¿Sentís que no encajás? No sos el problema
Estás en una reunión, con la copa en la mano, diciendo las cosas correctas en el momento correcto. Y por dentro tenés la sensación rarísima de estar haciendo de vos mismo. Cuando eso se te repite en todos lados, terminás sacando la única conclusión que parece razonable, y que es también la más injusta: que el defectuoso sos vos. Quiero mostrarte por qué casi nunca es así.
La sensación de no lugar
Estás en una reunión. Puede ser un asado, una cena de trabajo, una juntada de padres del colegio, no importa. Alrededor tuyo la gente conversa, se ríe, la pasa bien, todo el mundo parece cómodo, como si estuviera exactamente donde tiene que estar.
Y vos estás ahí, con la copa en la mano, participando de la conversación, diciendo las cosas correctas en el momento correcto. Pero por dentro tenés la sensación rarísima de estar actuando un papel, de estar haciendo de vos mismo o de vos misma. Y una parte tuya se pregunta, en voz muy baja: ¿qué es lo que estoy haciendo acá?
No es que la gente sea mala, no es que el lugar esté mal. Es algo más difícil de nombrar. Es la sensación de estar en un no lugar. Y como no lo podés explicar, terminás sacando la única conclusión que parece razonable, que es también la más injusta. Esa que dice que el problema sos vos. Que hay algo defectuoso en vos, que no te deja encajar donde todos los demás encajan. Que sos raro, o difícil, desagradecido, insociable, demasiado exigente.
Yo viví con esas sospechas durante décadas. Y quiero decirte lo que me hubiera gustado que alguien me dijera hace 30 años atrás: no hay nada mal en vos. El problema está en otra parte. En un lugar en el que casi nadie mira. Y te lo quiero contar precisamente en este episodio.
El bosque que crece donde no debería
Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura. Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.
Hoy, en este nuevo episodio de Reinvención Personal, quiero contarte lo que aprendí de un bosque que crece donde no debería crecer. En los próximos minutos vas a entender por qué hay personas que se pasan la vida entera sin desplegar ni la mitad de sus capacidades, aunque se esfuercen, aunque le metan garra, aunque hagan todo bien. Y vas a entender también por qué el problema casi nunca está donde lo buscamos.
Pero primero, como te decía antes, te voy a llevar a un lugar de la Patagonia que es para mí el mejor maestro que conozco sobre este tema puntual. Después vamos a ver qué tiene que ver ese lugar con tu vida. Y al final te voy a contar el error que cometí yo cuando creí que ya lo había resuelto, que es el error que comete casi todo el mundo y del que nadie habla.
Iniciamos juntos la marcha. Buenísimo, dale, vamos.
El escorial
Te cuento. Hay un lugar acá cerca, dentro del Parque Nacional Lanín, al que llevo gente desde hace un montón de años y que nunca ha dejado de impresionarme.
Hace unos 400 años entró en erupción un volcán que se llama Achén Nigeu, que en mapuche quiere decir "el que estuvo caliente". Y ese volcán bajó un río de lava de siete kilómetros. Era un río de fuego que avanzó ladera abajo hasta meterse en el agua del lago Epulafquen, donde por fin terminó su recorrido y se enfrió.
Lo que quedó, cuatro siglos después, es lo que se llama un escorial. Imaginate un río, pero de piedra negra, porosa, filosa, retorcida, con las formas en las que la lava se fue endureciendo mientras iba avanzando. Siete kilómetros de roca volcánica en medio del bosque andino patagónico, como una cicatriz enorme que la montaña todavía no terminó de sangrar.
Y ahí pasó algo notable. Con el correr de los siglos, el bosque de alrededor empezó a hacer lo que siempre hace: soltar semillas. El viento las llevó, los pájaros las llevaron también, y muchas de esas semillas cayeron sobre la lava. Primero se instalaron los musgos y los líquenes, que son los pioneros, los que aguantan cualquier cosa. Cuando vino algo de humedad del Pacífico se formó una capa finita de suelo entre las piedras, y ahí germinaron las semillas de coihue, de roble y de otras especies de la zona.
El bosque bonsái
O sea que hoy, sobre esa lava, hay un bosque. Pero este bosque tiene una particularidad: es un bosque enano. Acá lo llaman el bosque bonsái, y cuando lo ves entendés por qué.
Hay coihues de verdad, con su forma, con sus hojas, con su corteza, con todo, menos el porte de un coihue adulto, que son los que llamamos los gigantes de la Patagonia porque son los árboles más altos. El tema es que en este bosque bonsái solo miden un metro, un metro y medio.
Ahora viene la parte que a mí me sacude cada vez que la pienso, la que quiero que veas con claridad. Vos caminás por ese bosque enano, salís del escorial, o sea, cruzás el límite donde termina la lava y empieza la tierra, y ahí, a unos pocos metros de distancia, están los otros coihues. Los mismos, la misma especie, la misma semilla, el mismo clima, la misma lluvia. Pero estos miden, no sé, 35 metros, algunos pueden llegar a 40, y hasta quizás te cruzás con alguno de 50 metros de altura.
Un metro y medio de un lado del límite, y 40, 50 metros del otro lado. Y en el medio, una sola diferencia: el sustrato.
Entonces, cuando llevo un grupo hasta ahí, siempre hay alguien que pregunta qué les pasó a estos arbolitos. Y la respuesta es que no les pasó nada. No están enfermos, no son una especie inferior y, desde luego, no les faltan ganas de crecer. Estos coihues hicieron todo lo que pudieron con lo que tenían a disposición. Crecieron exactamente lo que la lava les permitió crecer, ni un centímetro menos, ni un centímetro más. Traían adentro un árbol de 50 metros y terminaron midiendo un metro.
Lo que traemos de fábrica
Dejame que te diga en un minuto algo que a mí me llevó años entender y que la mayoría de la gente ni se imagina cuando anda por ahí. Ni se imagina, o ni se pone a pensar.
Cada uno de nosotros trae adentro algo que pide manifestarse. Aristóteles lo dijo hace más de 2.000 años y hasta le puso un nombre. Decía que la buena vida no consiste en pasarla bien, sino en desplegar hasta el final eso que uno trae, eso que viene de fábrica.
No hace falta que te lo explique un griego, igual entiendo que lo sabés, porque todos en algún momento tuvimos la intuición clarísima de que hay una versión nuestra que todavía está ahí, que no termina de salir.
Y lo que el escorial enseña es que esa versión no se despliega, no se desarrolla en cualquier lado. Necesita un suelo que la sostenga, que la alimente con determinados nutrientes. Si eso no está, el árbol crece igual, pero crece enano. Y lo cruel del asunto es que desde afuera parecería que ese es su tamaño natural, mientras que desde adentro se siente como un fracaso personal.
Un dato del sustrato
Y acá hay que hablar de lo personal, traducirlo a tu vida, porque acá está el punto.
Cuando el contexto en el que vivís no tiene que ver con vos; cuando el trabajo que hacés todos los días no te deja poner en juego tus mayores talentos; cuando la gente con la que te relacionás no te alimenta, sino que te desgasta; cuando tenés que mostrarte de una manera distinta a la que sos para que te acepten... nada de todo eso es un defecto tuyo. Es un dato del sustrato, un dato de la tierra en la que estás plantado.
Y sin embargo, ¿qué hacemos casi todos? Nos acomodamos, nos esforzamos por encajar, nos convencemos de que con un poco más de voluntad, un poco más de ganas, un poco más de terapia, un poco más de actitud, vamos a lograr sentirnos bien ahí donde estamos.
Y cuando no lo logramos, tenemos la conversación más triste de todas.
La conversación de la noche
Esa que tenemos con nosotros mismos a la noche, cuando termina el día, cuando revisamos ese día en el espejo retrovisor y concluimos que, bueno, lo que pasa es que el que está defectuoso soy yo, el que está mal, el que está roto, el que tiene problemas, soy yo.
Estuve en esa conversación durante años. En Buenos Aires tenía una empresa que facturaba millones de dólares, un departamento con vista al río, una vida que cualquiera hubiera firmado. Y en las reuniones sociales yo era el tipo que se sentía en un no lugar, me forzaba por integrarme y no podía. Con muy pocas personas sentía una conexión verdadera, y como todos los demás parecían estar bien, la conclusión era obvia: el problema soy yo. Así que iba a terapia a preguntarme por qué nunca encajaba.
Y nunca, ni una sola vez, en todos esos años, se me ocurrió preguntarme si estaba en el lugar correcto.
La ventaja sobre el coihue
Y acá aparece la única ventaja que tenemos sobre un coihue. El árbol del escorial no puede hacer nada: le tocó vivir en esa lava y ahí se va a quedar. Puede pujar las raíces entre las piedras, puede aguantar, puede sobrevivir siglos, pero va a medir siempre un metro y medio. No puede caminar hasta el otro lado del límite, del otro lado del umbral, donde está el otro bosque. Está condenado a vivir en ese sustrato.
Pero vos no estás condenado. Vos te podés mover. Podés cambiar de trabajo, de ciudad, de círculo social, de vínculos. Podés cambiar las conversaciones que tenés con la gente con la que te relacionás. Podés elegir de qué te alimentás, qué cosas escuchás, a quiénes y qué cosas decidís no escuchar. Y esa posibilidad, que es extraordinaria y que tenemos todos, es justamente la que casi nadie utiliza.
Ahora, tené cuidado con algo, porque acá es donde muchos se equivocan. Ese movimiento de trasplante no lo va a provocar nada de afuera. O sea, nadie te va a trasplantar. No va a venir un jefe a decirte que tu talento está desperdiciado. Ni un amigo a explicarte que el entorno en el que estás te está apagando. Ni la vida a acomodarte las condiciones para que te resulte cómodo irte de donde estás.
Por lo general, la decisión de sacar las raíces de una tierra que no te sirve tiene que nacer de adentro. Por eso, el primer movimiento, aunque parezca puramente externo -como puede ser una mudanza, una renuncia, un cambio de rumbo en tu vida profesional-, en realidad es el movimiento más personal y más interior de todos.
El pan de tierra
Yo lo hice a los 30 y pico. Dejé mi empresa, dejé mi profesión y me vine a la Patagonia sin trabajo, sin casa, sin conocer a nadie. Y durante un tiempo pensé que con eso ya estaba, que había cambiado la tierra y que ahora sí las raíces se iban a agarrar y que por fin iba a crecer.
Y me faltaba la mitad del trabajo. Y esa mitad no muchos la tienen en consideración, no muchos se dan cuenta.
Fijate qué pasa cuando trasplantás una planta. No la sacás con las raíces desnudas y la enterrás en un hoyo. La sacás con un pan de tierra pegado a las raíces, con la tierra vieja, esa tierra de la maceta. Y esa tierra vieja va con la planta y se queda alrededor de sus raíces en el nuevo lugar. Va a tardar un tiempo largo en integrarse a la nueva tierra, y hasta que eso pase la planta se sigue alimentando en gran medida de lo que trajo.
Y con nosotros, los seres humanos, pasa algo muy parecido. Y me llevó mucho tiempo darme cuenta. Llegué a San Martín de los Andes convencido de que había cambiado de vida. Y sí, había cambiado el paisaje, el clima, la economía, la cultura, o sea, un montón. Pero, sin darme cuenta, seguí repitiendo hábitos, costumbres, círculos sociales como los que tenía en Buenos Aires. Seguí siendo, en muchos aspectos, esa misma versión. Traje el pan de tierra completo y lo planté acá. Y al poco tiempo volvió la sensación, ese no lugar. Lo que pasa es que esta vez me sentía diferente, porque estaba en el lugar en el que había soñado estar.
Y ese es el momento más riesgoso, más delicado de cualquier proceso de reinvención, porque es cuando la mayoría de la gente tira la toalla. Lo veo muchas veces con gente que llega dejando todo, que puso sus ahorros, su ilusión y sus sueños en venirse a este lugar, y a los dos años la escuchás decir que esta es una ciudad cerrada, que la gente de acá no quiere a los que vienen de afuera, que acá no te dan lugar. Están profundamente convencidos de todo eso. Y del otro lado están los que se llevan la culpa para adentro y piensan: si acá tampoco me puedo integrar, entonces está confirmado, el problema soy yo.
Y las dos conclusiones son falsas, y son falsas por la misma razón: las dos están buscando un culpable.
Los dos movimientos
Lo que hay que entender es que es un proceso. Porque el trasplante tiene integrados dos movimientos. Y no solamente dos movimientos, sino dos movimientos y una secuencia; es decir, el orden no se puede invertir.
El primer movimiento es salir, es cambiar la tierra. Y es inevitable que en ese movimiento te lleves cosas viejas pegadas a tus raíces. No hay manera de irse totalmente limpio. El segundo movimiento es la integración, el ajuste. Y este solo es posible si pasaste por el anterior.
Fijate una cosa: no podés ver la tierra en la que estabas originalmente hasta que salís de esa tierra. Mientras estás adentro, esa tierra es tu mundo, es lo normal, es lo único que existe. Recién cuando te movés y aparece el contraste podés mirar para atrás y entender de qué te venías alimentando, qué relaciones te vaciaban, qué conversaciones te disminuían y qué versión tuya estabas poniendo en escena permanentemente, actuando para pertenecer. El contraste es lo que revela.
Por eso hay que moverse primero, aunque no tengas todo claro. La claridad no viene antes del movimiento, viene del movimiento.
Y recién ahí empieza lo más difícil, la verdad. Porque cambiar de ciudad, cambiar de trabajo, de pareja, solo requiere tomar una decisión y un poco de coraje. Lo difícil es cambiar desde adentro, sacudirte el pan de tierra que te trajiste, soltar la manera vieja de vincularte, la identidad que te dio de comer durante años, el personaje que aprendiste a actuar también, que ya no sabés dónde termina y dónde empezás vos. Eso no se resuelve con una decisión o con coraje. Eso pide conciencia y tiempo, y casi siempre alguien al lado tuyo que te ayude a tomar distancia para poder ver lo que solo no podés ver.
Porque si cambiás la tierra pero seguís siendo el mismo, vas a reproducir el mismo resultado, solo que en un paisaje diferente.
Tres cosas para esta semana
Te dejo tres cosas para esta semana. Elegí una y te invito a que lo intentes.
La primera: leé la incomodidad como un dato, no como un defecto. Es información. La próxima vez que estés en un lugar y sientas esa sensación de no lugar, no la tapes ni te reproches nada. Preguntate una sola cosa: ¿siento que necesito actuar un personaje para poder estar acá? Si la respuesta es sí, anotalo: dónde fue, con quién y qué versión tuya tuviste que poner en escena. Al cabo de unas semanas vas a tener un mapa bastante preciso de cómo es tu escorial.
La segunda: auditá tus nutrientes. Hacé una lista de las cinco personas con las que más tiempo pasás y de las conversaciones que tenés con ellas. Y preguntate si esas conversaciones te hacen crecer o te mantienen chiquito, como un bonsái. No se trata de rotular a estas personas como buena o mala gente. Lo importante es que simplemente puedas entender qué es lo que estás tomando de tu suelo, cuáles son tus nutrientes.
Y la tercera: si ya te moviste, si ya te trasplantaste, revisá qué tierra te trajiste. Si hace tiempo cambiaste de trabajo, de ciudad o de estilo de vida y la sensación de no pertenecer volvió, no concluyas que te equivocaste de trabajo, de ciudad o de estilo de vida. Preguntate qué te trajiste puesto del lugar original. Qué manera de vincularte, qué miedo, qué versión tuya seguís sosteniendo ahora en este nuevo escenario.
Elegir dónde plantarte
Y te quiero dejar con una última cosa, porque es una de las que más me costaron y de las que más paz me han dado también.
Te digo algo con total sinceridad: todavía al día de hoy siento, por momentos, que no encajo. Que no encajo a lo mejor en un determinado grupo, en una determinada situación. En aspectos de mi trabajo me sigue pasando. Estoy en una conversación que va para otro lado, que no tiene nada que ver conmigo, y ahí está otra vez.
La diferencia es que ahora lo reconozco, sé lo que es y sé lo que significa, y entonces ya no me arrastra como me arrastraba antes. Puedo quedarme en esa mesa, pasarla bien, disfrutar el momento y volver a mi casa entero, sin las conversaciones autodestructivas de la noche, sin preguntarme si hay algo que no funciona en mí.
Esto no es resignarse. Esto es lo contrario. Cuando dejás de creer que tenés que encajar en todas partes, recién ahí podés elegir de verdad dónde te querés plantar.
Y bueno, llegamos al final de esta travesía del día de hoy. Espero que te haya gustado y que le hayas sacado provecho. Si hay una sola idea que quiero que te lleves, es esta: antes de preguntarte qué te pasa, preguntate dónde estás parado. Antes de buscar qué es lo que tenés que reparar en vos, mirá bien qué tenés debajo de tus pies. Porque hay una diferencia enorme entre un árbol enfermo y un árbol sano plantado sobre la lava, y confundir una cosa con la otra te puede llevar a tomar decisiones muy equivocadas.
Y la última frase del podcast es esta: los coihues del escorial no pueden moverse. Vos sí tenés esa posibilidad.