Conozco la escena de memoria, porque la viví y porque la veo repetirse en la gente que acompaño. Alguien decide que hasta acá llegó. Cambia de trabajo, a veces de ciudad, se anota en algo nuevo, arranca el proyecto que venía postergando. Durante unos meses la vida parece otra. Y al año, sin saber muy bien cómo, está parado en el mismo lugar del que quería irse: el mismo cansancio, la misma sensación de vacío, distinto decorado.
Lo primero que uno piensa es que le faltó disciplina, o que se equivocó en el cambio. Casi nunca es eso.
El termostato interno
Hay una idea de Ed Mylett, en su libro El poder de uno más, que me ordenó algo que yo venía intuyendo hacía años pero no sabía nombrar. Dice que cada uno tiene adentro un termostato. No uno de temperatura: un termostato de identidad, calibrado en un número que representa cuánto creés, en el fondo, que valés y que merecés.
Y funciona igual que el de una casa. Si afuera hay treinta y cinco grados pero el termostato está puesto en veintidós, el equipo arranca y enfría hasta volver a veintidós. Si afuera hay cinco, calienta hasta veintidós. No le importa el clima de afuera: corrige hasta su número.
Con tu vida pasa lo mismo. Si por tu esfuerzo empezás a tener resultados de treinta grados —más dinero, una mejor relación de pareja, un proyecto que despega— pero adentro seguís calibrado/a en veintidós, tarde o temprano prendés, sin darte cuenta, el aire acondicionado de tu propia vida. Y enfriás todo hasta volver a lo que creés que te corresponde. En definitiva, nunca vas a superar el nivel de percepción de tu identidad.
El afuera es un reflejo del adentro
Eso que llamamos mala suerte, o «no era para mí», muchas veces es esto. La lesión justo cuando el cuerpo empezaba a cambiar. La pelea que estalla justo cuando la pareja venía bien. La decisión equivocada justo cuando el proyecto empezaba a despegar. No es azar: es el termostato haciendo su trabajo, bajándote al número de siempre.
Hace tiempo que repito una frase que resume mi manera de entender esto:
La reinvención es siempre de adentro hacia afuera.
Podés mudarte a mil kilómetros, cambiar de rubro, empezar de cero muchas veces. Pero si no cambiás donde tenés apoyada tu identidad, la nueva vida se va a ir pareciendo poco a poco, a la vida que dejaste atrás.
Mi termostato marcaba «ingeniero»
Yo tardé casi diez años en verlo. Mi termostato estaba calibrado en «ingeniero». Y no era solo mi profesión: era el techo de lo que me permitía imaginar para mi vida. Cualquier cosa que se saliera de ahí, una parte mía la leía como una locura, como algo que «no me correspondía». Podía leer todos los libros y hacer todos los cursos —los hice—, pero mientras el termostato marcara «ingeniero», tarde o temprano volvía a ese lugar.
La profesión es solo uno de los elementos que construyen tu identidad. También hay otros elementos como el lugar que ocupás en tu familia, la imagen que proyectás en tu círculo de amistades, el barrio o ciudad donde vivís y donde te criaste, las actividades que hacés en tu tiempo libre...
Lo cierto es que no fue sino hasta que logré empezar a ajustar mi termostato interno, que pude sentir plenamente, que la vida que estaba construyendo en Patagonia me pertenecía. Esto no se dio de la noche a la mañana. Fue, sobre todo, un proceso de desidentificación gradual. Tenía que demostrarme a mí mismo que si perdía mis títulos, mi estatus, la cercanía de mi familia y amigos, mi empresa, mis rutinas, no iba a desaparecer.
La clave de todo proceso de reinvención
Lo curioso de todo esto es que recién cuando me pude despojar de todo lo que sostenía mi identidad en Buenos Aires, fue que descubrí por primera vez en la vida, quién era en realidad.
La reinvención personal es la aventura de convertirse en uno mismo.
Me di cuenta de que con todos los elementos de mi pasado, había construido un molde que me aprisionaba al punto de asfixiarme. De ahí venía la sensación constante de angustia, de ansiedad y de fastidio. Por ese motivo me sentía fuera de lugar. Que lo que hacía no tenía que ver conmigo.
La reinvención es un proceso de metamorfosis, como el de la oruga que se desprende de su crisálida para convertirse en mariposa. En la vida hay un momento en el que sentís la necesidad de volar, de abrir las alas para ingresar en una dimensión diferente a la de solo existir. Necesitás de un propósito que te inspire, que dé sentido a tu día a día. La clave será entonces que te animes a romper la crisálida de la identidad vinculada al pasado que te ha acompañado y protegido durante tanto tiempo, pero que en esta nueva etapa, ya no necesitás.
Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.
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