La promesa que casi todos firmamos
Puede ser que, como le pasa a mucha gente con una carrera hecha, hayas vivido años con una frase de fondo que suena más o menos así: cuando llegue a director voy a tener libertad para decidir, cuando termine de pagar la casa voy a poder dedicarme a lo que me gusta, cuando los chicos sean grandes, cuando me jubile, cuando junte lo suficiente, entonces voy a estar tranquilo/a y voy a ser feliz. Probablemente la dijiste muchas veces, y probablemente te la creíste, porque tiene una virtud que no se le puede negar: es ordenada, da pasos claros y promete que si los seguís llegás.
El orden de esa promesa es tener primero, hacer después y ser recién al final, y lo conozco desde adentro porque viví buena parte de mi vida así. Soy ingeniero químico, fundé una empresa licenciataria de General Motors que reparaba locomotoras diesel-eléctricas y exportaba, y en el año 2000 negocié en Beijing un contrato millonario con el gobierno chino. Tenía un departamento con vista al río, una 4x4 y un barco de doce metros para salir a pescar los fines de semana. Había cumplido uno por uno los pasos de la promesa, y por dentro tenía un vacío existencial casi sin límites.
El mecanismo
Dejame que te diga algo que cuesta escuchar, pero que está bueno mirar de frente: ese orden no falla por mala suerte ni por falta de esfuerzo, falla por cómo está armado. Primero, porque el tener es inestable. Una crisis económica, un problema de salud o un cambio de contexto alcanzan para desarmar en unos meses lo que costó veinte años construir, y si tu bienestar cuelga de eso, cuelga de un hilo. Segundo, y esto es lo más importante, porque cada vez que alcanzás aquello que perseguías descubrís que no fue suficiente, entonces corrés la meta un poco más arriba y el próximo tener pasa a ser la nueva condición para empezar a vivir. Es como caminar hacia el horizonte: avanzás con toda la energía y el horizonte se aleja exactamente lo mismo que vos te acercás.
Como el ser queda siempre para después, el después no llega nunca. Conozco gente que cumplió todas las etapas, que llegó a tener todo lo que se había propuesto tener, y que descubrió ya entrado/a en años que no sabía quién era. Llegás al destino y descubrís que el destino no era el tuyo.
El orden al revés
El paradigma que propongo en mi libro es el opuesto: ser, hacer y tener, en ese orden. Empezás por preguntarte quién querés ser, que es la pregunta del propósito, y esa pregunta te da una dirección. Desde esa dirección decidís qué trabajo elegís, qué vínculos cultivás, qué proyectos abrazás y qué vida cotidiana construís, y el tener llega después, como consecuencia de hacer bien lo que hacés desde un lugar coherente con tu voz interior. Funciona por una razón sencilla de entender: lo que sos no depende de lo que tengas. Podés ser la persona que elegiste ser en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad, y esa base no se cae cuando se cae el mercado.
Lo que querés y lo que necesitás
Hay una distinción que cambia mucho la lectura de todo esto. Lo que querés, el deseo que nace de la mente, suele ser un reflejo de los mapas heredados, de las expectativas del entorno y de lo que viste en la publicidad y en la casa de los vecinos, es decir, el deseo de otro disfrazado de propio. Por eso, cuando lo conseguís, a veces te quedás mirándolo y pensás que no era esto. Lo que necesitás, en cambio, es lo que resulta de elegir una tarea y una forma de vivir alineadas con quien sos, y cuando lo recibís el cuerpo lo reconoce con un "esto era". A veces coincide con lo que querías y a veces no, pero siempre es lo que de verdad te sostenía.
Cuando me mudé a San Martín de los Andes, en 2001, llegué sin trabajo, sin casa y sin conocer a nadie, y dejé mi empresa y la ingeniería sin saber qué iba a hacer. Todo ese tener había quedado atrás, y lo que me sostenía era la certeza que había sentido años antes en un lago, mirando la cordillera desde la popa de un barco, de que pertenecía a ese lugar. Con los años entendí que esa certeza era un pedazo de mi ser, y que desde ella pude ir ordenando el hacer y, mucho más tarde, el tener.
Sin renunciar a nada
No te estoy diciendo que desprecies lo material, porque hace falta resolverlo para vivir con tranquilidad y el tener tiene su lugar. Lo que digo es que no puede ir primero. Si va primero, te perdés en el camino, y si llega al final, como fruto de un hacer bien hecho que a su vez nace de un ser bien sintonizado, ocupa el lugar que le corresponde y deja de mandar sobre vos. Cuando ese orden se acomoda aparece algo que ninguna cuenta bancaria compra: paz interior, plenitud, la sensación de estar siendo quien viniste a ser y haciendo lo que viniste a hacer.
Una tarea para esta semana
Te propongo algo concreto. Durante unos días cazá tus propias frases de "cuando tenga", y anotalas textuales, tal como te salen, sea en una reunión, en el auto o en la mesa del domingo. Después mirá las últimas tres decisiones importantes que tomaste y preguntate si las tomaste desde el cálculo, es decir desde cuánto te convenía, o desde el propósito, es decir desde si te acercaban o te alejaban de la persona que querés ser. No hace falta que cambies nada todavía. Alcanza con que veas el orden en el que venís viviendo.
Quizás tu alma lleva años esperando que termines de juntar condiciones para empezar a hablar, cuando en realidad nunca estuvo esperando eso. ¿Quién querés ser si dejás de aguardar a tenerlo todo para empezar a serlo?
Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.
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