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Una semana que nadie cuenta

Hay una semana que le llega a casi todos los que están construyendo un cambio, y que casi nadie cuenta porque da un poco de vergüenza. Es la semana en que todo lo que venías armando parece deshacerse. El proyecto no avanza, el contacto no responde, el entusiasmo se fue sin avisar y una voz interior te pregunta si no habrás cometido un error enorme.

Yo la conozco bien. Llegué a la Patagonia en 2001 sin trabajo, sin casa y sin conocer a nadie, y durante año y medio viví en una especie de euforia, caminando, esquiando, pescando con mosca, convencido de que por fin estaba en mi lugar. Después se terminaron los recursos que había traído. Vinieron meses en los que no llegaba a fin de mes para comprar comida, en los que tuve que sacar a mis hijos de la escuela privada porque no podía pagarla, y en los que caminaba por la montaña llorando, preguntándome cómo había llegado hasta ahí.

En lo más profundo de ese pozo me llegó una carta de mi madre. Me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida, me pedía que pensara en mis hijos y me decía que volviera a Buenos Aires, que yo tenía una profesión y una carrera. Fue el momento en que estuve más cerca de retroceder, y lo digo en el sentido más literal de la palabra.

Subir alto y dormir bajo

Años antes de esa carta yo ya había aprendido, en la montaña, una regla que entonces no supe aplicar a mi propia vida. Cuando encarás una ascensión importante, de más de cinco mil metros, hay una norma que se repite en todos los campamentos: subir alto y dormir bajo. A medida que ganás altura hay menos oxígeno en cada respiración. El cuerpo necesita tiempo para ajustarse a esa condición, y ese tiempo no se le puede dar subiendo sin parar.

Entonces subís hasta un campamento más alto, te quedás unas horas, y volvés a bajar a dormir al campamento anterior. Visto desde afuera, es un retroceso en toda regla. Subiste con esfuerzo, el cansancio fue real, y a la tarde renunciás a lo que ganaste y te volvés a acostar más abajo. Sin embargo, esa bajada es exactamente lo que le da al cuerpo el margen para adaptarse a la altura, y es lo que después te sostiene en el camino de ascenso a la cumbre. Quien se niega a bajar, por orgullo o por apuro, es quien llega arriba sin haberse preparado para estar ahí.

La línea que no existe

Con los proyectos de vida pasa lo mismo, y casi nadie lo sabe porque medimos el progreso como si fuera una línea que sube un poco todos los días. Mirá cómo lo pensamos: si esta semana avancé voy bien, y si no avancé algo anda mal. Pero un cambio real tiene semanas en las que avanzás, semanas en las que te quedás quieto/a y semanas en las que sentís que volviste para atrás, y las tres forman parte del mismo ascenso.

Te digo algo que cuesta escuchar, pero que está bueno mirar de frente: la semana de bajada no es lo que te puede costar caro. Lo que sí te puede costar caro es la decisión que tomás desde ahí. Es en esa semana cuando uno cierra el proyecto, acepta una oferta que lo devuelve al mismo escritorio, o le da la razón a quien le había dicho que estaba loco. La mente toma el cansancio de hoy como si fuera el veredicto definitivo sobre el rumbo.

Que no estés avanzando a la velocidad que querés no significa que no estés progresando.

Cómo distinguir una bajada de un retroceso

Ahora bien, no toda marcha atrás es una aclimatación, y sería deshonesto decirte lo contrario. La diferencia es simple. El alpinista que baja a dormir sabe a qué campamento va a volver a subir mañana, lo tiene dibujado en la cabeza, y esa claridad es lo que convierte la bajada en una parte del plan. El retroceso de verdad empieza cuando bajás sin tener idea de hacia dónde vas a subir, o cuando dejaste de mirar la cumbre.

Por eso te propongo algo para esta semana. Agarrá una hoja y escribí tres cosas: cuál fue el último campamento al que llegaste en tu proyecto, aunque haya sido hace meses, qué te hizo bajar (cansancio, plata, el comentario de alguien, una duda que no te dejó dormir), y cuál sería el primer tramo de la próxima subida, uno tan chico que puedas hacerlo en una tarde. Si podés escribir las tres, estás en una bajada de aclimatación. Si la tercera te quedó en blanco, no estás fracasando, pero conviene que lo sepas, porque lo que falta ahí es dirección y no esfuerzo.

Lo que me enseñó el cráter

Mirando para atrás, el período más oscuro de mi vida en la Patagonia, lo que llamé el Cráter del Dolor Infinito, fue mi día de bajada más largo. En ese momento lo viví como el fin de todo, y hoy sé que fue lo que me permitió adaptarme a una altura de vida que todavía no estaba preparado para sostener. No salí de ahí pensando más. Salí caminando en silencio por el bosque, abrazando árboles, mirando correr los ríos, hasta que entendí lo que me decía la naturaleza: el árbol suelta las hojas, deja ir el peso, y después viene la primavera.

No te sé decir cuánto va a durar tu bajada. Lo que sí sé es que algo en lo profundo de vos, esa voz interior que te trajo hasta acá, no se apaga por una mala semana, y que a veces lo más inteligente que se puede hacer con el espíritu cansado es descansar un tramo más abajo, a la espera de la mañana en que vuelva a subir. ¿Cuál fue el momento de tu vida que te pareció un retroceso y que, con los años, terminó siendo la preparación para algo que todavía no sabías que ibas a emprender?

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