← Volver al blog

Fijate en un día cualquiera. Te levantás y lo primero que hacés es poner algo de música, o noticias, o algún video de youtube. Desayunás con el celular en la mano. Manejás con música o escuchando un podcast. Trabajás con las notificaciones entrando cada dos minutos. Y a la noche, cuando por fin no queda nada por hacer, prendés la tele hasta que casi te quedás dormido/a. Bueno, quizás no es exactamente tu rutina, pero se parece a la de la mayoría. Cada hueco del día, por más chico que sea, lo tapamos con ruido. Casi nunca estamos en silencio de verdad. Y no es casualidad.

Durante años yo fui exactamente así. Tapaba cada momento libre con ocupación. Si no tenía una reunión, tenía una llamada; si no tenía una llamada, tenía el teléfono en la mano. Me repetía que era una persona productiva, que no perdía el tiempo en pavadas. La verdad era otra, y me llevó bastante animarme a admitirla: no llenaba el día con ruido para no aburrirme. Lo llenaba para no escucharme.

Lo que aparece cuando se apaga el ruido

Tené en cuenta una cosa. El silencio no es un espacio vacío, aunque lo parezca. Es todo lo contrario. Cuando cortás las distracciones, cuando no queda ninguna pantalla ni ninguna voz de fondo, aparece lo que estaba allí por debajo de tu conciencia: pensamientos, emociones, deseos, intenciones y los famosos “pendientes”. Aparecen las preguntas que venís esquivando hace tiempo. ¿Estoy donde quiero estar? ¿Soy feliz con esta vida? ¿Vale la pena el esfuerzo?

Por eso incomoda. No llenamos el día de ruido por hábito: lo llenamos para no quedarnos a solas con esas preguntas. Porque en el silencio es difícil no escuchar esa voz que te habla bajito y te dice la verdad, aunque esa verdad moleste. Es la voz de tu propia alma, la que sabe que hace rato dejaste de vivir una vida que tenga sentido.

El silencio no es vacío. Es el espacio interior más honesto que tenés.

Lo aprendí lejos de la oficina

A mí el silencio no me lo enseñó ningún libro ni ninguna meditación. Me lo enseñó la montaña. Cuando dejé todo y me fui a la Patagonia, empecé a caminar durante horas por lugares sin señal, sin pantallas, sin escuchar a nadie. Vas caminando y lo único que escuchás es el viento, el bosque, el agua de un arroyo bajando.

Una rutina que incorporé es retirarme solo, cada cierto tiempo y por varios días, a algún lugar remoto. El primer día no es fácil. Los sonidos de la naturaleza son relajantes, claramente, pero llega un punto en que el silencio se hace espeso y difícil de digerir. El reencuentro con uno mismo a ese nivel es chocante.

Hay un umbral que pasar, que depende de cómo llegues al solo. Si venís muy quemado, puede llevarte un par de días acomodarte. Pero pasado el umbral, la incomodidad afloja y, en su lugar, aparece una paz y una claridad que antes no tenías. Empezás a ver tu vida en perspectiva, con nuevos ojos, nuevas ideas y un entusiasmo renovado. Cada travesía termina siendo un reseteo completo.

La brújula que llevás adentro

Hay una imagen que uso seguido cuando acompaño a alguien que se siente perdido/a. Imaginate que vas caminando por una senda en el bosque, bien marcada al principio. Avanzás, aparecen bifurcaciones, elegís bien, mal, seguís. Hasta que llegás a un lugar donde el camino desaparece. Mirás para todos lados y no sabés hacia dónde ir.

Cuando te perdés en la montaña, hay un solo recurso que te saca de esa situación: la brújula. La brújula, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, siempre marca un norte. En la vida es igual. Tenés una brújula interior, y viene con esa voz que te susurra todo el tiempo hacia dónde ir. El problema es que no la escuchás, porque tenés toda la atención puesta afuera.

Y acá está lo que a mí me cambió todo. Esa voz no grita. No compite con las notificaciones de whatsapp, ni con el ruido del día; contra ellos siempre pierde. Habla bajo. Si no hacés silencio, no la vas a escuchar nunca, por más años que pasen.

Quince minutos sin nada

No hace falta que te vayas a la montaña, ni que medites dos horas, ni que cambies tu vida de un día para el otro. Se empieza mucho más simple. Esta semana te propongo algo: quince minutos sin nada. Sin pantalla, sin música, sin teléfono. Salí a caminar por el lugar con menos distracciones que encuentres, o quedate sentado solo en tu casa tomando un café con todo desconectado, y habitá ese espacio de silencio adentro tuyo.

Al principio te va a resultar raro, hasta molesto. Tu cabeza va a querer llenar el hueco con algo, con cualquier cosa. Es normal: dejalo pasar y quedate ahí. Escuchá sin filtros lo que aparezca, aunque incomode. Muchas veces, en ese espacio que nadie ocupa, aparece la respuesta o la idea que venías buscando afuera hace meses.

Porque esa voz interior sigue ahí, esperando. No se apagó, aunque la hayas tapado durante años. Y lo que espera de vos es algo concreto: que le hagas un espacio suficiente, para que pueda guiar tu vida con sabiduría.

Guía para el cambio — Descarga gratuita

Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.

Revisá la guía entrando aquí →
Seguí leyendo
Tu mente trabaja en tu contra y no lo sabías → Por qué estás siempre cansado (no es falta de sueño) →