mi intención darte el bajón con esta ecuación del costo de no cambiar, tampoco estoy diciendo que todo esto te va a suceder, aunque probablemente mucho sí, en caso de que no actúes. Pero lo que busco es que sepas cómo programar tu mente para el cambio, y cargarla con esta información te va a ayudar a ir en esa dirección.
Con esto vas a poder debilitar la resistencia y el miedo al cambio. Para terminar, necesitás reforzar las fuerzas del amor. Para ello, una técnica muy poderosa es la visualización, pero de esta técnica te voy a hablar en un próximo episodio.
Hoy vamos hasta acá. Espero que te haya servido. Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas, y si querés escribirme con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en un próximo episodio, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.
Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.
A los treinta y pico tenía lo que había soñado: mi propia empresa, un departamento con vista al río, el barco, los viajes. Y había mañanas en las que no me quería levantar. Cuando se lo contaba a mis amigos no lo podían entender, porque yo tenía exactamente lo que ellos querían. En ese momento yo pensaba que algo andaba mal en mí.
¿Te pasa de sentir, por momentos, que lo que hacés todos los días no tiene sentido? ¿Que levantarte cada mañana e ir a trabajar por el dinero que te permite pagar tus gastos y darte tus gustos no alcanza para que seas feliz?
Y sin embargo es probable que hayas logrado cosas importantes hasta acá. Cierto nivel de bienestar material, y tal vez de reconocimiento social o profesional. Pero te das cuenta de que nada de esto te completa.
Quizás tengas la sensación de estar viviendo la vida de alguien más. De un personaje que se parece bastante a vos, pero que en realidad es una versión pobre de lo que sos, o de lo que podrías ser.
Vivir así angustia, y quizás desconcierta. Porque se supone que hiciste todo lo que tenías que hacer, todo lo que los otros esperaban. Pero el resultado final está lejos del que buscabas.
Y acá lo que quiero decirte es que, si te pasa algo de esto, es una buena señal. Porque significa que algo importante en tu vida está por suceder. Creo que te encontrás ante un umbral como el que yo tuve hace tiempo atrás. Un umbral hacia un cambio que podría ser trascendente y llevarte a una vida extraordinaria.
De esto quisiera que conversemos en el día de hoy. ¿Qué te parece? ¿Me acompañás a recorrer la senda?
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo a un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te voy a compartir registros de mi propia travesía, para ayudarte a avanzar en tu camino de reinvención hacia la vida que soñás.
Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy. Te doy la bienvenida a este capítulo de presentación de mi canal de podcast.
Hacía mucho tiempo que pensaba en la posibilidad de estar más cerca tuyo. Los contenidos en las redes, o los que te envío por email, difícilmente puedan recrear una experiencia cercana como tal vez lo pueda hacer este medio. Y sí, al fin me animé.
El podcast es una nueva aventura para mí. Me pone muy feliz y me genera también cierta ansiedad. Y lo más importante, que es donde pongo mi expectativa, es que a vos te resulte de valor. Ojalá así sea.
Bien, entonces: ¿por qué reinventar tu vida? Así voy a llamar a este primer capítulo.
Hay personas que, al escuchar la pregunta, me podrían decir con toda razón: yo no quiero ni necesito reinventarme. Y está bien. La reinvención personal o profesional no es para todo el mundo.
Si no aspirás a nada diferente de lo que ya tenés, o de lo que ya sos; si ves que tus mayores talentos ya se están expresando en plenitud, en tu trabajo y en tu vida personal y familiar; o si lo que hacés es lo que más te apasiona hacer, y es lo que te inspira y te motiva a darlo todo cada día que te levantás, y por lo cual la gente a la que ayudás te reconoce y te valora, quizás no haya necesidad de iniciar ninguna reinvención.
Sin embargo, si decidiste dedicarme estos minutos, es muy probable que este no sea tu caso.
Quizás tenés aspiraciones y sueños que aún no concretaste. Quizás percibís que hay una versión tuya, con talentos y capacidades, que todavía no se manifestó. O tal vez sentís que aún no conectaste profundamente con un propósito de vida que te sacuda tan fuerte como para ser capaz de tu máximo esfuerzo con tal de responderle.
Así que voy a ir directamente al grano.
Para ciertas personas, la reinvención personal no es algo lindo que podría suceder, algo que se piensa para el final de la vida, entrando en el retiro. Es una necesidad, casi te diría de supervivencia, en el puro presente.
Cuando se despejan las distracciones -la rutina, el consumo de cosas, los viajes, las vacaciones- y aparece con total honestidad esa sensación de vacío que, según lo que hagas, se vuelve más intolerable desde la profundidad del alma, nos damos cuenta de que cambiar no es una opción más de una lista: es la única opción.
Así me sentía yo antes de reinventarme 180 grados.
Vivía en Buenos Aires, mi ciudad natal. Promediando los treinta años, más o menos, había conseguido prácticamente mis máximas aspiraciones, siguiendo esa receta universal que me inculcaron desde que tengo memoria: primero el estudio, la carrera universitaria; después el esfuerzo y la responsabilidad en el trabajo; y todo lo demás vendría por añadidura.
Me había recibido de ingeniero. En una meteórica carrera profesional llegué a tener mi propia empresa a temprana edad, apoyándome en una licencia que tenía de General Motors de Estados Unidos. De repente me encontraba fabricando, reparando y dando servicio a locomotoras que valían millones de dólares, en talleres propios, con cientos de personas trabajando en mi empresa.
El éxito profesional venía acompañado de ciertos amenities: un departamento con vista al río en uno de los mejores barrios de Buenos Aires, mi camioneta 4x4, un crucero de cuarenta pies que usaba para pasear los fines de semana, viajes por el mundo. Etcétera, etcétera, etcétera.
Y sin embargo, a pesar de tener ese presente pujante profesionalmente y todo ese bienestar material, la sensación de vacío interior y sinsentido se volvía por momentos absolutamente intolerable.
La verdad es que estaba muy confundido en ese tiempo. No podía comprender qué me estaba pasando, porque tenía lo que había soñado y me sentía como te acabo de describir. Había días en que no tenía ganas de levantarme. Días en que me acostaba a cualquier hora de la noche porque quería prolongar la noche para no enfrentar el día, y me quedaba viendo televisión o perdiendo el tiempo, básicamente.
En esa época yo pensaba que algo no estaba bien en mí. De hecho, en conversaciones íntimas con amigos, donde les contaba lo que me pasaba, no lo podían entender: porque todo lo que yo tenía en ese momento era la envidia de muchos de mis amigos y de mi entorno.
Fue un tiempo en el cual, después de mucha resistencia, empecé a dedicarle horas y horas a la terapia. Fueron tiempos de crisis, no solamente personales sino familiares, de pareja.
Después de todo ese trabajo -o quizás no después, sino mientras ya estaba metido en mi trabajo terapéutico- apareció una certeza. Quizás la única certeza que tenía hasta ese entonces: la certeza de que mi vida estaba en las montañas.
Había conocido la Patagonia en unas vacaciones y desde ese momento me enamoré del lugar. Las montañas me llamaban constantemente, pero no como una invitación a repetir esas vacaciones. El llamado tenía que ver con algo más, con algo diferente, algo más interno.
Recuerdo una de esas vacaciones en la cual me tocó vivir una experiencia especial, mística te diría, de la cual surgió precisamente esa certeza: la de que esas montañas y mi futuro estaban profundamente entrelazados, como si yo perteneciera a ese lugar. Algún día te voy a contar los detalles de esa experiencia. La verdad es que todavía la sigo procesando; fue un momento totalmente disruptivo, porque nunca me había pasado nada igual.
Entonces imaginate: una empresa que facturaba millones -una locomotora valía tres millones y medio de dólares, para que te des una idea, y teníamos contratos importantes con ferrocarriles en Argentina; en el primer contrato vendimos veinte locomotoras-. Toda una vida en la gran ciudad, en el mundo de los negocios. Ahí estaban mis amigos, mi familia y lo que parecía mi futuro. Ese futuro asegurado estaba ahí, en el lugar en el que estaba viviendo.
Y por el otro lado, crisis total, existencial, y la sensación de que si no hacía un cambio me moría, literal.
El mensaje de mi voz interior era cada vez más claro: tenía que dejar todo e irme a vivir a las montañas. La idea me encendía de una manera indescriptible. El entusiasmo era abrumador al imaginarme viviendo en las montañas, viviendo la vida de mis sueños. Pero también estaba el miedo por el riesgo que implicaba tomar semejante decisión.
Gran parte de mi entorno no comprendía, ni siquiera aceptaba, lo que yo iba a hacer. Visto desde afuera parecía una locura total. Pero para mí la locura era seguir como estaba.
Recuerdo que en una de las sesiones con mi terapeuta, Claudio, me pregunta: «¿Pero vos qué te imaginás haciendo allá en el sur? Guía de montaña, por ejemplo, ¿es lo que te gusta?».
Mi respuesta espontánea fue: «Guía sí, pero no sé si de montaña. Me gustaría ser guía en la montaña».
Algo raro. En ese momento no lo terminaba de comprender. Años después quedó clarísima esa imagen. En ese instante fue simplemente un emergente, algo que salió de adentro mío, no sé muy bien desde qué lugar. Me quedó esa idea ahí y después la perdí en el camino.
Me parece mágico esto que a veces nos surge desde el alma y que se expresa en una palabra o un pensamiento fresco, disruptivo, casi revolucionario, y que tiene la fuerza de una premonición de lo que podría suceder. En mi caso, de lo que sucedió realmente.
En general, cuando aparecen estos pensamientos, estas ideas, estas visiones, los tapamos rápido. Porque si les damos lugar nos ponen en una situación incómoda.
No sé si te pasó alguna vez. Estás en una charla íntima con un amigo, con una amiga, con tu pareja, y compartís un deseo, una ilusión, un sueño que parece una locura. ¿Te pasó? De ser así, quizás lo pensaste: «Qué lindo. Pero para mí no. No es el momento. ¿Cómo voy a hacer esto? No puedo dejar todo lo que tengo. ¿Qué van a pensar de mí? ¿Que estoy re loco?».
Bien: como llegaste hasta acá, hasta la escucha de este podcast, te lo voy a decir con todas las letras. Si realmente querés ser feliz, vas a necesitar volverte un poco loco, o un poco loca.
En mi experiencia, la felicidad no es para cobardes. Rara vez una persona que sigue la línea marcada por la sociedad, por la familia, por los mandatos y por lo que se supone que debería ser, puede alcanzar ese estado.
Creo que la locura es seguir viviendo como ahora y esperar un resultado diferente. Es una frase que anda por ahí dando vueltas, pero que tiene una gran verdad detrás. Nada distinto va a pasar si no hacés algo diferente, o si no te convertís fundamentalmente en una persona diferente.
El proceso de reinvención comienza el día que adoptás la supuesta locura como plataforma de despegue. Tené en cuenta que quien le da ese significado sos vos, y probablemente parte de tu entorno. Pero para muchos, entre los que yo me encuentro, que vayas por tus sueños es la muestra más contundente y categórica de salud mental que podrías manifestar.
Realmente creo que no hay otro camino que ir por tus sueños.
Uno de los estudios más difundidos en relación a los arrepentimientos de las personas en el último momento de su vida, en situaciones a veces terminales, muestra algo llamativo. Cuando se les preguntó cuáles son las cosas de las que más se arrepienten en el ocaso de sus vidas, los mayores arrepentimientos no están en las cosas que hicieron. Los mayores arrepentimientos están precisamente en todas esas cosas que querían hacer y no hicieron.
La lista podría incluir un montón de ejemplos: estar más tiempo con mi familia, llevar una vida más equilibrada, cuidar más mi salud, quererme más, animarme a hacer de mi pasión una profesión, dejar de trabajar para otros y lanzar mi propio emprendimiento basado en esa pasión. Hay muchas cosas en esa lista que la gente normalmente no se anima a hacer, y que forman parte precisamente de los arrepentimientos al final de la vida.
Por eso quisiera que pienses realmente qué pasaría si no vas por tus sueños, si seguís con este modelo de vida presente.
Quizás me puedas decir que esperás que con el tiempo la situación mejore. Que más adelante vas a hacer el cambio, porque ahora la verdad es que no es el momento. Que ahora es lo que te toca, y bueno, el futuro veremos. Que tenés muchas obligaciones, muchas responsabilidades. Que hay gente que depende de vos. La crisis económica. Que están tus hijos, tus padres, tus amigos. Que trabajaste duro para llegar donde estás y no lo podés dejar así porque sí. Que empezar de nuevo a esta altura es imposible, que ya estás grande. Que mejor seguir así para el día de mañana juntar lo necesario para poder jubilarte o retirarte y hacer lo que realmente te gusta hacer.
¿Te suena algo de todo esto?
Mirá: la lista de justificaciones que aplican para fundamentar la decisión de no ir por tus sueños es tan larga como tu capacidad de imaginación. Pero en general las conversaciones típicas del autoboicot van por ese lado.
Ahora, supongamos que al escucharte yo te diga: «Bueno, ¿sabés qué? Tenés razón. No vas a cambiar ahora, con todo esto que me contás».
¿Y entonces qué? ¿Vas a seguir haciendo lo que no te gusta, o viviendo donde no querés, o rodeado o rodeada de gente que no te entiende, con quienes no podés ser vos mismo? ¿Es esa tu decisión?
Vivir una vida desconectada de lo que te apasiona. En una rutina que te agobia cada día más. Sin poder mostrarte al mundo de manera auténtica. En contradicción con valores que para vos son muy importantes. Siguiendo la corriente para sentirte parte de algo. Compartiendo tiempo con gente que habla de cosas que ya no te interesan. Esperando que algo milagroso pase afuera para sentirte mejor. Levantándote cada mañana sin ganas, sin motivación, sin entusiasmo, solo esperando que pase el tiempo para tener unos días de vacaciones.
Es una buena definición de una vida miserable. Es duro, pero es así, y alguien tiene que decírtelo.
Tenemos la vida que somos capaces de tolerar. Esa es la gran verdad. El problema es que la capacidad de tolerancia del ser humano es realmente sorprendente.
Cuando estamos al límite de la tolerancia, bueno, podemos tomar alguna pastilla, nos vamos al gimnasio, vamos a tomar clases de yoga para apaciguar el estrés. O si no, cambiamos de auto, cambiamos el celular, para sentir que algo cambia sin que en realidad cambie nada.
¿O no te pasa esto? Cambiaste el auto, cambiaste tu casa, cambiaste el celular, te fuiste de viaje a algún lugar que siempre quisiste conocer, y al poco tiempo todo vuelve otra vez: la misma sensación, la misma insatisfacción.
Entonces, ¿por qué va a estar tu vida definida por tu capacidad para tolerar, cuando podrías definirla desde tu capacidad para soñar, para imaginar, para crear, para amar?
Existe un mundo de oportunidades del otro lado de decisiones importantes que podrías tomar hoy mismo. Ese mundo se va a abrir ante vos cuando te conviertas en tu versión más auténtica: esa que sigue sus pasiones, que expresa sus mejores talentos, y en la cual los actos cotidianos reflejan claramente los propios valores y el propósito de vida.
Sé que es fácil decirlo y que suena lindo escucharlo, pero llevarlo a la práctica es otro tema. No te voy a mentir: el proceso de reinvención personal o profesional es complejo.
Pero quiero que sepas que si estás dispuesto o dispuesta a decir «basta, hasta acá; a partir de ahora voy por la vida que merezco, por la vida que valga la pena, por la vida que estoy destinado a vivir», y necesitás ayuda, acá vas a encontrar a alguien que te entiende y que está dispuesto a acompañarte en cada paso del camino. Para eso creé este canal y publico contenido en mis redes, que de paso te invito a que conozcas. Te dejo los enlaces en la descripción de este podcast.
Yo estuve en tu lugar. Creeme que sé lo que se siente. Y también sé, desde mi propia experiencia y desde lo que veo en la gente que vengo acompañando hace muchos años en sus procesos de reinvención, que sos capaz de muchísimo más de lo que te imaginás. Yo logré transformar mi vida de una manera que jamás me hubiera imaginado.
Es como cuando subís una montaña y te fijás una meta, que es la que tenés a la vista: por lo general una cumbre a la cual querés llegar. Bueno, fijás esa meta, trazás un plan para llegar hasta ahí, y después avanzás. Y el secreto es mantener el paso a paso. Pasos cortos: así se camina la montaña. Pasos cortos pero constantes. Cada tanto un descanso. Y cada tanto mirar hacia atrás y ver el progreso, porque si siempre estás mirando hacia adelante, mirando la cumbre, eso te desgasta y te liquida emocionalmente.
Es muy importante mirar hacia atrás y disfrutar la vista que tenés por lo que lograste. Llegar a un nuevo nivel, a una cota de altura o a una cota en la vida, te permite tener una nueva perspectiva de la vida y de un montón de cosas que son importantes para vos. Y está bueno disfrutar esos momentos, y después seguir la marcha.
Y cuando llegues a esa cumbre que te habías fijado, del otro lado va a aparecer un nuevo paisaje. Te vas a sorprender con nuevas cumbres, con nuevas metas. Y lo interesante de todo esto, más allá de las cumbres, es el camino. Porque es el camino que vos estás eligiendo.
A lo que voy con todo esto es que no es necesario -ni tampoco es posible- que hoy puedas ver todo lo que te espera por delante en tu camino de reinvención.
Hoy solamente podés ver hasta dónde llega tu decisión. Cuando seas capaz de tomar nuevas u otras decisiones, vas a poder ver más allá. Y son las decisiones, y las acciones detrás de las decisiones, lo que va a ir ampliando el horizonte y te va a ir aportando claridad en relación a cómo llevar a cabo tu proceso de reinvención y cómo ir construyendo la vida de tus sueños.
Mi misión es ayudar a gente como vos a concretar esa vida. Así que te propongo que sigamos caminando juntos la senda. ¿Qué te parece? ¿Te animás?
Bueno, acá voy a estar. Cada capítulo con recursos, ideas e inspiración, para ayudarte a conseguir la vida de tus sueños.
Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Y si querés escribirme, con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en los próximos podcasts, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.
Nos encontramos en la próxima senda.