La pregunta de la madrugada
Hay una pregunta que casi nadie hace en voz alta y que aparece de madrugada, cuando la casa está en silencio y el cuerpo ya durmió lo que podía: ¿no será tarde? Tarde para dejar la profesión que estudiaste durante años, tarde para armar un proyecto propio, tarde para irte a vivir a otro lugar, tarde para animarte a eso que venís postergando desde que tenías veinticinco. Y la pregunta llega con una cuenta completa, hecha en un segundo: cuántos años tengo, cuántos faltan para jubilarme, cuánta gente más joven ya está haciendo lo que yo recién me atrevo a imaginar.
Yo conozco esa cuenta de memoria. A mediados de los noventa, volviendo a puerto por el lago Nahuel Huapi después de un último viaje de pesca con mi padre, con el agua planchada y la cordillera enfrente, tuve la mayor certeza de mi vida: mi lugar estaba en esas montañas. No supe qué hacer con eso. Lo bloqueé, lo negué, y seguí viajando y facturando al frente de una empresa que por fuera era un éxito. Me mudé a San Martín de los Andes en 2001, casi diez años después, sin trabajo, sin casa y sin conocer a nadie. Hay intereses que van corriendo, y aún hoy sigo pagando los de esa demora.
El reloj equivocado
Cuando te preguntás si es tarde, la pregunta supone que existe un reloj, y casi nunca te detenés a mirar de quién es. Es el reloj de la secuencia que nos enseñaron: estudiar, conseguir un buen puesto, ascender, sostener lo conseguido y jubilarse. Medido con ese reloj, a los cuarenta y cinco ya pasó la hora de empezar de nuevo, porque lo que corresponde es defender lo construido. Pero ese reloj mide la edad en que la mayoría de la gente inicia una carrera, y vos no estás por iniciar la carrera que ya hiciste: estás por iniciar la que todavía no hiciste.
A eso se suma un mecanismo que la economía conductual llama costo hundido, y que se entiende mejor con un ejemplo. Cuantos más años pusiste en una profesión, más pesa el argumento de que sería una lástima tirarlos, aunque ya no te representen. Años después de mudarme, en lo más profundo de la crisis económica, me llegó una carta de mi madre que decía justamente eso: que pensara en mis hijos, que tenía una profesión y una carrera, que volviera a Buenos Aires. Ella tenía razón en lo que veía, había mucho tiempo invertido ahí. Lo que no podía ver desde afuera era lo que ese tiempo me estaba costando por dentro.
La hora de regreso
En la montaña, antes de salir, se fija una hora de regreso. Si a esa hora no llegaste a la cumbre, das la vuelta aunque te falten cien metros, porque la mayoría de los accidentes ocurren cuando se baja de noche, con frío y sin energía. Es una regla que respeto profundamente, y sería deshonesto de mi parte decirte que no existe nada parecido en la vida. Hay cosas que a ciertas edades se cierran: nadie empieza a los cincuenta una carrera como jugador profesional de fútbol.
Ahora bien, mirá con atención qué es lo que aparece cuando respondés con precisión a la pregunta de qué es eso para lo que sentís que es tarde. Casi siempre es un proyecto propio, acompañar a otros en algo que vos ya atravesaste, vivir en otro lugar, escribir, enseñar, volver a una vocación que dejaste de lado. Nada de eso tiene hora de cierre a los cuarenta y cinco ni a los cincuenta y cinco. Lo que tiene es una condición: que empieces mientras te quedan las ganas y la energía para sostenerlo, y eso es justamente lo que se va gastando con la espera.
Lo único que se pierde de verdad es el tiempo que pasás decidiendo si todavía llegás.
El tiempo que sí se pierde
Fijate cómo funciona el "es tarde". Suena a prudencia, a madurez, a haber aprendido de la vida, pero en la práctica es una decisión: la de quedarte donde estás. Y es una decisión que se toma todos los días sin que la veas, porque cada mañana que te levantás y seguís igual, la estás renovando. Mientras tanto, los años no se acumulan a favor de nada. Se acumulan como años de vivir una vida que ya no te representa.
Yo dejé mi empresa y abandoné la ingeniería después de haber dedicado años enteros a prepararme para esa vida. Fundé mi primera organización en Patagonia en 2002, y desde entonces llevo más de veinte años construyendo, con aciertos y con tropiezos, lo que elegí. Si me preguntás cuál fue mi error más caro, no fue la mudanza ni los meses sin llegar a fin de mes. Fue esa década en la que sabía adónde pertenecía y me dediqué a distraerme. La demora fue lo único que de verdad no pude recuperar.
Una cuenta honesta
Por eso te propongo hacer la cuenta de nuevo, con otro reloj. Agarrá una hoja y escribí eso para lo que sentís que es tarde, con todas las letras, nombrando cada cosa, porque una frase como "empezar de nuevo" no se puede evaluar. Después anotá cuál sería su hora de regreso real, si es que la tiene, y cuántos años de energía y de ganas calculás que tenés por delante para sostenerlo. Y por último, anotá cuántos de esos años estás dispuesto/a a seguir regalándole a la duda.
No te sé decir si tu respuesta va a ser una mudanza, un proyecto o una vocación vieja que te está esperando. Lo que sí sé es que esa voz interior que a las dos de la mañana te pregunta si es tarde es la misma que hace años te viene diciendo que hay algo más, y que en todo ese tiempo nunca te preguntó cuántos años tenías. ¿Qué cambiaría hoy en tu vida si dejaras de preguntarte si es tarde y empezaras a preguntarte cuánto más estás dispuesto/a a esperar?
Cada vez que estás ante el umbral de un cambio importante en tu vida, hay dos fuerzas tirando en direcciones opuestas: la que te empuja hacia adelante y la que te tira para atrás. Escribí una guía para que puedas verlas, entender cómo funcionan y tomar el control de ese proceso.
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