Hay días en los que no tengo ganas de ir a entrenar. Me pasa bastante más de lo que me gustaría, sobre todo cuando por un viaje, una enfermedad o cualquier otra razón me salteo varios entrenamientos.
Siempre aparece una excusa perfecta, y encima razonable: tengo trabajo acumulado, hace frío, hoy estoy cansado, mañana lo hago doble. Se ve mucho los lunes, después de un fin de semana de relax.
¿Por qué te cuento esto?
Porque existe una relación que solemos subestimar entre el estado de nuestro cuerpo y nuestra capacidad para poner en marcha un proyecto de cambio. Cuanto más exigente es la vida que ya estamos sosteniendo, más importante se vuelve contar con un cuerpo capaz de absorber esa exigencia y conservar recursos para construir algo nuevo.
Y esto se vuelve todavía más relevante con el paso de los años.
¿Te estoy diciendo que si no te metés en un gimnasio no vas a poder llevar adelante esa reinvención personal o profesional que venís postergando?
No necesariamente. Pero sí te estoy diciendo algo que considero fundamental: si querés cambiar tu vida, necesitás un cuerpo en condiciones de acompañar ese proceso.
En este artículo quiero decirte cómo hacerlo.
¿Por qué sabés lo que tenés que hacer y aun así no arrancás?
Tenés cosas importantes anotadas. Algunas hace meses. Otras hace años. Hablar con una persona clave, recabar más información, tomar el curso que venís mirando de reojo, armar el plan de puesta en marcha, diseñar y testear tu producto mínimo viable. No te falta claridad en los pasos a seguir.
El problema es que no arrancás.
Algunos lo llaman falta de voluntad. Otros dicen que falta de tiempo. Las dos explicaciones pueden ser válidas, pero muchas veces resultan incompletas. Porque no explican por qué una persona que no consigue sentarse una hora semanal a trabajar en su proyecto, sí puede sostener desde hace veinte años un trabajo demandante, criar hijos, resolver problemas, atender clientes y contestar cuatrocientos correos por semana.
Voluntad probablemente tenga de sobra. Y tiempo también, ya que si no lo tuviera, no podría con todo eso. El problema puede estar en otro lado.
Puede estar faltando simplemente energía para ponerse en marcha.
Después de sostener durante todo el día los requerimientos de esa vida que aún no pudiste desactivar, está agotado/a, sin resto para encarar la difícil tarea de construir algo nuevo.
Y eso nos lleva a una diferencia que me parece fundamental: mantener algo que ya está funcionando y poner algo nuevo en movimiento requieren energías diferentes.
Arrancar y sostener el movimiento no cuestan lo mismo
Para comenzar lo nuevo tenés que vencer la inercia de la rutina, abandonar por un momento lo conocido, tolerar la incomodidad, enfrentarte a la posibilidad de equivocarte y, muchas veces, convivir con un entorno que preferiría que siguieras exactamente donde estás.
Todo eso tiene un costo energético muy alto.
Por eso existen personas brillantes que saben perfectamente lo que quieren, tienen ideas extraordinarias y desarrollan planes que nunca llegan a ejecutarse porque no disponen de la energía necesaria para ponerse en marcha.
El fenómeno de la leña mojada
No sé si alguna vez intentaste prender un fuego con leña húmeda. Yo sí, muchas veces, y el esfuerzo es enorme. Hay que juntar material fino, meterle garra, soplar y soplar aguantando el humo en la cara, volver a empezar cada vez que se apaga. Podés estar media hora peleando con eso.
Y después, cuando por fin prendió, mantenerlo vivo sale casi gratis. Tirás un palito cada tanto y el fuego se ocupa del resto.
Con los proyectos pasa exactamente lo mismo. Arrancar cuesta muchísimo más que mantenerlos rodando.
¿Dónde encontrar la energía suficiente para encender tu vida?
Acá viene la clave que a veces se pasa por alto. Esa energía para poner en marcha un proyecto retador, como es el de reinvención personal o profesional, está en un solo lugar, y ese lugar es tu cuerpo. No se esconde detrás de un pensamiento, ni de tu motivación, ni del video que viste un lunes a la noche en YouTube. Sale de tus células, literalmente.
La mente te aporta la dirección, te dice hacia dónde ir; el cuerpo es el vehículo que te lleva hasta ese lugar.
El cuerpo es el instrumento con el que tu alma se expresa en el mundo. Si no tiene energía para ponerse en marcha, tu misión personal nunca verá la luz del día.
Por eso el entrenamiento físico no debería quedar sujeto a las ganas ni al tiempo libre. Tiene que volverse una rutina más, algo que hacés sin discusión, como lavarte los dientes cada mañana. Y ojo, no alcanza con estar sano y que tus análisis clínicos den todos ok. Lo que necesitás es estar energizado/a, que es otra cosa.
Eso se construye entrenando de manera periódica y trabajando tres capacidades físicas: resistencia, fuerza y explosividad. La última es justamente la que necesitás para el arranque, que es la capacidad para disponer de gran cantidad de energía en un breve instante de tiempo; es lo que enciende la leña húmeda.
No necesitás solo fuerza de voluntad, necesitás potencia
Más arriba te hablaba del entrenamiento de tipo explosivo, donde lo das todo, en un instante. Te permite acelerar de 0 a 100 en 3 segundos. La analogía sería: cuento hasta tres y lo hago sin dudar.
Vencer la resistencia a dejar tu comodidad y ponerte en marcha puede tener un costo energético gigantesco. Fijate lo que dice la física:
P (Potencia) = Energía / Tiempo
Para poder contar con mucha energía en poco tiempo necesitás de mucha potencia.
Acondicionar tu cuerpo para responder de esa manera, con un entrenamiento de potencia, seguramente puede ayudarte a romper el círculo de procrastinación en el que te encontrás.
Prácticas simples que activan tu potencia
Hay otras formas sencillas de programar tu cuerpo para una respuesta rápida y potente. No reemplazan el entrenamiento físico anterior, pero lo refuerzan.
El objetivo que tenés que fijarte con todas estas técnicas es que cuando tu mente diga VOY, tu cuerpo responda sin dudar.
Podrías probar incorporando algunos de estos hábitos:
- Meterte regularmente debajo de la ducha con agua fría.
- Acelerar el paso de manera repentina mientras vas caminando.
- Incrementar de golpe la velocidad con la que estás ejecutando una tarea: como bañarte, vestirte, lavar la vajilla.
- Trabajar con tu respiración en una meditación, acelerando el ritmo por unos segundos y volviendo al reposo.
Lo que buscás con esto es aceleración, potencia, máxima energía disponible en el momento que la necesites.
Táctica importante: elegí un lugar en el cuerpo, puede ser en la palma de tu mano, detrás de tu oreja o en tu pecho, cerca del corazón, e instalá ahí un botón imaginario que diga TURBO. Ese botón lo vas a apretar justo antes de hacer algo de lo que te propongo más arriba.
La idea es utilizar ese gesto como una señal que marque el cambio de estado:
TURBO: reposo → acción.
- Cuando estés cansado/a después de una mañana exigente y empiece la negociación interna para decidir si vas o no al gimnasio: TURBO.
- Cuando tengas delante una tarea importante de tu proyecto y aparezcan quince asuntos urgentes intentando desplazarla: TURBO.
- Cuando sepas perfectamente qué tenés que hacer y notes que estás empezando a inventar razones para dejarlo para mañana: TURBO.
Lo que te propongo es crear un ritual corporal de activación. Una señal que te recuerde: cuando decido avanzar, mi cuerpo acompaña la decisión.
¡Probalo y me contás!
Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.
Revisá la guía entrando aquí →