Episodio 06 · Transcripción

Cuando todo va bien pero algo no te cierra

32 min de escucha · 3.893 palabras
De qué hablo en este episodio

Hay un malestar que casi no se puede contar. Si perdés el trabajo la gente entiende; si te separás, también. Pero si desde afuera tu vida está bien y aun así algo no te cierra, no hay con quién hablarlo, y encima terminás sintiéndote un desagradecido. Te cuento el día en que me pasó a mí, en Beijing, en el año 2000, y lo que tardé muchísimo en entender.

La insatisfacción silenciosa

¿Qué pasa cuando todo va bien en tu vida, pero sentís que necesitás un cambio importante?

Hay momentos en los que no se ve un problema evidente, no hay necesariamente una crisis económica, una pérdida de trabajo, una separación, un hecho concreto que alguien cercano pueda conocer de vos y decir: claro, por eso está así.

A veces desde afuera parece estar funcionando todo bien. Porque tenés una profesión, un buen ingreso, una familia, personas que te respetan, la estabilidad que en un momento deseaste y que incluso te costó mucho conseguir. Y sin embargo, por dentro hay algo que no te cierra desde hace rato.

A pesar de todo, seguís adelante, respondés tus compromisos, resolvés, sostenés lo que hay que sostener, pero lo vivís como obligación, no como elección.

Te das cuenta de que tu presente no coincide con la persona que sos hoy, o que querés ser mañana. Y esto te confunde, de verdad. Porque cuando a uno le va mal, más o menos se entiende por qué cambiar. Pero cuando no tenés una razón obvia para quejarte, es confuso, y puede aparecer la culpa.

Te decís: no debería sentirme así, tengo que agradecer por todo lo que tengo. Hay gente que está mucho peor. Capaz que estoy cansado nada más.

Y puede ser. A veces necesitás un tiempo de relax para ordenar tus cosas y recuperar las energías. Pero otras, por más que descanses, que te vayas de viaje, que te distraigas comprando cosas, la sensación de insatisfacción de fondo no desaparece.

De eso quiero hablarte hoy. Y de qué podés hacer en estos casos.

Bienvenida

Hola, te doy la bienvenida a mi canal de Reinvención Personal. Mi nombre es Walter Lema. Soy un ingeniero que fabricaba locomotoras, hasta que un día, respondiendo un llamado interior, decidí irme a las montañas a concretar un sueño: el de transformar vidas a través de la aventura.

Cada semana te compartiré registros de mi bitácora de travesía, para ayudarte a avanzar en tu propio camino de reinvención hacia la vida que soñás. Gracias por acompañarme a recorrer la senda en el día de hoy.

El recorrido de hoy

Hoy quiero invitarte a mirar esa insatisfacción que muchas veces se vive en silencio. Esa sensación de tener una vida que, vista de afuera, parece estar bien, pero que por dentro no termina de sentirse como propia.

En este episodio no te voy a convencer, ni intento hacerlo, de que patees ningún tablero. No se trata de salir corriendo, de romper todo, de renunciar mañana o de tomar decisiones desde la ansiedad.

Lo que quiero proponerte es algo más simple y al mismo tiempo más efectivo: mirar con honestidad esa incomodidad que quizás venís minimizando, y tener más claridad de qué significa, qué te está diciendo y qué te está proponiendo. Para luego compartirte tres claves que te van a ayudar a salir de ese estado y reconectar con la vida.

Para recorrer esta senda vamos a ir paso a paso.

Primero quiero compartirte una historia personal. Un momento bisagra en un viaje laboral a China que hice en el año 2000. Desde afuera podía parecer la cumbre de mi carrera profesional, pero sin embargo marcó el punto de inicio de un proceso de cambio realmente significativo para mí.

Después vamos a trabajar un reencuadre central: que algo haya sido correcto para una etapa de tu vida no significa que tenga que determinar tu destino.

Y al final, como te adelanté, te voy a dejar tres claves prácticas para empezar a ordenar esa insatisfacción sin caer en la típica decisión impulsiva.

Vamos por la historia personal.

Beijing, año 2000

En el año 2000 me encontraba en Beijing, China, en una negociación vinculada a la compra de coches y vagones ferroviarios para la Argentina.

En ese momento, yo venía de una carrera exitosa que, vista desde la tribuna, podía parecer bien consolidada. Me había formado como ingeniero. Había trabajado en procesos industriales. Y después fundé una empresa vinculada al mundo ferroviario, licenciataria de General Motors Corporation de Estados Unidos. Fabricábamos y reparábamos locomotoras. Vendíamos repuestos. Hacíamos mantenimiento de ferrocarriles completos. Y viajaba por negocios a distintos países.

Esa era un poco mi realidad cotidiana. Había movimiento, oportunidades, contratos importantes, crecimiento. Desde afuera, cualquiera podía mirar esa foto y pensar: bueno, este pibe la logró.

Y durante mucho tiempo yo también intenté creer eso. La imagen tenía todos los elementos que suelen asociarse con el éxito profesional. Viajes internacionales, reuniones importantes, grandes responsabilidades, una empresa propia, reconocimiento, crecimiento económico. Parecía haber llegado a la cumbre de mi carrera profesional.

La cumbre por dentro

Pero lo cierto es que por dentro yo no me sentía en ninguna cumbre. Te digo más: el malestar que sentía no sabía ni cómo explicarlo. Era ilógica, era irracional esa sensación. De hecho, lo que me generaba conflicto era justamente esa contradicción. ¿Cómo puede ser que, teniendo todo lo que había aspirado en el afuera, sienta este vacío constante en el adentro?

Empezaban a aparecer preguntas que de verdad no sabía cómo responder. ¿Para qué me levanto realmente cada mañana? ¿Es esta la vida que quiero, la que me hace feliz? ¿Quién soy si dejo de ser el ingeniero dueño de la empresa? ¿Es posible que haya avanzado un montón, pero en la dirección equivocada?

Estas preguntas no aparecen siempre de manera ordenada. A veces llegan como ansiedad, a veces como irritación, a veces como cansancio. Y a veces como un bajón difícil de explicar.

Por momentos, quizás intentaba desactivar las preguntas con ciertos argumentos. Como, por ejemplo: tengo que estar agradecido por todo, ¿de qué me quejo? Bueno, ya se me va a pasar.

Pero las preguntas importantes, cuando vienen de un lugar verdadero, no desaparecen porque uno simplemente las niega. Pueden silenciarse un tiempo, pueden esconderse debajo del trabajo, de las obligaciones, de las metas, de los viajes y las rutinas, pero siempre encuentran la manera de volver.

Ese momento de crisis existencial en Beijing me recuerda algo que hoy puedo ver con más claridad: se puede estar en un lugar que el mundo interpreta como éxito y al mismo tiempo sentir que el alma está en otra parte.

Y no lo digo con resentimiento hacia esa etapa. Al contrario, esa etapa me dio muchísimo: formación, disciplina, estructura, capacidad para resolver, mundo, experiencia. No necesito negar nada de todo eso. Pero una cosa es agradecer lo vivido y otra muy distinta es obligarse a seguir viviendo una vida simplemente por inercia, o porque es lo lógico o lo racional.

El malestar sin buena prensa

Hay un tipo de malestar que resulta muy difícil compartir porque no tiene buena prensa. Si vos decís, no sé, estoy mal porque me echaron de mi trabajo, la gente te entiende. Si decís, estoy mal porque me separé, también.

Pero si decís: la verdad que me va bien, pero siento que estoy viviendo la vida de otra persona, que esta vida no es mía... Podés creer que los demás van a pensar que te volviste loco, o que sos un inmaduro, o que te lavaron la cabeza en alguna secta mística.

Y entonces lo escondés. Seguís adelante, te exigís un poco más, te distraés, te llenás de actividades, te convencés de que es una etapa. Y quizás lo sea. Pero cuando esa sensación empieza a repetirse, cuando vuelve una y otra vez, cuando aparece cada vez que imaginás los próximos 10 años de tu vida repitiendo más o menos lo mismo, ahí conviene prestar atención.

La versión nueva que quiere despertar

Porque el problema no siempre es que tu vida esté mal. A veces el problema es que tu vida fue diseñada para una versión de vos diferente. Y hoy hay una versión nueva que está intentando despertar. Darle lugar a esa versión que está pujando puede ser incómodo por momentos, pero en la medida que le vas dando espacio, termina siendo liberador.

Porque quizás la carrera que elegiste tuvo todo el sentido cuando tenías 20. Quizás ese trabajo fue perfecto hasta los 30. Quizás ese rol te permitió crecer, sostener a tu familia, construir tu seguridad, hacerte fuerte, aprender cosas que hoy son parte de tu capital personal.

Pero vos no sos exactamente la misma persona que tomó aquellas decisiones. Viviste, perdiste, ganaste, te golpeaste, aprendiste. Te hiciste preguntas que antes no te hacías. Cambiaron tus valores, tus prioridades, tu relación con el tiempo, con tu cuerpo, con tu familia, con el dinero, con el sentido de la vida.

Y si vos cambiaste, es lógico que algunas estructuras de tu vida necesiten ser revisadas. No es por ingratitud, ni por capricho, mucho menos porque todo eso anterior haya sido una equivocación, sino porque tu destino no está escrito en piedra, sino que forma parte de un documento vivo que se escribe y se reescribe todo el tiempo.

Muchas veces el problema aparece cuando queremos que una decisión antigua siga respondiendo las preguntas actuales.

El cambio de rumbo

A los 40, a los 45, a los 50, muchas personas empiezan a sentir que la vida les pide un cambio de rumbo. Ya no alcanza solamente con seguir la inercia. Ya no alcanza solo con ganar dinero para pagar tus cuentas, darte tus gustos, sostener una imagen, mantener un cargo o conservar un sentido de identidad profesional.

Empiezan a aparecer otras preguntas, que liberan ciertas ataduras del pasado. Por ejemplo: ¿qué quiero hacer de aquí en adelante? Realmente.

Y esas preguntas no se responden solo desde la cabeza. Tampoco se responden solamente con una planilla, con una estrategia o con un análisis de oportunidades. Todo eso puede venir después, y es bien necesario. Pero primero hay que animarse a escuchar el mensaje detrás de la insatisfacción.

Porque si no escuchás esa señal, si la tapás todos los años, de manera recurrente, todo puede parecer que sigue funcionando. Pero la verdad es que vos estás desapareciendo por adentro.

Es como, no sé si viste la película Volver al futuro, cuando empiezan a mirar la foto y empiezan a desaparecer los personajes. Bueno, eso es más o menos lo que va sucediendo cuando no respondemos ese llamado. Y no hay éxito externo que compense el alejarte de vos mismo.

Una etapa, no un destino

Quiero proponerte un reencuadre que a mí me hubiera hecho bien comprender en su momento. Anotá esta frase: que algo haya sido correcto para una etapa de tu vida no significa que tenga que seguir siendo tu destino.

Esto vale para todo lo que te imagines. Tu carrera profesional, la ciudad donde vivís, tu estilo de vida, e incluso tu entorno social y familiar.

Quedate un momento con esa idea. Porque muchas veces quedamos atrapados en una falsa contradicción. Creemos que si reconocemos que una vida ya no nos representa, entonces estamos negando todo lo que hicimos antes. Como si decir "esto ya no es para mí" significara decir "me equivoqué en todo". Y no es así.

Una profesión puede haber sido correcta, un trabajo puede haber sido valioso, una empresa puede haber sido una gran escuela, un rol puede haberte dado identidad durante años, una ciudad, una forma de vivir, un círculo de relaciones, una rutina puede haber tenido sentido. Pero una etapa puede cumplir su ciclo.

Y cuando una etapa cumple su ciclo y su propósito, insistir en prolongarla más allá de lo necesario puede convertir lo que fue fuente de crecimiento en una especie de prisión.

La senda que se borró

En la experiencia en la montaña pasa algo parecido con las sendas. Una senda puede estar muy bien marcada durante un año. Te viene de bárbaro porque te ayuda a avanzar, te orienta, te permite ganar altura y evita que gastes energía tratando de pasar a la fuerza por cualquier lado. Durante ese año, la senda es como una bendición, porque todo fluye.

Pero puede ser que al próximo año, o al siguiente, llegues al mismo lugar y te encuentres con que la vegetación creció de manera desproporcionada, que cayeron árboles y ramas por efecto del viento, de la nieve y las lluvias. Y esa senda que antes se veía clara casi que desapareció.

Si intentás seguirla, en algún momento seguro la vas a perder de vista. Sin darte cuenta, te vas a desviar. Vas a seguir, a lo mejor, alguna huella de animales, creyendo que recuperaste el camino, pero en realidad cada paso te desviaba más y más del lugar al que querías ir.

Así es como me sentía en el año 2000, en China. Y tal vez como te sentís vos en este momento. Necesitás detenerte, respirar profundo y reconocer que estás perdida, para no continuar agravando el problema.

Te comparto entonces tres claves que pueden serte de utilidad en este preciso momento.

Clave uno: no pelear con el pasado

Clave número uno: no pelees con tu pasado.

Que te hayas perdido no es culpa del bosque que no te muestra la salida, ni de la senda que decidió cerrarse de repente, ni tuya por haber seguido avanzando cuando en el fondo sabías que la estabas cagando.

Este punto es importante porque muchas personas se quedan atrapadas en una especie de queja o de culpa silenciosa. Podés creer que la causa de esta insatisfacción que estás sintiendo está afuera. Es el país, que no me da posibilidades. Es la industria en la que me muevo, que es rígida. Es que tengo un jefe y una empresa que no valoran lo que hago. Es que tengo una pareja que no me entiende, o unos padres que nunca me apoyaron.

También podría pasar que la culpa y el enojo los dirijas hacia vos misma. Porque creés que no merecés nada mejor, que no sos capaz de nada mejor, que no hay nada mejor a lo cual puedas aspirar. Porque vos elegiste una carrera que no te llena, una empresa que no te reconoce, un grupo de amigos en el cual no te sentís cómoda, una pareja que no te entiende.

En todos estos casos, si te enganchás en esto, estás peleando con tu pasado.

¿Sabés por qué te digo que es parte de tu pasado? Porque todo, absolutamente todo lo que te acabo de contar puede cambiar en tu futuro con una decisión en el presente. El lugar donde trabajás, donde vivís, el jefe que tenés, la forma en la que te afecta la relación con tus padres, lo que hacés con tu trabajo, con tu círculo social, y fundamentalmente con quién sos.

Todo viene de atrás. Y vos no sos tu pasado. Es cierto, tu pasado habita en vos, pero no te determina.

Te propongo un ejercicio muy simple que te va a ayudar a salir de este bosque en el que te metiste. En algún momento de esta semana, escribí dos frases.

La primera: agradezco a mi pasado, agradezco a... puntos suspensivos. Y dejá que ahí aparezca todo lo que tenga que aparecer, que sea significativo para vos. Finalizando la frase de esta forma: porque me permitieron llegar a donde llegué en la vida. De vuelta, la frase es: agradezco a mi pasado, agradezco a... y ahí completás... me permitieron llegar a donde hoy me encuentro en este momento.

Y después escribí una segunda frase, que empiece así: y al mismo tiempo, decido tomar distancia de... porque quiero darle un nuevo rumbo a mi vida.

No hace falta que lo compartas con nadie, tampoco que tomes una decisión inmediata, pero escribilo con honestidad. Porque cuando la gratitud y la verdad logran convivir, el resultado suele ser la libertad.

Clave dos: cansancio o vacío existencial

Clave número dos: distinguir entre cansancio y vacío existencial.

La segunda clave es estar atenta a tu mundo emocional, reconociendo cuándo aparece el desgano o la desmotivación. No les escapes. Tratá de entender, tratá de discernir.

Porque todos tenemos días malos. Todos atravesamos momentos de agotamiento, fastidio, saturación, dudas. Pero no todo malestar es señal de alerta. A veces simplemente necesitás dormir mejor, bajar un cambio, conversar con alguien, ordenar tu agenda, o tomarte unos días de descanso. Por eso no conviene tomar decisiones grandes desde una emoción intensa y momentánea.

Pero la sensación de vacío existencial y de sinsentido no es algo pasajero. Hay preguntas incómodas que irrumpen con fuerza. Sobre todo cuando termina el fin de semana, el domingo, y te das cuenta de que el lunes arrancás otra vez. O también cuando, después de un logro importante, te das cuenta de que no te gratifica ese logro como vos esperabas. O cuando te encontrás contando los días para irte de viaje, o los años que te faltan para el retiro. Es lo mismo.

A esos momentos de insatisfacción, incómodos, es conveniente prestarles atención, porque te van a aportar información. No significa que tengas que obedecer automáticamente a lo que sentís. Lo que significa es que deberías dejar de tratar el tema como algo sin importancia, como algo que se va a resolver solo.

Hay personas que pasan años convenciéndose de que lo que sienten es una exageración, hasta que un día el cuerpo, la mente o la vida les pone un límite mucho más duro. Yo no creo que siempre haga falta llegar a ese extremo. Tenemos la posibilidad de escuchar antes el mensaje.

Entonces, te propongo dos preguntas para que te hagas.

La primera es: ¿hace cuánto tiempo que sentís esta sensación de vacío y de sinsentido? No cuánto hace que la sentiste por primera vez, sino cuánto hace que viene apareciendo como un estado anímico de fondo, como algo que está en la base de toda tu experiencia vital.

La segunda: ¿en qué momentos ves que aparece con más fuerza? Porque nada es casualidad. Ahí hay pistas, si estás dispuesta a captarlas.

Quizás esta sensación aparece cuando hablás de tu trabajo. ¿Y te aburre, o no te gusta? No, no, no. Ni querés hablar de tu trabajo. O cuando tenés que mirar tu agenda y revisar lo que tenés por delante. O cuando en algún momento te ponés a pensar en tu futuro y no encontrás respuestas. O cuando estás en silencio, o cuando volvés a tu casa, o cuando volvés a conectar con algo que te gustaba antes y que dejaste de lado.

La idea no es prestar atención para castigarte. La idea es observar para comprender qué aspecto de tu vida está resonando más fuerte y está pidiéndote atención.

Clave tres: nombrar lo que ya no cierra

Tercera clave: antes de cambiar todo, nombrar qué dejó de tener sentido para vos.

Esta clave, para mí, es una de las más importantes. Antes de cambiar todo y de tomar decisiones drásticas, empezá a nombrar qué es lo que realmente dejó de tener sentido.

Cuando alguien empieza a sentir que su vida ya no coincide con quién es, suele aparecer una fantasía extrema. Entonces voy a dejar mi trabajo. No, entonces voy a mudarme. No, tengo que vender todo. Voy a empezar de cero. Voy a dejar mi pareja, mi ciudad, tomar distancia de mis padres. Y esa idea asusta tanto que lo que sucede en consecuencia es que en realidad no hacemos nada. Volvemos a guardar todo bajo la alfombra.

Pero el primer paso, por eso, no es cambiar todo. El primer paso es nombrar con precisión, hacer distinciones y darte cuenta de qué es lo que realmente te está pasando, qué es exactamente lo que ya dejó de tener sentido para vos.

Puede ser el tipo de trabajo que hacés, puede ser el ritmo con el que vivís, puede ser el entorno en el que te movés, puede ser el peso de tus responsabilidades familiares, puede ser la relación con tu cuerpo, con tus deseos, con tu creatividad. Puede ser ese personaje profesional que aprendiste a sostener y que todos reconocen, pero que ahora te queda incómodo, molesto.

Puede ser que no quieras abandonar tu profesión, sino ejercerla de otra manera. Puede ser que no quieras tirar tu historia por la borda, sino ponerla al servicio de algo más coherente. Puede ser que no necesites romper tu vida, sino rediseñarla. Pero para rediseñar algo, primero tenés que ver qué parte no funciona.

Por eso te propongo ahora escribir otra frase muy concreta: lo que hoy ya no me cierra es... puntos suspensivos.

No trates de ganar el premio Pulitzer con tu texto literario. No busques una frase perfecta, sino escribir lo que te salga. Y después, si querés, seguir completando.

Lo que hoy ya no me cierra es el ritmo acelerado en el que vivo. Lo que hoy ya no me cierra es trabajar en algo que para mí no tiene ningún sentido. Lo que hoy ya no me cierra es seguir ocupando un rol que sí me aporta seguridad, pero me está quitando la vida. Lo que hoy ya no me cierra es vivir como si todavía fuera la persona que fui hace 15 años.

Mirá, nombrar estas cosas no resuelve del todo el problema, pero te abre una puerta. Porque mientras algo permanece confuso, nos domina desde la sombra. Ahora, cuando logramos ponerlo en palabras, empezamos a recuperar poder sobre nuestra vida.

El umbral

Si algo de todo lo que te conté hoy resonó en vos, quiero decírtelo con mucha claridad. No estás loco, no estás loca, no sos desagradecida, y no estás fallando porque tu vida actual no te resulte suficiente. Sino que probablemente estás frente a una señal, probablemente estás frente a un umbral.

En ese umbral aparece el reconocimiento de que hay una etapa que necesita revisión. Porque hay una parte tuya que está pidiendo más verdad, más coherencia, mejor dirección.

Ahora bien, que esa señal exista no significa que tengas que actuar desde la desesperación. La desesperación suele empujar, pero la claridad es la que orienta. Y para llegar a la claridad hace falta esta pausa con la que estás escuchando este podcast, la honestidad para hacerte las preguntas y responderlas en esa conversación interna, y muchas veces un acompañamiento, para no solo ayudarte a encontrar respuestas, sino también a formular las preguntas correctas. Y sobre todo, sobre todo, el coraje de mirar lo que naturalmente vas a intentar evitar.

Más adelante quizás tengas que preguntarte por tu propósito, por tu misión en la vida, por el proyecto que podrías construir, por el plan que necesitás para poder hacerlo. Pero hoy no quiero llevarte tan lejos. Hoy el primer paso es más simple: reconocer qué parte tuya ya no te representa. Porque, como te decía, no se puede rediseñar una vida que no te animás a mirar de cerca.

Y mirar de cerca puede parecer algo muy simple, de poca relevancia, pero muchas travesías y aventuras importantes comienzan de esta forma. Con alguien que se detiene, respira hondo y, por primera vez en mucho tiempo, se anima a decirse la verdad.

Despedida

Si este episodio te impactó de algún modo, te propongo lo siguiente. Escribime, me gustaría saber cuál es esa parte de tu vida que sentís que ya no te representa.

Y si conocés a alguien que por fuera parece estar bien, pero por dentro viene haciéndose estas preguntas en silencio, compartile el episodio. Puede ayudarlo a sentirse menos solo o menos sola. A dejar de pensar que lo que siente es una locura, que hay algo que está mal adentro suyo. O simplemente a recibir una pequeña señal en el momento justo.

Muchas gracias por acompañarme a lo largo de este episodio. Si te gustó, te invito a que lo compartas. Y si querés escribirme, con preguntas o contándome qué temas te gustaría que abordemos en el podcast, me encantará leerte. Te dejo mi dirección de correo en la descripción.

Nos encontramos en la próxima senda. Te mando un gran abrazo.

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