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Puede ser que te haya pasado hace poco. Estás un martes cualquiera frente a la pantalla, o volviendo de una reunión que podría haber sido un mail, o manejando hasta tu casa después de un día exactamente igual al anterior, y de golpe aparece una certeza que a la mañana no estaba: me voy. Renuncio, vendo, me mudo, arranco algo mío. Y durante un rato esa idea te da un alivio enorme, como si alguien hubiera abierto una ventana en una pieza que llevaba mucho tiempo cerrada.

Después se pasa. Volvés a la rutina, contestás los mails que había que contestar, mirás el calendario de la semana que viene, y a las tres semanas la certeza vuelve igual de nítida. Así, en ciclos, durante meses o durante años.

Quiero detenerme justo ahí, en esa certeza, porque tiene dos orígenes muy distintos y desde adentro se sienten exactamente igual.

Lo primero, para que quede claro: el malestar que te empuja no es un invento tuyo ni una exageración. Casi siempre es buena información. Te está avisando que algo que venís sosteniendo con esfuerzo, y que quizás sostenés hace años, ya no se puede sostener más. Esa señal hay que escucharla y hay que tomarla en serio. El problema no está en la señal. Está en quién termina manejando cuando la señal aparece.

La tormenta

Hace más de veinte años que llevo gente a la montaña, y hay una escena que vi repetirse en casi todas las temporadas. Vamos subiendo, el día venía bien, y de un momento a otro se cierra el cielo, se levanta viento y empieza a caer agua o nieve. Lo primero que aparece en el grupo no es miedo: es apuro. Todos quieren bajar, quieren bajar ya, y quieren bajar por donde se ve más corto.

Y ese es justamente el momento en el que ocurre la mayor cantidad de accidentes. No en la subida, con el cansancio, la altura y el sol pegando. En el descenso, cuando la cabeza ya se fue del lugar donde todavía está el cuerpo.

Lo que pasa adentro tiene una explicación bastante simple. Cuando el organismo registra una amenaza hace algo muy antiguo y muy eficiente: te larga un envión de energía para salir de ahí. Se te acelera el pulso, se te afina la atención, se te tensan las piernas, y todo tu sistema se ordena alrededor de una sola tarea, que es alejarte del problema lo más rápido posible. Ese envión funciona bárbaro para lo que fue diseñado. Pero tiene una característica que conviene conocer antes de tomar una decisión importante: no sabe a dónde vas. Sabe de dónde te querés ir, nada más.

Y ahí está el asunto. Cuando la incomodidad es la que elige la dirección, vos no elegiste nada. Te sacó de donde estabas, que era lo único que le importaba, y te dejó parado en cualquier parte.

Las dos urgencias

Te voy a decir algo que cuesta escuchar, pero que está bueno mirar de frente: no todo el que se va, va hacia algún lado.

Hay dos cosas distintas que te ponen en movimiento y que se disfrazan una de la otra. Una es la huida, que nace de lo que ya no aguantás. La otra es el llamado, que nace de algo que todavía no hiciste y que te viene golpeando la puerta hace rato. Las dos se sienten urgentes, las dos te desvelan a las cuatro de la mañana, y las dos te hacen mirar departamentos en otra ciudad a las once de la noche.

La diferencia no está en la intensidad. Está en el combustible. La huida se alimenta del malestar, así que el día que el malestar afloja, porque te dieron un aumento, porque cambiaron a tu jefe, porque volviste descansado de unas vacaciones, el proyecto se apaga solo y sin que nadie lo cancele. El llamado se alimenta de lo que querés construir, y por eso sigue estando ahí los días en que todo va razonablemente bien.

Una puerta de salida no alcanza para sostener una vida.

Tres señales

Hay tres preguntas que sirven para distinguirlas, y te sugiero hacértelas por escrito, que es bastante más difícil hacerse trampa.

La primera es la más simple y la más incómoda de todas. Contá la vida nueva sin nombrar la vieja. Sin decir «no quiero seguir en esta empresa», sin decir «no aguanto más este ritmo», sin decir «no quiero vivir más acá». Si sacás todas las frases que empiezan con un no y lo que queda es una hoja en blanco, entonces lo que tenés hasta ahora es una puerta de salida, y con eso no se construye nada del otro lado.

La segunda tiene que ver con lo que ves cuando te imaginás allá. Ubicate un martes a las diez de la mañana en esa vida nueva, en pleno día hábil, sin nada épico pasando. ¿Qué estás haciendo con las manos? ¿Con quién estás hablando? ¿Qué tenés que resolver esa tarde? La huida imagina una ausencia, que es simplemente ya no estar donde estabas. El llamado imagina una presencia, con horarios, con tareas concretas y hasta con problemas nuevos que todavía no tenés.

La tercera es la más honesta de las tres, y también la que más gente esquiva. Preguntate si harías exactamente lo mismo si tardara cinco años en acomodarse. Si la respuesta es que sí, bancate el proceso, porque vas bien encaminado/a. Si la sola idea de esperar cinco años te apaga todo el entusiasmo, fijate bien ahí, porque lo que estabas queriendo no era eso: era que se terminara rápido lo que estás viviendo hoy.

La salida de emergencia

Nada de esto significa que te tengas que quedar. Hay situaciones en las que sí o sí hay que salir primero y pensar después, y ahí la huida es una decisión sana y no hay nada que analizar. Cuando se larga la tormenta de verdad, se baja.

Lo que te propongo es no confundir las dos tareas. Salir es una maniobra, con la urgencia y el envión que le corresponden, y se termina el día que estás afuera. Llegar a algún lado es otra cosa, mucho más lenta, que se hace con la cabeza fría y con el pulso ya normal, y que casi nunca se puede hacer el mismo día que te fuiste. Yo perdí cerca de una década dando vueltas en ese malentendido, y todavía estoy pagando los intereses de esa demora.

Así que si venís con la certeza dando vueltas, te propongo algo concreto para esta semana. Buscá quince minutos sin celular, sin pantalla y sin música, y en vez de hacer otra vez la lista de todo lo que ya no querés, escribí lo que te está esperando del otro lado. Si al leerlo no te mueve el amperímetro, no lo descartes de entrada: seguí buscando, porque todavía no llegaste al fondo del asunto.

Tu voz interior no te empuja solamente para que salgas de donde estás. Te empuja porque hay una vida tuya que todavía no viviste, y esa vida no está en cualquier lado. Está en un lugar preciso, esperando que vayas.

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