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El método que funcionó en la oficina

Hay una frase que escucho una y otra vez de profesionales con una carrera hecha, gente acostumbrada a resolver problemas ajenos y a dirigir equipos, que un día me dicen con total naturalidad: quiero sacarme esta inseguridad, no soporto cómo reacciono en las reuniones, necesito dejar de reaccionar así con mi gente, tengo que bajar de una vez el nivel de estrés. Lo dicen igual que dirían que hay una falla en un proceso. Tiene lógica, porque ese método les funcionó durante veinte o treinta años: detectar la falla, ponerse una meta y eliminarla cuanto antes.

Con uno mismo ese método casi siempre falla, y te lo digo con conocimiento de causa. Soy ingeniero químico y mi cabeza funcionaba exactamente así. Si algo en mí no encajaba con la vida exitosa que había armado, lo trataba como un desvío en una planta, buscaba la causa aparente y la corregía. Lo que no entendía es que una persona no se opera como una línea de producción.

Tres fases, en orden

Dejame que te diga algo que quizás te ayude a ordenar esto. Todo proceso de cambio personal atraviesa tres fases, y el orden importa tanto como las fases. Primero ver, después aceptar y recién al final trascender. La mayoría salta directo a la tercera, que es la que tiene sabor a victoria, y por eso el cambio no se sostiene.

Ver

La primera fase es darte cuenta de qué es lo que querés cambiar, de dónde viene esa conducta, esa emoción o ese miedo, y qué significa en vos. Lo difícil es que lo que ves en la superficie casi nunca es el origen. Un miedo, por ejemplo, puede estar ahí por razones muy distintas. A veces es un miedo genuino, y otras veces funciona como un tapón puesto sobre una emoción que no te permitís sentir, sea la frustración, la vulnerabilidad o incluso algo agradable como la alegría o una autoestima sana, porque sentirlas te dejaría expuesto/a. Si le declarás la guerra al miedo sin haber mirado qué está tapando, estás peleando con el guardia de la puerta y no con lo que hay detrás.

En la montaña pasa algo parecido. Antes de elegir el rumbo hay que ubicar dónde estás parado en el mapa, y cualquier caminante con experiencia sabe que el error más caro es salir con una dirección buena desde un punto equivocado, porque cada paso te aleja con total convicción.

Aceptar

La segunda fase es la que casi todos se saltean. Es la más incómoda, porque pide lo contrario de lo que nos enseñaron. Lo que no nos gusta de nosotros mismos, por lo general, no lo aceptamos, y esa no aceptación puede ser tan fuerte que ni siquiera lo reconocemos, ni ante los demás ni ante nosotros. Carl Rogers, uno de los psicólogos más influyentes del siglo pasado, lo dijo en una paradoja que vale la pena recordar: cuando me acepto tal como soy, recién ahí puedo cambiar.

Fijate cómo funciona, porque acá hay un mecanismo y no una frase linda. Si peleás con una parte tuya ya no sos uno sino dos, el que quiere cambiar y el que tiene que ser cambiado. Toda la energía que necesitarías para caminar hacia otro lado se gasta en esa pelea interna, que además no tiene ganador posible porque los dos contendientes sos vos. Es como manejar con el freno de mano puesto y acelerar más fuerte para compensar: el motor se recalienta, el consumo se dispara, el embrague se gasta y el auto no se mueve.

A mí me pasó con la experiencia más importante de mi vida. En uno de los últimos viajes de pesca con mi padre al lago Nahuel Huapi, un mediodía de cielo sin nubes y lago planchado, volviendo a puerto en silencio, sentí que el tiempo se detenía y que yo pertenecía a esas montañas, que mi vida y mi futuro estaban ahí. Fue la mayor certeza que tuve en mi vida. No supe qué hacer con ella, así que hice lo que hace casi todo el mundo: bloquear, anular, negar todo recuerdo. Nunca más volví al sur con mi padre. Pasé casi diez años peleándome con esa parte mía que ya sabía la verdad, mientras la empresa facturaba, el departamento tenía vista al río y el barco esperaba amarrado el fin de semana. Esa pelea me terminó costando una crisis en la pareja, en la familia y en lo personal, todas juntas. Hay intereses que van corriendo, y aún hoy sigo pagando algunos.

Trascender

Recién cuando viste de dónde viene eso y dejaste de pelearte con ello, la tercera fase se vuelve posible. Deja de ser un esfuerzo y se convierte en un movimiento natural. Trascender no significa borrar esa parte tuya sino dejar de estar gobernado/a por ella: el miedo sigue ahí, pero ya no decide por vos, y la inseguridad aparece, la mirás, la reconocés, la saludás y seguís caminando hacia donde querías ir.

Una propuesta para esta semana

Te propongo algo para esta semana. Elegí eso que venís queriendo cambiar de vos, sea una inseguridad que aparece en las reuniones, un temperamento que se te escapa en la mesa familiar, una autoexigencia que no te deja disfrutar lo que lograste o una culpa que te despierta a las tres de la mañana, y en lugar de armar un plan para eliminarlo, hacé otra cosa. Anotá en un papel dos cosas: de dónde creés que viene y qué estaría protegiéndote de sentir. Después fijate si podés decirte en voz alta, sin ironía, que por ahora forma parte de cómo sos. Si te cuesta, no te castigues por eso, porque ya descubriste en qué fase estás trabado/a.

Quizás eso que querés arrancarte hace años venía cuidando algo valioso, y es tu voz interior la que necesita que la escuches antes de que la corrijas. ¿Qué parte tuya llevás años peleando, y qué te diría si por una vez la dejaras hablar?

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