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Puede ser que, como le pasa a mucha gente que llega a cierta altura del camino, hayas hecho todo lo que había que hacer. Definiste lo que querías y tomaste decisiones importantes y difíciles. Lo cierto es que se nota un cambio real en tu vida. Sin embargo, seguís experimentando la ansiedad, el estrés, la inseguridad y cierta insatisfacción característica de tu vida anterior.

El problema no es que no hayas hecho nada. Hiciste muchísimo, y probablemente lo hiciste bien. Lo que pasa es que nada de eso llegó a tocar el lugar donde de verdad se decide un cambio de vida.

A mí me llevó varios años entenderlo. Habiendo llegado a la Patagonia, e iniciado un proyecto de vida acá, al tiempo las sensaciones de ese mundo que dejé atrás volvieron a aparecer. Cuando pasó la euforia de haber logrado lo que soñaba, de disfrutar cada tarde en el lago, cada paso en la montaña, cada amanecer mirando el paisaje desde mi ventana, lo que surgía era lo verdadero. Ningún cambio externo por sí solo modifica quién sos. Puede modificar momentáneamente cómo te sentís, alterar algún punto de vista o integrar un pensamiento nuevo en tu mente, pero más tarde o más temprano, todo tiende a regresar a su punto de origen. Cambiar de trabajo, de casa, de entorno o de geografía cambia tu experiencia con el mundo, pero seguís siendo en esencia, la misma persona. Te llevás a todos lados y con vos viajan todos tus conflictos no resueltos y contradicciones.

El orden aprendido

Casi todos aprendimos a construir la vida en un orden que parece de sentido común y que, mirado de cerca, está dado vuelta. Primero tener el título, el puesto, la casa, el auto, los ahorros suficientes, el estatus, los contactos y relaciones sociales. Después, con eso ya en la mano, poder hacer lo que nos gusta: viajar, emprender, dedicarle tiempo a los hobbies, desarrollar proyectos profesionales, planes en familia o con amigos. Y al final, como consecuencia natural de todo lo anterior, ser felices; sentirnos satisfechos, valiosos, reconocidos, queridos, seguros, orgullosos, en paz.

Tener→ Hacer→ Ser. En ese orden. Es el orden que organiza las conversaciones de sobremesa, las decisiones de carrera y de vida y buena parte de la publicidad que venimos consumiendo desde chicos. En mi caso era clarísimo. Tendría mi casa en San Martín de los Andes, haría todo lo que me apasiona y así sería finalmente feliz. El plan era súper lógico.

Te voy a decir algo que cuesta escuchar, pero que está bueno mirar de frente: ese orden está todo mal, no funciona, y no funciona por una razón que te voy a contar.

El equipo y el montañista

Hace años que llevo gente a la montaña, y hay una escena que se repite todas las temporadas. Alguien llega con el mejor equipo que se puede comprar: la campera de tres capas, las botas nuevas sin estrenar, los bastones de carbono, el GPS con el track ya cargado. Y a las tres horas de subida, cuando el calor empieza a castigar y todavía faltan dos horas más de ascenso, ese equipo no cambia absolutamente nada. Lo que marca la diferencia es qué tan bien preparado física y mentalmente se encuentra para afrontar la exigencia. Cuánta incomodidad es capaz de tolerar, qué se dice a sí mismo cuando aparece el primer pensamiento de abandonar, si puede seguir poniendo un pie delante del otro cuando ya no queda ninguna satisfacción en hacerlo.

El equipo te ayuda, claro que sí. Pero el equipo no te sube: solo vos podés hacerlo.

Las raíces y el fruto

En la naturaleza el orden está clarísimo también y no se discute. Un manzano no da manzanas porque alguien le cuelgue manzanas de las ramas. El fruto es lo último que aparece, y aparece porque antes hubo raíces que fueron a buscar agua a varios metros de profundidad, porque hubo un tronco capaz de sostener el peso, porque hubo hojas que se pasaron un verano entero convirtiendo luz en azúcar. El fruto es la consecuencia visible de un trabajo enorme que ocurrió de abajo hacia arriba, en silencio y cuando nadie estaba mirando.

Con una vida pasa exactamente lo mismo. Los resultados de un proyecto están íntimamente ligados a la persona que lo lleva adelante. Podés tener el plan perfecto, el dinero, los contactos y hasta el momento ideal, pero si no te convertiste en la persona que esa vida nueva necesita, el proyecto se termina cayendo.

No es posible sostener por mucho tiempo una vida que es más grande que la persona que sos.

El orden invertido

El orden que te invito a explorar sería este: Ser→ Hacer→ Tener. Primero te convertís en la persona que es capaz de vivir esa vida. Después, desde ahí, hacés lo que esa persona hace de manera natural, casi sin esfuerzo. Y el tener llega al final, cae el fruto en tus manos, sin que tengas que ir a arrancarlo de la rama.

Y acá conviene ser preciso, porque eso de «convertirte en tu mejor versión» suena a frase trillada y hueca pero no lo es. Convertirte en alguien es algo bastante concreto: es cambiar lo que valorás, lo que priorizás, es cambiar tu forma de pensar, de responder a los retos que la vida te pone en el camino, es cambiar cómo te relacionás con los demás y con vos mismo/a, e incluso puede ser algo tan trivial como cambiar la hora a la que te levantás todos los días a la mañana.

El afuera termina siendo siempre un reflejo del adentro. La persona que no se valora pone un precio bajo a su trabajo y después sufre las consecuencias de un negocio que no rinde. La que cree que el mundo se aprovecha de su bondad termina aislada y solitaria. La que piensa que lo sabe todo y no necesita de nadie, termina equivocándose una y otra vez hasta que decide no arriesgarse más, aceptando una vida mediocre cuando podría estar expandiéndose sin límites.

El trabajo que no se ve

El trabajo interno es la prioridad número uno, y es justamente al que menos atención se le presta. No se puede mostrar en LinkedIn, no entra en un currículum, no se nota en una foto, no tiene el mejor reconocimiento social. Una cosa es decir que te fuiste de viaje a París o a Grecia y otra es decir que empezaste un proceso de trabajo personal.

Hablo de un trabajo que te lleve a preguntarte qué querés de verdad y a tener que bancarte el silencio hasta que aparezca la respuesta. O a escuchar esa voz interior que hace años venís tapando con trabajo, con distracciones, con pantallas. Es revisar qué de todo lo que llevás encima es tuyo y qué te pusieron otros sin que te dieras cuenta. Es mirar cara a cara esas creencias, pensamientos y miedos ocultos que te limitan y trascenderlos.

Importante

No te estoy diciendo que primero alcances «la iluminación» y después avances. Eso sería otra forma de procrastinar y una de las más elegantes. Lo que te digo es que si vas a cambiar de trabajo, a mudarte de ciudad o a empezar un proyecto propio, ese movimiento de afuera necesita ir acompañado de un trabajo adentro.

Si no, te puede pasar lo que quizás ya te pasó alguna vez: cambiaste de trabajo, de pareja, de entorno social, pero todo sigue igual. Nunca terminás de encontrar el trabajo, la pareja, el entorno en el cual te sientas a gusto.

La pregunta que ordena todo, entonces, no es cuál va a ser tu próxima meta en el camino trazado. Es en quién necesitás convertirte para que esa vida que venís creando pueda sostenerse. Esa pregunta se responde con el tiempo y en un espacio de trabajo personal, con acompañamiento adecuado. Alguien que fundamentalmente te ayude a tomar distancia de vos mismo/a para poder observarte con mayor objetividad.

Lo que vas a notar cuando inicies este proceso es que tu proyecto de vida empieza a fluir con más naturalidad, con menos tensión y obstáculos. ¡Esa será la señal de que te encontrás, por primera vez, en camino!

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¿Quién sos cuando no sos tu trabajo? → Lograste el cambio que soñabas y al tiempo te sentís como antes →