Durante casi diez años supe, cada domingo a la noche, exactamente cómo iba a ser mi semana. Y la siguiente. Y la del mes que venía. Tenía una empresa que funcionaba, una agenda llena de tareas importantes y una vida que, mirada desde afuera, no tenía nada para objetar. Ahora bien, adentro mío se sentía diferente: la sensación de estar arriba de una cinta transportadora que yo no había elegido y que no sabía cómo frenar. Estaba atrapado en un montón de responsabilidades que en realidad no deseaba asumir.
Lo que me repetía en esa época era: me falta decisión. Me falta carácter para poner límites a las demandas del afuera. Muchas veces pensaba que el problema era que estaba en el lugar equivocado o rodeado de la gente equivocada. Otras, que el problema era que nunca me conformaba.
Pero no era así. El malestar era real, eso lo tenía bien diagnosticado. Lo que estaba mal era la causa que le atribuía. Y ese error me costó cerca de una década de mi vida, estancado en una situación, que al día de hoy, me sigue afectando. Es que el tiempo de verdad no se recupera.
Un problema de eje
Desde la propia experiencia de padecer la rutina, hasta lo que observo hoy en mi trabajo como mentor, en los últimos años pude encontrar un patrón que veo se repite una y otra vez. Las personas que llegan diciendo «siento que vivo en piloto automático» o «mi vida no me pertenece» casi nunca tienen un problema de voluntad o falta de decisión.
Al contrario. Son profesionales que se levantan a las seis, que sostienen equipos, que cumplen con todo el mundo, que no aflojan nunca. Si el problema fuera la falta de decisión, ya lo habrían resuelto: toman decisiones todos los días. En algunos casos, estas decisiones involucran grandes sumas de dinero, afectan a otras personas y pueden poner en riesgo el propio prestigio. Pero sin embargo, a pesar del peso de la responsabilidad que manejan, se trata de personas que no sienten que tienen el timón de sus vidas, sino que están esclavos de sus rutinas y de esas responsabilidades.
Acá el problema es otro, y es más simple de lo que parece. Es un problema de eje.
El centro de gravedad
Viste que la Luna gira alrededor de la Tierra y no al revés y no lo hace por decisión propia: es una cuestión de masa. El cuerpo que tiene más masa manda, y el otro orbita. Así de mecánico y así de impersonal.
Con nosotros pasa algo parecido. Cuando sentís que tu vida entera gira alrededor de las demandas, expectativas y deseos de los demás, es porque el centro de gravedad de tu vida está fuera de vos. El trabajo que no podés soltar porque todavía faltan doce cuotas del crédito. Los hijos, que van primero siempre y no lográs soltar, incluso cuando ya se fueron de casa. Los padres, que ahora te necesitan. Lo que se espera de alguien de tu edad, de tu cargo, de tu apellido, con tus estudios y profesión.
En realidad, nadie te obliga a nada. Simplemente girás alrededor de todo eso, porque le fuiste dando poder al afuera, y el afuera fue tomando gradualmente el control. Cuando se da este fenómeno, te encontrás con el mundo diciéndote entonces qué podés hacer, qué podés sentir y hasta quién podés ser. Y vos, más allá de las quejas, aceptando…
La pérdida gradual
Nadie pierde el eje de un día para el otro. Se pierde en decisiones chiquitas, casi invisibles, tomadas casi siempre por una buena razón: el proyecto propio que dejás para cuando los chicos sean más grandes, el «sí» que decís por no quedar mal, el viaje que se posterga un año más, la conversación difícil que no tenés porque crees que no es el momento.
Cada una de esas decisiones, sola, es perfectamente razonable. El problema aparece cuando se suman y se sostienen en el tiempo, porque cada una corre el centro de tu vida unos centímetros hacia afuera. Y un día levantás la cabeza y te miras al espejo y no te reconocés.
Incrementar tu propia masa
Acá viene la parte que a la mayoría lo sorprende: recuperar el eje no implica renunciar a todo ni romper con nada. Nadie tiene que vender la casa, presentar la renuncia el lunes ni mudarse a 1000 km de distancia.
Yo hice algo bastante parecido a eso —llegué a la Patagonia sin trabajo, sin tener dónde vivir, sin conocer a nadie y sin garantías respecto del resultado— y no lo recomiendo como método. Lo cuento como lo que fue: un último recurso, después de una década de no escucharme.
La salida, siguiendo con la física de los planetas, puede ser más gradual y bastante más segura. Se trata de incrementar tu propia masa día a día. Esa es la forma de recuperar el control de tu vida y empezar a liberarte del peso de la rutina.
Traducido a lo concreto y cotidiano, esto significa un poco más de autonomía en cada decisión que tomás, aunque sean decisiones intrascendentes. Más conexión con lo que de verdad te importa y querés. Dedica unos minutos en tu diaria para preguntarte si lo que estás haciendo, lo hacés porque querés o porque debes. Y empezá a darle más lugar a tu deseo.
Intentá un poco más de firmeza al momento de decir que no. Poner límites no solo te protege y te preserva, en múltiples aspectos, sino que refuerza tu integridad personal.
Y sobre todo, un poco más de auto compasión y de amor propio. Si vos no te respetás, no te cuidás, no te valorás, el mundo tampoco lo va a hacer. Es una regla de tres simple.
El eje no se recupera de un salto. Se recupera decisión por decisión, hasta que un día tu vida vuelve a girar alrededor de tu propio eje.
Cada una de estas cosas, por separado, quizás no sea suficiente. Así fue también con las decisiones que te fueron corriendo el centro hacia afuera durante años. Funciona por el mismo mecanismo, con la misma paciencia, pero en la dirección contraria.