La nostalgia que no esperabas
Hay una escena que se repite en las conversaciones de las personas que acaban de cambiar de rumbo, y casi nunca la cuentan al principio sino pasados unos meses, bajando la voz, como quien confiesa algo vergonzoso. Dejaron el trabajo que las tenía agotadas, o se mudaron, o cerraron un proyecto que llevaban años sosteniendo sin ganas, y un martes cualquiera, caminando por la calle o lavando los platos, sienten una punzada de nostalgia por lo mismo que decidieron abandonar. Y enseguida aparece la pregunta que lastima más que la nostalgia: ¿será que me equivoqué?
Te lo cuento porque yo pasé por ahí, y porque nadie me avisó. Hasta que me fui tuve una vida que por fuera era un éxito, con una empresa licenciataria de General Motors, un departamento con vista al río, una camioneta 4x4 y un barco de doce metros para salir a pescar los fines de semana. En 2001 me mudé a San Martín de los Andes sin trabajo, sin casa y sin conocer a nadie, dejé la empresa con mis socios y abandoné para siempre la ingeniería. El primer año y medio fue pura euforia: caminaba, esquiaba, pescaba con mosca y me repetía que por fin estaba en mi lugar. El duelo me alcanzó después, cuando se acabó la euforia y también se acabaron los recursos que había traído.
Lo que esa vida hacía por vos
Dejame que te diga algo que quizás te ayude. Una vida que querés dejar no es un bloque de cosas malas, es un sistema que además de agotarte te estaba resolviendo necesidades concretas, y cuando te vas se lleva puestas las dos cosas juntas, lo que te hacía mal y lo que te hacía bien. Pensalo como una máquina con varias entradas: la seguridad de un ingreso que llega el día cinco, el reconocimiento de que alguien te llame por tu cargo, la pertenencia a un grupo que te espera el lunes, la estructura de una rutina que te ahorra decidir qué hacer con cada hora. Al cambiar apagás la máquina completa, y esas cuatro necesidades quedan sin cubrir aunque el resto ya no lo quieras.
Por eso lo que extrañás rara vez es el trabajo en sí. Extrañás que te saluden por el nombre en la oficina, el sueldo depositado sin tener que inventarlo, saber qué día de la semana es por lo que toca hacer. La nostalgia es información valiosa y mal interpretada se convierte en veredicto: creés que te está diciendo que vuelvas, cuando lo único que te está diciendo es qué necesidad quedó sin hogar.
El duelo que se disfraza de duda
Fijate cómo funciona. Un duelo trae tristeza, enojo y ganas de volver atrás, y cuando nadie te avisó que iba a venir, esas sensaciones buscan una explicación y encuentran la más cercana: algo salió mal. La tristeza por lo que perdiste se disfraza de duda sobre tu decisión, y entonces es la duda la que te quita el sueño, aunque lo que en realidad te está pesando sea la pérdida.
A mí la duda me llegó en forma de carta. En el momento más duro, cuando no llegaba a fin de mes para comprar comida y había tenido que sacar a mis hijos de la escuela privada porque no podía pagarla, mi madre me escribió pidiéndome que pensara en ellos y volviera a Buenos Aires, donde tenía una profesión y una carrera. Estuve más cerca que nunca de retroceder. Lo que me sostuvo no fueron los argumentos, que ella tenía a su favor, sino las caminatas en silencio por la montaña, donde con el tiempo aprendí a distinguir qué parte de mi dolor decía "me equivoqué" y qué parte decía "me estoy despidiendo".
Despedirse a propósito
Hacer un duelo a propósito no tiene nada de esotérico y se parece bastante más a ordenar una mudanza. Empezá por nombrar con todas las letras lo que perdiste, sin usar la palabra comodín "mi vida anterior": escribí el cargo, la oficina, las personas con las que almorzabas, el ingreso fijo, la ciudad donde te conocían. Después anotá al lado de cada cosa qué necesidad cubría, si seguridad, reconocimiento, pertenencia o estructura. Esa segunda columna es la valiosa, porque te dice qué tenés que reconstruir de otra manera en lo nuevo.
Después hacé algo con el cuerpo, que no entiende de listas. Escribile una carta de despedida a esa vida, una carta honesta que agradezca lo que te dio y diga también lo que te costó, leela en voz alta caminando o sentado/a al lado de un río, y guardala o quemala según lo que sientas. Parece poco, y sin embargo es lo que separa a quien cierra una etapa de quien la arrastra puesta. En otoño el árbol no tira las hojas: lleva la savia de la copa hacia las raíces, y por eso las hojas se marchitan. Lo que se va secando se retira hacia lo profundo, y esa energía recogida es la que hace brotar algo nuevo en primavera.
Lo que la nostalgia pregunta
Cuando vuelva la punzada, y va a volver, probá hacerle una pregunta en vez de obedecerla. No "¿vuelvo?", sino "¿qué necesidad mía estás señalando?". Muchas veces la respuesta es una persona con quien retomar el vínculo, una rutina que podés armar vos, un grupo al que sumarte, un ingreso que tenés que construir con otro plan. Y otras veces, pocas, la respuesta es que algo de aquello valía la pena de verdad y conviene recuperarlo en tu propia versión del cambio. En los dos casos el que decide sos vos y no la nostalgia.
Lo que dejaste sigue siendo parte de quien sos, y esa voz interior, la de tu alma, que te empujó a irte no necesita que lo niegues para seguir avanzando. ¿Qué es lo que más extrañás de tu vida anterior, y qué te está pidiendo esa parte tuya que todavía no le diste?
Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.
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