Hubo una época en la que regresaba de vacaciones y sin embargo, no lograba recuperar las energías. Tres semanas de relax, despertándome sin reloj, viviendo sin agenda, y a los dos días de haber vuelto aparecía otra vez esa sensación rara de estar cansado y sin ganas todo el tiempo. Clínicamente estaba bien. No me faltaban glóbulos rojos ni nada por el estilo. Era otra cosa, algo que no le podía poner nombre y que ningún descanso parecía mejorar.
Tardé años en entenderlo, y lo entendí de la peor manera: con una profunda crisis personal.
Existen dos cansancios distintos y solemos tratarlos con la misma receta.
El cansancio físico
El primero es el del cuerpo, y viene de todo lo que hiciste: de las horas trabajadas, del viaje largo, de la semana que no te dio respiro. Es un cansancio honesto, porque te avisa, te frena y se retira cuando le das lo que pide. Una siesta, un fin de semana de relax, unas vacaciones. Se va, y vuelve la energía.
Con ese no hay misterio. El problema es el otro.
El cansancio del alma
El segundo no viene de lo que hiciste sino de todo lo que no hiciste. De ese proyecto que venís postergando desde hace años, de esa conversación pendiente que nunca se da, de ese cambio de vida que fuiste corriendo un año más, y otro, y otro. De los sueños que archivaste con la excusa de que no es el momento.
A ese lo llamo el cansancio del alma, y no se cura durmiendo por una razón muy simple: lo que te falta no es descanso, es dirección.
Por eso volvés de las vacaciones y seguís sin ganas de retomar la rutina. El cuerpo se recuperó; el alma sigue esperando exactamente lo mismo que esperaba antes de que te fueras, porque el reposo no la afecta. La adormece unos días y nada más.
Al cansancio del cuerpo le das reposo. Al cansancio del alma tenés que darle movimiento hacia lo que dejaste esperando.
Por qué confundirlos sale tan caro
Acá está el nudo de todo esto, y es la parte que más me importa que veas.
Cuando confundís un cansancio con el otro, aplicás la solución equivocada y esperás resultados que nunca se van a dar. Irte de viaje no alcanza. Tampoco resuelve comprándote un colchón para dormir mejor, ni tomar suplementos. Si te hacés análisis es probable que no encuentres mucho por ahí, aunque suele pasar que el estrés crónico que surge como consecuencia de la postergación de lo no postergable, te empiece a enfermar.
Mucha gente hace todo lo clínicamente posible para recuperarse y cuando no funciona, la conclusión habitual es pensar que hay algo mal en uno. Que tengo depresión o algún trastorno psiquiátrico o psicológico. Si bien estas patologías pueden generar las mismas consecuencias, estamos hablando en una gran cantidad de casos, simplemente, de un error de diagnóstico y tratamiento.
El costo verdadero de esa confusión se mide en años. Porque mientras seguís tratando un problema de dirección con más descanso, o con distracciones sin sentido (viajes, compras, etc.), el tiempo corre igual, y el proyecto postergado sigue postergado, solo que de repente, ahora tenés cuarenta y ocho en vez de treinta y nueve…
Dos preguntas para saber cuál te está afectando
No hace falta un diagnóstico complicado. Hay dos preguntas que a mí me sirvieron y que sigo usando con las personas que acompaño.
La primera: después de un fin de semana largo, ¿cómo te sentís? Si volvés recuperado/a y con energía, tu cansancio era del cuerpo y ya lo resolviste. Pero si volvés relajado/a y sin ganas de retomar, la solución va por otro lado.
La segunda: cuando alguien te pregunta en qué andás últimamente, ¿qué se te mueve por dentro antes de contestar? Si aparece entusiasmo u orgullo, y te motiva a contar todo, buenísimo. Si en cambio aparece una incomodidad difusa, un querer cambiar de tema, o algo parecido a la culpa o la angustia, prestale atención: esa incomodidad puede ser la señal de que tu alma te está pidiendo un cambio urgente.
Lo que la montaña me enseñó sobre esto
Cuando llevo un grupo a la Patagonia veo aparecer los dos cansancios el mismo día y en las mismas personas.
Hay días en los que caminamos varias horas, subimos, cargamos la mochila y llegamos al campamento reventados. Ese es el cansancio del cuerpo, y es un cansancio feliz: se duerme profundo, se come con hambre real y al otro día estás nuevo.
Pero a la noche, alrededor del fuego, aparece el otro sin que nadie lo convoque. Empiezan a hablar de cosas importantes que no están pudiendo responder, del hijo con el que hace años que no hablan de verdad, del proyecto soñado que nunca arrancaron, de la vida que proyectaban a los treinta y que no fue. La naturaleza tiene ese poder: te saca el ruido de encima y te permite escuchar esa voz interior que te habla todos los días sin que le prestes atención.
La montaña te hace honesto/a, remueve todo lo superficial y deja al descubierto solo lo verdadero.
Nadie vuelve de esos días diciendo que descansó. Vuelven diciendo que conectaron con lo profundo del ser, y esa conexión es la que necesitás recuperar para el cansancio del alma.
Tres cosas concretas para empezar esta semana
Si reconocés el segundo cansancio en vos, no necesitás una revolución. Necesitás movimiento, aunque sea mínimo, en la dirección correcta.
Lo primero es tomarte un tiempo real para conectar con lo importante. No cinco minutos entre dos reuniones: un rato de verdad, a solas y sin pantalla, sin móvil, para preguntarte qué es eso importante en tu vida, que siempre venís dejando para después. La respuesta ya la tenés. Lo que no tenés es el silencio necesario para escucharla.
Lo segundo es reorganizar tu agenda para que eso que te importa entre en tu lista de prioridades urgentes. Empezá por una hora semanal, una sola. Si te parece poco, fijate cuántas horas semanales le dedicaste en los últimos cinco meses o años: lo más probable es que ninguna. Y una hora es infinitamente más que ninguna.
Lo tercero parece una tontería, pero no lo es: poné una alarma que te lo recuerde. Lo que no se agenda no existe. Todo lo que dejamos librado a "cuando tenga tiempo" nunca va a encontrar lugar.
Lo que ese cansancio te está diciendo
Hay algo casi hermoso en el cansancio del alma, aunque cueste verlo mientras lo estás atravesando.
Es una señal. Es la parte tuya que todavía no se resignó a vivir a medias, avisándote que sigue ahí, esperando despertar. Si estuviera del todo apagada no la sentirías, porque los que se rindieron de verdad no andan cansados: van por la vida anestesiados, caminando como zombies en piloto automático. El malestar, por incómodo que sea, es la prueba de que tu espíritu todavía late fuerte dentro tuyo.
Y esa inteligencia, esa energía vital, lo que espera de vos, es que la reconozcas y le permitas guiarte hacia tu verdadero destino.